El diálogo con el espejo

Por: Mario Valdés Navia

El llamado efectuado por las autoridades del Partido y el Estado a la necesidad de la crítica y el diálogo en los asuntos cubanos no parece haber encontrado muchos oídos receptivos en las estructuras de poder a distintos niveles, ni en los medios. En ambos casos lo que se ha extendido es una variante suave y edulcorada: el criticar sin debatir, y con eso basta.

Usualmente, en estas parodias de debates se presenta un tema a discutir, que puede ser más o menos importante y/o actual, y se incorporan varios sujetos (especialistas, o gente común) que -¡oh, maravilla del guion y de la puesta en escena!- piensan todos igual sobre el supuesto asunto a polemizar y casi emplean los mismos argumentos. En tales casos, al moderador solo le queda la tarea de organizar una especie de cola –muy a lo cubano- para que cada uno exponga sus tesis, casi con las mismas palabras usadas por sus predecesores.  Y a esa letanía con forma de monólogo le llaman debate/discusión/polémica/ejercicio crítico/intercambio de ideas/…

Este fenómeno de nuestra cotidianidad se comporta como un verdadero diálogo con el espejo, donde la imagen y el mensaje de todos es más de lo mismo. Constituye un perfecto diálogo entre clones mentales, en el que no existen los imprescindibles protagonistas y antagonistas. No obstante, en ocasiones algunos de los participantes llegan a asumir posturas iracundas contra enemigos que no están presentes, y se ponen al borde de la apoplejía, tal y como si se les subiera el santo en un bembé.

Es preciso defender que cuando se haga una crítica, en especial en los medios, estén presentes los criticados con el mismo derecho a voz y voto que sus detractores. Y que cuando se analicen temas nacionales peliagudos, de cualquier índole, haya representantes de las diferentes corrientes de opinión que puedan contribuir a la mejor comprensión y solución de lo que se discute; aunque no siempre se podrá llegar a consenso al final del tiempo asignado, ni creo que sea ese el objetivo de un debate sincero.

Recordemos que las polémicas se dirimen con argumentos y con lógica, no con reiteraciones hasta el cansancio de los mismos razonamientos, en tono de consigna, más para vencer que para convencer. La unidad en la diversidad se consigue mediante la negociación entre las posturas encontradas, la persuasión y el consenso, todo pasado por el respeto a la diversidad de criterios y las miras puestas en los más altos fines humanos y patrióticos. Al respecto siempre es válido recordar lo que decía El Maestro:

No ha de temerse la sinceridad: sólo es tremendo lo oculto. La salud pública requiere ese combate en que se aprende el respeto, ese fuego que cuece las ideas buenas y consume las vanas, ese oreo que saca a la luz a los apóstoles y a los bribones. En esos debates apasionados los derechos opuestos se ajustan en el choque, las teorías artificiosas fenecen ante las realidades, los ideales grandiosos, seguros de su energía, transigen con los intereses que se les oponen.[1]

[1] “Las fiestas de la Constitución de Filadelfia”. La Nación. 13 de enero de 1887. Obras Completas, T13, pp. 319.