Los frutos del odio

Por: Osmany Sánchez

Nadie es tan efectivo en su misión como el poder hegemónico. Durante siglos le ha hecho creer a los pobres que lo que es bueno para los ricos, es bueno para ellos también. Una y otra vez los pobres votan en elecciones por los mismos que en gobiernos anteriores los engañaron, en algunos casos en más de una ocasión.

Tomemos la emigración cubana como caso de estudio, o para ser justo, a parte de la emigración cubana. A través de los medios de prensa, siempre a su favor, un pequeño grupo de personas en Miami le ha hecho creer a una parte de los cubanos residentes allá, que la solución para Cuba es derrocar el gobierno y regresar al capitalismo.

Una parte incluso se ha creído el cuento, o ha querido creer, que sería posible mantener los logros sociales en Cuba sin la Revolución. Ni remotamente esto será posible cuando se lancen como lobos hambrientos a repartirse la isla como pastel de cumpleaños.

Esos cubanos a los que me refiero, van como un papalote para donde los mande el viento del odio a través de la prensa hegemónica. No es un fenómeno que desconozca porque lo he vivido de cerca luego de 10 años en La Joven Cuba y más de 232 000 comentarios realizados en gran parte por representantes de esa parte de la emigración cubana a la que me refiero.

Cuando Estados Unidos decidió que Gadafi era malo, se explayaban apoyando la invasión de la OTAN para derrocar al dictador Gadafi por violador de los Derechos Humanos. Hoy ese país es un caos y sin embargo no dicen una palabra sobre lo que ocurre allá.

Cuando José Manuel Zelaya sufrió un golpe de estado en Honduras los comentaristas de LJC lo justificaron porque decían que Zelaya quería perpetuarse en el poder. Zelaya solo quería consultar al pueblo si querían instalar una asamblea constituyente y fue crucificado. Hace poco tiempo el actual presidente sin hacer consultas, cambió las reglas del juego y se postuló una vez más y para colmo se robó las elecciones cuando perdió.

Los comentaristas ni una palabra.

Cuando Dilma Rousseff era presidenta de Brasil y Cristina Fernández en Argentina todos los días veíamos comentarios críticos hacia sus gobiernos. Hoy no se escucha ni una sola palabra crítica sobre las políticas neoliberales de Temer y Macri.

Sobre Venezuela se habla de dictadura y violaciones de los Derechos Humanos. En México, Argentina y Colombia asesinan sistemáticamente a líderes sociales y comunitarios y ni una palabra por parte de los comentaristas.

Pero para entender mejor el asunto vayamos al caso cubano.

Un interesante artículo  sobre las migraciones, especialmente de los mexicanos, plantea que los migrantes en los Estados Unidos (principalmente en la construcción y restaurantes) obtienen un ingreso neto promedio de 903 dólares, de los cuales envían 262 dólares a la familia, para un 29 % de lo sus ingresos. Según la CEPAL en América Latina la remesa típica por emigrante fluctúa entre 200 y 300 dólares mensuales.

¿A qué dedican los emigrados el dinero que reciben en remesas?

En el caso cubano se plantea que la media de las remesas está entre los 100 y 200 dólares mensuales. Con eso los emigrados cubanos mantienen a sus familias, sin preocuparse de pagar carreras universitarias o una operación del corazón. Sus hijos, nietos o sobrinos están seguros en las escuelas o jugando en las calles sin el temor a ser víctimas de la droga o de un loco con un AR-15.

Un estudio sobre las migraciones afirma que “En la mayoría de los casos el tipo de inmigrante es una persona de escasos recursos, indocumentado, con bajos niveles de educación y socialmente vulnerable”.

Es irónico que algunos pretendan cambiar el sistema que los formó y les permitió ser un tipo de emigrantes totalmente diferentes, por un sistema que crea una masa enorme de personas de escasos recursos, bajos niveles educacionales y socialmente vulnerables.

Vivir en una sociedad donde las 24 horas del día los medios de comunicación se muestran hostiles contra su país, presiona algunos a mostrarse anticomunistas para encajar entre la comunidad o un grupo de amigos. Dejarse asimilar por el odio es éticamente censurable, y peor es que no lo reconozcan.