You read or you die

Por: Ariel Pierucci

Entro a una red social, y veo que hay gente que lee. Foros de lectura sobran, y bastantes seguidores tienen. Pero no termina ahí. En la calle, veo gente con libros. Igual en las librerías, entra gente, compran libros. Los libreros viejos se sientan a vender donde siempre lo han hecho, los transeúntes paran, como siempre han hecho, y compran, como siempre han hecho. Un alcohólico me vende “El nombre de la rosa” por sólo cinco pesos, no sabe qué libro es, pero lo cuida; el alcohólico de al lado lo conoce, me lo comenta, me lo cuenta, y me lo recomienda. Yo lo leí hace años, pero lo perdí, y lo recupero, satisfecho por la ganga y por el suceso, que me hace corroborar algo que siempre he afirmado: en Cuba se lee.

Es cierto que tal vez no como en épocas anteriores, en las que se regaba el rumor de la publicación de “El maestro y margarita”, y cuando salía, toda una generación lo desaparecía de las librerías; pero sí lo suficiente como para arrasar en la Feria del Libro con “El 71” de Jorge Fornet o con “1984” de Orwell. No es falso, la lectura ha disminuido, pero no ha desaparecido.

La caída de los números, tiene varias razones. Para empezar, los tiempos que corren no son precisamente de libros. Abundan las series, las películas y los videojuegos, que a nivel masivo tienen la mayor acogida –en mi caso, me fascinan las primeras y los últimos. Estos géneros, ofrecen un disfrute más rápido por basarse en la imagen y tienen mercado garantizado. Sin embargo, el libro y la lectura no han perdido terreno debido a que la literatura, como siempre ha hecho, ha sabido adaptarse a su contexto y ha conseguido grandes ventas. En el mundo, aún se escribe bastante y se lee bastante. Y la clave, está en la renovación.

Hecho este que nos lleva a nuestro problema interno. Estamos atrasados. Basta con entrar a una librería para notarlo. En lo teórico –al menos en el campo de las Ciencias Sociales, que es al que pertenezco- los títulos se repiten desde hace varios años, y da lugar a que -como me gusta hacer cuando voy en compañía de amigos a una librería-, se puedan cerrar los ojos y decir de memoria lo que está en venta. Lo crea o no el lector, es un juego que puede dar resultado. Igual sucede con la literatura ya sea policiaca, fantástica o de ciencia ficción. En los mostradores aparecen, o los mismos libros que se acumulan, o nuevas ediciones que, aunque valiosas, -“El rojo y el negro” es un librazo- pertenecen a contextos que el lector actual, por ser de otro tiempo, no entenderá. El tiempo, le ha pasado factura a las editoriales cubanas, y mientras tanto “El halcón maltés” de Dashiell Hammet, se llena de polvo en las librerías de La Habana.

Sin embargo, no siempre fue así. En la década del 60 se leyó mucho y de lo más actual del momento. La política editorial estaba bastante actualizada y la demanda literaria era satisfecha. Por supuesto, esta “política editorial” tenía sus particularidades. Entre ellas, se encontró una práctica que caracterizaría a aquel decenio: los fusilamientos. De libros, claro está. El proceder era simple: alguien viajaba a cualquier país, compraba un libro de interés, lo traía para Cuba, lo llevaba a alguna editorial, y con la amnesia del copyright de por medio, se imprimía y vendía. Gracias a tan “cuestionable” –por las pérdidas de las grandes editoriales por supuesto- manera de actuar, en los 60 el lector cubano gozó de la lectura de lo mejor y más reciente de su tiempo.

Pero los fusilamientos cesaron, y después de aquel decenio, se empezó a optar por la negociación personal con los autores a publicar. Cuba solicitaba al escritor que concediera los derechos a cambio de algo que estuviera en condiciones de ofrecer –como visitarnos y tener una cómoda estancia-, y si aceptaba, los lectores podían disfrutar de un Jorge Luis Borges –autor que no se caracterizaba precisamente por estimarnos. Todo esto gracias a la negociación. Se paró de fusilar, pero la impresión y la lectura continuaron porque se implementó una manera alternativa de obtener los derechos de publicación.

Y es por tener conocimiento de hechos como los antes descritos que mi deseo de leer y de ver lectores no deja de enviarme ideas y preguntas. ¿Qué fue de aquellas solicitudes? En algunos campos como el teórico y el científico continúan. Pero, ¿se piensan para el gran público? Las librerías y sus libros del siglo XIX me hacen pensar que no.

Para que un lector lea, necesita libros de su tiempo. El nuestro, tiene la cualidad de escribir en gran cantidad. Podríamos tener esos libros. Podríamos leer esos libros. Pues cuando recuerdo que Cuba tiene un Instituto Cubano del Libro y un Ministerio de Cultura, y recuerdo de paso que existe un escritor llamado George R.R. Martin, y una saga llamada Canción de Hielo y Fuego, y recuerdo también que durante años nos hemos dedicado a negociar derechos con autores, y por tanto contamos con experiencia para obtenerlos. Y luego pienso en los miles de fanes potenciales lectores que persiguen la saga… no sé otros, pero me viene a la mente la imagen de librerías repletas de cientos de personas ansiosas por saber quién se sentará en el Trono de Hierro.

Puede parecer ingenuo, pero la posibilidad está ahí, George Martin también. ¿Por qué no intentarlo?

Tomado de: La Luz Nocturna