Y quizás, Norcorea nos sobreviva

Por: Carlos Ávila Villamar

Creo que nos encontramos en un punto inédito en la civilización, a partir del cual un poder puede hacerse prácticamente inexpugnable, puede sofisticarse hasta abolir cualquier amenaza interna o externa, valiéndose fundamentalmente de la tecnología. Estados Unidos nunca atacará a Corea del Norte, ni lo hará Japón, mucho menos Corea del Sur. Todas las maniobras militares actuales constituyen teatralidades, entretenimiento para los noticiarios, distracciones, a fin de cuentas. Corea del Norte tampoco atacará a nadie, o al menos no perpetrará ninguna agresión lo suficientemente directa como para ameritar una invasión extranjera.

Tampoco hay amenazas internas para el poder norcoreano, ni siquiera en períodos de hambruna se ha tambaleado su fuerza, por la sencilla razón de que a diferencia de otros países, los dirigentes norcoreanos están en condiciones de no rendir cuentas a nadie, la injerencia gubernamental en la vida doméstica, la fuerza represiva, están ya tan normalizadas, tan impregnadas en la cultura, que nada va a provocar un levantamiento masivo, un reclamo popular, y las conspiraciones minoritarias son tan fácilmente detectables en la actualidad, que no producirán más que risa a los órganos de seguridad norcoreanos. Sin importar lo que ocurra en el resto del mundo durante este siglo, el poder norcoreano permanecerá inmutable.

Los defensores del capitalismo usan el amuleto norcoreano para alejar a los ciudadanos más neutros del pensamiento marxista. Los defensores del socialismo declaran que lo que los norcoreanos hacen no tiene nada que ver con el marxismo, y en general la respuesta ante cada noticia que sale del país es un suspiro de pena por el pueblo norcoreano, pobre gente, infelices que tienen que alabar a sus dioses terrenales día tras día, y que no conocen lo que es un buen jacuzzi o una película norteamericana. Es bien conocido que las personas adoran sentir pena por otras personas, lo hallan estimulante para sí mismas.

Lo primero que debe entender el lector es que los norcoreanos se han asegurado de poner en práctica muchos principios que ni siquiera los fascistas alemanes, por falta de tiempo, se atrevieron a ejecutar, por ejemplo, su organización urbana. Nadie puede salir o entrar de Pyongyang sin autorización, lo que sus ciudadanos ven es lo que se espera que vean, los rascacielos, las calles limpias y cuidadas, un país que dentro de lo posible prospera.

Los sectores más útiles, científicos, militares, funcionarios, permanecen en una relativa comodidad, probablemente ni siquiera sospechen cómo es la vida en los campos norcoreanos, o en la populosa Seúl. Los turistas occidentales hoy visitan Pyongyang y se maravillan de lo bien que luce la ciudad, de lo feliz que luce la gente, y se preguntan si de verdad son felices o solo están actuando. Ingenuos turistas, ellos son felices, viven vidas pacíficas y honestas. No anhelan lo que tenemos porque no saben que existe, tal como nuestros ancestros eran felices sin tener teléfonos inteligentes. El hombre se piensa en base a la comparación.

Los cubanos conviven diariamente con la angustia del subdesarrollo, ven lo que los norteamericanos tienen, se sienten inferiores, no así los norcoreanos de Pyongyang, ni los de ninguna parte. La organización de cada centro urbano responde a una jerarquía vertical, pero cada eslabón tiene los ojos vendados, no sabe que los otros existen. Ahí está la diabólica clave de la estabilidad norcoreana, hace sentir a cada eslabón como si estuviera en la cima. De vez en cuando ocurrirán fallas, está claro, y esas fallas se corregirán con una frialdad que quizás a nosotros nos espante, sin embargo, para ellos será ordinaria, intrascendente.

La Unión Soviética, en cuanto relajó el control sobre los ciudadanos y abrió sus puertas a la cultura occidental, se vio perdida, se vio montada en un tren del que ya no podía bajarse, Gorbachov no se dio cuenta de que el aislamiento cultural era la última membrana que dejaba a su poder seguir existiendo. Kim Il Sung fue mucho más precavido, y ni siquiera la muerte por hambre de decenas de miles de sus ciudadanos lo haría cambiar de opinión.

Los crímenes cometidos en Corea del Norte a conciencia, probablemente recaigan en un puñado de funcionarios y militares. La gran mayoría del pueblo probablemente crea, libre de culpas, en la justicia de su causa. Es creencia común que es preferible un país lleno de corruptos pequeños a un país totalitario con tres o cuatro grandes corruptos. Esto no es del todo cierto: un país lleno de pequeños corruptos sigue produciendo pequeños corruptos, envenena el alma colectiva, alimenta la ambición secreta de cada ciudadano, sin embargo, un país que reduzca la corrupción a un solo hombre hipotético, a un corrupto total, será en sí menos tóxico y quizás hasta más habitable, porque su pecado seguiría contando como el pecado de un solo hombre.

Disculpe el lector si mi punto resulta demasiado incómodo, pero es la verdad. Cuba tiene una pirámide con la punta limpia y las bases enfangadas: más oscura, pero también más fácil de arreglar, es una pirámide con la punta enfangada y las bases limpias. Para arreglarla bastarían, digamos, tantas balas como las que caben un revólver común y corriente.

No olvidemos ni por un instante que todo aquello que consideramos atroz en el mundo parte de convenciones culturales. El hombre es el único animal con cultura, es decir, con herencia no genética, es el único animal que a tal punto imita o reproduce comportamientos complejos de sus semejantes. Una cebra hereda las rayas de sus antepasados sin importar que nazca aislada de las otras cebras, sin embargo el hombre hereda la noción de lo justo y lo injusto en tanto se la transmitan otros hombres.

La noción de lo justo o lo injusto parte de la interiorización de leyes de convivencia, y a veces de una que otra inclinación animal como la empatía o el amor. Las leyes dependen de la cultura, no son universales o categóricas. Algo que nos parece tan elemental como la condena a la violencia contra la mujer surge en épocas recientes, y solo gracias a la reutilización que hizo el feminismo del principio caballeresco, paradójicamente patriarcal, que considera injusto el uso de la fuerza en condiciones de desventaja. Tal como es indigno de un noble atacar con un arma a un desarmado, resulta indigno atacar a un género naturalmente débil.

Por supuesto, me opongo tanto como el lector a la violencia contra la mujer, porque lo curioso de los principios morales es que sin importar qué tan arbitrarios o azarosos resulten, siguen actuando en lo más profundo de nosotros. La moral es tan cambiante y tan rastreable en diacronía como los idiomas, pero tal como los idiomas, se cargan de un fetichismo imbatible en sincronía. Pues bien, los norcoreanos, producto de sus singulares condiciones, han desarrollado una moral que para nosotros es aberrada.

El ritual diario de culto a la personalidad tal vez sea ligeramente tedioso, en algunos momentos de la intimidad del norcoreano, pero no más de lo que quizás resulte para nosotros un corte televisivo con comerciales. La malignidad del culto en sí será para ellos inconcebible, tal como para nosotros es inconcebible el culto de no poder comer ciertos animales, a causa de pertenecer a una religión. Y el encarcelamiento de una persona por un comentario ofensivo al líder quizás cause molestias y tristezas para sus familiares, pero probablemente no más molestias y tristezas de las que causaría un encarcelamiento por robo o evasión de impuestos, en los que no condenamos la ley en sí, sino tal vez a un amigo que delató, o a la mala educación del padre, que era un alcohólico.

La cultura norcoreana es tan cerrada, tan fuerte, que un número insospechado de los ciudadanos que arriesgan su vida para huir a Corea del Sur suelen arrepentirse a los pocos meses de llegar, y desean regresar a su país.

El procedimiento generador de cultura, las personas que idean los mecanismos bajo los cuales funciona la sociedad norcoreana, sin duda se verán malignos ante nuestros ojos, pero al final toda sociedad es parcialmente determinada a consciencia por una minoría, a veces por una minoría que vivió hace cientos, miles de años. Las formas culturales se propagan por inercia como olas en la superficie del agua. Toda cultura es fetichista, toda cultura necesita luchar por cosas que en realidad no existen.

Los norcoreanos de Pyongyang, que desconocerán las dolencias de las regiones más oscuras y terribles de su país, están sometidos a un engaño similar al de un individuo occidental, que desconoce que sus comodidades son el producto, en buena parte, de los crímenes de sus ancestros, o tal vez incluso de sus contemporáneos. Somos hijos de los romanos, que sometieron y esclavizaron al resto de los pueblos, somos hijos de los españoles, que asesinaron en América más personas de las que el fascismo alemán asesinó en Europa, el desarrollo de la humanidad costó muchísima sangre, nuestra comodidad es una burbuja en el tiempo, y a veces en el espacio. La ceguera de los norcoreanos de Pyongyang, por mucho que nos duela, si la vemos con suficiente detenimiento, no hace otra cosa que revelarnos la nuestra.

El mundo es monstruoso y necesitamos creer en la irrebatibilidad de ciertos principios, por azarosos que resulten. Esa es nuestra única garantía de orden y de sentido sobre el mundo. Más le vale a los norcoreanos no pensar en nosotros, y más nos vale a nosotros no pensar en ellos. Aislada y perpetua, Norcorea en la práctica pudiera estar situada en otro planeta, solo un Dios que no concebimos sería capaz de juzgarla, como un naturalista impasible que tome notas sobre la vida y la muerte de distintas especies de plantas durante el paso de los siglos.

Tomado de: La Trinchera

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