Legado incompleto

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Por: Alina B. López Hernández

El primer Partido Comunista de Cuba no pudo conocer de cerca el período inicial de la Revolución Socialista de Octubre, el más rico en polémicas y concepciones opuestas. Cuando se funda, en agosto de 1925, ya habían transcurrido casi ocho años de la toma del Palacio de Invierno y más de uno de la muerte de Lenin. En consecuencia, el movimiento comunista cubano comienza sus relaciones formales con los soviéticos precisamente cuando se estaba incubando el modelo estalinista.[1]

Muchas de las características que tuvo ese partido en la Isla –la creencia en que era dueño de una verdad absoluta; su fidelidad a una línea inmutable, especie de leiv motiv que vaciará de dialéctica su interpretación del devenir histórico; la disciplina a costa del ejercicio sincero del criterio–, debidas a una interpretación mecanicista del marxismo y a la herencia estalinista, fueron transmitidas al nuevo Partido Comunista cuando en 1965 se unificaron las fuerzas que habían resultado vencedoras en 1959.

No obstante, algo del legado faltó: la actitud del legislador comunista de la vieja república. Se olvida con frecuencia en el enjuiciamiento que solemos hacer del pasado, que los comunistas cubanos fueron, junto a los de Chile, los que más influyeron en la política de sus naciones de este lado del hemisferio, pues fue exclusivamente en esos países donde llegaron a participar en el Senado y la Cámara. Esto jamás ocurrió en los EEUU a pesar de la reivindicación que hacen de su tradición democrática.

Hubo legisladores comunistas de todas las procedencias sociales, niveles de escolaridad –Juan Marinello, doctor en Derecho Público, Civil y Letras, o el zapatero Blas Roca, por citar un ejemplo–, y color de la piel –entre los senadores y representantes negros o mestizos pueden mencionarse a Blas Roca, Salvador García Agüero y Jesús Menéndez. Hubo incluso una mujer, Esperanza Sánchez Mastrapa.[2]

Salvador Garcia Agüero y Juan Marinello

Los identificaba a todos su capacidad y elocuencia, la valentía en las intervenciones, la costumbre de participar activamente en los debates suscitados. Podían improvisar un extenso discurso sin necesidad de escribirlo. Algunos de ellos, como Juan Marinello o Salvador García Agüero, eran reconocidos hasta por sus contendientes ideológicos entre los más respetados oradores del Congreso, y ambos fueron vicepresidentes del senado por sus condiciones excepcionales y su prestigio.

Tampoco esperaban pasivamente a que les presentaran leyes o decretos para su aprobación. Desde la oposición o desde el gobierno –entre 1940 y 1944 formaron parte de la coalición gobernante– ellos desarrollaron una intensa actividad legislativa. Juan Marinello propuso y logró que se aprobara una ley, conocida como Ley Marinello, para la supervisión del Estado sobre la enseñanza y los libros de texto en las escuelas privadas.

En 1941 el Partido Comunista propuso un proyecto de Ley de Protección a los Artistas Cubanos, que fue presentado a la Cámara de Representantes para procurar la preponderancia de los artistas nativos sobre los extranjeros. Los senadores y representantes comunistas aportaban leyes, mociones y ponencias dirigidas a disímiles asuntos: creación de escuelas de enseñanza artística, mejorar las carreteras y caminos, e incluso erigir un busto a Roosevelt.[3]

A pesar de su militancia política y su fidelidad ideológica, cuando se desempeñaban como legisladores se convertían en portavoces de las necesidades y aspiraciones de los habitantes de las provincias por las que resultaban electos. Marinello fue un activista incansable por los intereses de Las Villas, provincia que siempre lo escogió entre sus senadores y a la que hacía visitas muy frecuentes en calidad de tal.

No obstante, es justo reconocer que los legisladores comunistas tenían algunas ventajas respecto a sus homólogos actuales: primero, sesionaban permanentemente, de ahí su entrenamiento constante; segundo, tenían contendientes ideológicos que los obligaban a ser convincentes en sus opiniones, ya que no existían criterios unánimes. En consecuencia, ellos se pueden contar entre los mejores y más capaces de su época.

[1] Estas “relaciones” serán bastante intermitentes en los primeros años. [Véase Angelina Rojas, El primer partido comunista de Cuba, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2003]. A ello habría que agregar que el interés de la Tercera Internacional por América fue muy escaso en el período, pues los funcionarios de dicha organización centraban su interés en los países atrasados de Asia. Esto  se modificó luego del VI Congreso (Moscú, julio-septiembre de 1928) cuando se previó la inminencia de una situación revolucionaria como consecuencia de la crisis que debía enfrentar el capitalismo. Así fue que se organizó la primera Conferencia Comunista Latinoamericana, luego se crearían el Buró Suramericano de la Internacional Comunista y el Buró del Caribe, al cual se adscribió el PCC.

[2] Miembro por el Partido Unión Revolucionaria Comunista de la delegación a la Asamblea Constituyente de 1940. Mulata y maestra normalista. Defendió a César Vilar en las filas del Partido y ello le hizo perder toda connotación política.

[3] Ver: Papelería del Senado, Fondo Manuscrito Juan Marinello, Sala Cubana, Biblioteca Nacional “José Martí”.