Filosofía para los menos necesitados

Por: Ariel Pierucci

Un grave aprieto ataca casi siempre a los filósofos al situarse frente a un auditorio: sus oyentes no lo escuchan. El filósofo piensa y elabora, pero, aunque es oído, no es escuchado, pues no es necesitado. Es por esto que nos encontramos en uno de los peores momentos en la historia para la filosofía, pues no es necesaria, y no lo es, porque sus posibles destinatarios así lo piensan. Tal fenómeno, nos lleva a la pregunta siguiente: ¿cuál es el efecto de la concepción de la necesidad de la filosofía?

Si a un profesor de filosofía de la Universidad de La Habana se le pregunta cuál es el principal obstáculo con el que lidia en sus clases, señalará enseguida al desinterés de los alumnos, que se muestran apáticos, indiferentes, y que no le ven la necesidad a lo que se les enseña. Sin embargo, si a ese mismo profesor se le pregunta por la solución, la respuesta que se obtendrá será el profesor mismo. El estudiante, el destinatario no es concebido en esta ecuación por el profesor-filósofo que quiere enseñar pero que no es escuchado.

Lo importante de esa relación profesor-filósofo/estudiante se encuentra en la concepción de la necesidad de cada uno. Para el primero, la filosofía, es más que necesaria, está explicada, fundamentada, es universal y necesaria, arroja la luz sobre las cosas y le permite al hombre conocerse a sí mismo. Pero para el estudiante, la filosofía no hace falta, es innecesaria. ¿Por qué? Porque para él no existe la necesidad.

Situación seria esta que se sale por completo del esquema del profesor-filósofo educado por Hegel y Marx en la idea de que todo existe por la necesidad. El profesor piensa así, el estudiante no, para él existe otro esquema, el de que todo es innecesario. ¿Qué le hace pensar así? Su propia persona. Porque sí, lo más importante de ambos, profesor-filósofo y estudiante, es que cada uno es una persona diferente.

El profesor-filósofo, pertenece a la época del planteamiento de la necesidad. Vivió los períodos en que se obtenía buscando. Errara o acertara, se convenció de que todo lo hizo por sí mismo. Para él, la necesidad estuvo siempre presente en su vida y quiso satisfacerla. Marx, le vino como anillo al dedo, pues se trata de un teórico que le permitía la comprensión de los procesos sociales en que vivía. Y ahí está su diferencia con el estudiante que, contrario a él, no vive los procesos sociales.

Los procesos del estudiante, han sido vividos por otros, y esos otros son, en primer lugar, sus padres, quienes no quisieron que sus hijos crecieran pasando trabajo y necesidad. Llegado a ese punto sus padres los alejaron de toda referencia a necesitar, porque necesidad equivalía a carencia. Aterrorizados por la carencia, ofrecieron todo a sus hijos de modo tal que nada les fuera necesario, y desapareció de las conciencias la necesidad. Todo se volvió innecesario. El tiro de gracia, lo dio el crecimiento en compañía de las tecnologías que sustituían las funciones corporales de la persona por acabados automático-virtuales. Padres y Androids los convirtieron en los menos necesitados que a los 18 años entrarían en una Licenciatura en Filosofía.

Pero los estudiantes de filosofía, tienen otra característica, una peculiaridad tal vez dejada de lado pero que es de vital importancia: son jóvenes, y, por ende, son el futuro. Lo porvenir está en ellos y se caracteriza por contener un tiempo histórico que carga con particularidades en las que ya los profesores actuales no participan, pues pertenecen a otro tiempo. Diferencia esta que nos lleva a uno de los principales problemas de nuestra sociedad: el del diálogo de generaciones.

Pretender llevarlo a gran escala para responderlo, es algo que, por el momento, me resulta imposible. Sin embargo, sí se me ocurre como hacer acercarse al universal y necesario profesor-filósofo con el particular y nada necesitado estudiante de Filosofía. La respuesta está en la propia falta de necesidad.

La Filosofía, se caracteriza por hacer preguntas. Interroga al hombre, y para ello parte del hombre mismo. No puede pasar menos con el estudiante de Filosofía, a quien el profesor no debe limitarse a enseñar, sino que debe considerarlo como quien es: el hombre sin necesidad. Y a su creencia en la innecesidad, es que debe dirigir el profesor-filósofo sus preguntas. El estudiante no debe verse obligado a entender porque algo es necesario, sino por qué lo innecesario es tal, solo así, podrá llegar a darse cuenta de si lo es o no, y tal vez así, podrá verse a sí mismo dentro del proceso del que forma parte, para que una vez que se haga interrogantes, pueda iniciarse en el maravilloso proceso de conocerse a sí mismo.

Tomado de: La Luz Nocturna