Juego de Tronos: cultura y poder

Entre la cultura de la imitación y la visión política de una realidad

Por: Gleydis Sanamé Chávez

De pronto, mientras transita la creación de su libro Ganar o morir: lecciones de Ciencias Políticas con Juego de Tronos, Pablo Iglesias, el profesor universitario que sube a los podios y habla de republicanismo al Reino de España, afirma que dicha serie resulta, probablemente, la mejor para entender a Weber, Maquiavelo, Lenin y Gramsci.

Lo interesante radica en que un politólogo estudiante, analista de una realidad, luego de salir de una clase del propio Iglesias se conecta a Internet y observa en un trabajo del periodista Iván Giménez, de La Vanguardia, que en Estados Unidos Arya es un nombre muy popular, que se puso a 1.135 bebés en 2013, cuando en 2011 solo 387 recién nacidos lo tenían.

Con el tiempo el alumno, Pablo y el mundo han entendido que la famosa saga, la gran creación de George R. R. Martin, no clasifica por edades, clases, escolaridad o naciones, es simplemente la historia que intenta condensar las diferencias y hacerlas desapercibidas, en una humanidad tan dispar e irresoluta donde quizás la solución aparezca desde la identificación emocional.

Aunque gran número de los seguidores, seguridad para esta escritora, jamás hayan ojeado un ensayo de Gramsci o conozcan de El Príncipe, de Maquiavelo, sí son capaces de interpretar desde su posición intelectual, más allá de las luchas culturales que establecen, las realidades creadas por el poder, así como las inopias espirituales establecidas tras su búsqueda.

Canción de hielo y fuego traspasa los códigos que dragones, lobos, castillos y espadas pueden reflejar. La historia de la humanidad cuenta el choque constante de civilizaciones, digamos, de casas reinantes; y que un gnomo ingenioso sea quien aplaque los conflictos mediante la inteligencia puede ser, ante la inminente debacle, la imposición de la cultura.

El trono de hierro puede manejarse como el gran dilema del Génesis bíblico, el árbol prohibido que, una vez tocado, ingresa a la humanidad en servidumbre ante la codicia y los conflictos. Así como Irlanda del Norte transmuta en Invernalia, siete familias que disputan la gran mordida pueden devenir en representación de los pecados capitales.

El fenómeno mundial que constituye la serie ha canalizado en un nuevo sentido las discusiones docentes en relación al concepto de poder. Si uno de los objetivos de George Martin fue traer ante el mundo la esencia política de los individuos, el resultado no ha sido menor, así, por ejemplo, la Universidad de Málaga organizó el curso “El fenómeno de Juego de tronos” entre el 18 y el 21 de julio de 2017, donde se analizó desde diversos ámbitos la imagen que se ofrece del poder, el rol de los fans o su importancia dentro del género.

Pero que un político de la talla de Pablo Iglesias, joven convertido en el mayor exponente de la izquierda en España, asevere a Canal + que los episodios contienen enseñanzas teóricas como la ética de estado o la maleabilidad del poder, va más allá de una percepción simplista del suceso.

Las interpretaciones difieren en relación a los tipos de público, están los que encuentran una realidad paralela a los designios geoestratégicos y gubernamentales de la historia humana, remota y cercana, e incluso la anodina elucidación, heredera de la industria cultural, de ver al trono solo como hierro y a Jon Snow como al pobre sex symbol bastardo.

Mediante la presente realidad interconectada, diferente a la de los tiempos de Stars War o El señor de los anillos, aparecen frivolidades emergentes. La fanaticada no se conforma con fotografías, trajes, calcomanías o debates en red luego del estreno de cada capítulo, ahora los lucros crecen con la puesta en marcha, numerosa, de viajes hacia los lugares de filmación como Dublín, Belfast o Derry.

Desde Cuba, por ejemplo, la red social Facebook expone una página de seguidores de Juego de Tronos donde los participantes comparten impresiones acerca del desarrollo de la historia, sobre encuentros de debate entre admiradores, así como fotografías, vídeos y etiquetas.

Como si fuera poco, la edición de los premios Lucas de 2017 evoca la obra desde una parodia al serial bajo el eslogan Entre la espada y el dragón, algo que Orlando Cruzata no ha sabido explicar muy bien en cámaras y de lo que puedo deducir una intensión de equilibrio entre lo nacional simbólico y lo inducido desde la visión neoliberal.

Mientras, la cadena HBO quizás antes no había sido tan constante y masiva en televidentes,  sus transmisiones han ocasionado impactos, por ejemplo, el estreno de la sexta temporada ante la incógnita del futuro de Jon Nieve generó una media de 44 artículos diarios, según datos de Press Cutting Service, agencia especializada en el análisis de medios.

En Estados Unidos, se puede disfrutar del primer bar temático de la serie que abrió en Washington DC. Expone tres ambientaciones de ese mundo fantástico: la Sala de los Rostros de Braavos, la ciudad de Meeren, y el Norte (con un árbol del Bosque de Dioses de Invernalia presidiendo la barra). Como nombres de bebidas se pueden encontrar un Dracarys o Dothraquiris.

Aunque Pablo Iglesias continúa aprendiendo de Tyrion Lannister y de Meñique para sus polémicas ante Rajoy, otra parte del planeta busca vestir, miméticamente, trajes como los de Cersei y apostar en subastas por una réplica del codiciado estrado.

Por lo novedoso del lenguaje, la ambientación y la gama de personajes, muy diferentes a clásicos como House of Cards o Prison Break, la ingeniosa propuesta revoluciona desde la concepción genérica hasta la innovación en guiones, donde, de pronto, el incesto es un boleto al éxito y el héroe principal es falible.

Realmente el futuro de Juego de Tronos no es de profetizar. Esperemos que como cultura popular logre incentivar un tanto la lectura desde los libros que nacieron en 1996 y le dieron cuerpo.  No se sabe su final, pero ojalá que la decodificación de sus mensajes sea menos fútil a lo que es hoy y ayude a entender la vida real desde el convulso y rocambolesco presente, que parece más bien un tablero de piezas sobre un extenso y apetecido Poniente.

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