La revolución contra todas las revoluciones

Por: Alina B. López Hernández

Las revoluciones pueden derivar en caricaturas de sí mismas cuando dejan de ser proyectos colectivos, o más bien, colectivamente dirigidos. Las formas de gobierno autocráticas y personalistas, lastre de cualquier revolución, fueron parte de la herencia del colonialismo a los pueblos de América Latina.

Esta problemática, aún vigente, era muy fuerte en tiempos de Martí. En algunas naciones donde vivió, constató lo dañino del caudillismo de los jefes militares, algunos grandes héroes durante la guerra que, una vez culminada, se habían convertido en dictadores. Tales fueron los casos de Justo Rufino Barrios en Guatemala, y de Antonio Guzmán Blanco en Venezuela. De ahí su exhortación: “Una revolución es necesaria todavía: ¡la que no haga Presidente a su caudillo, la revolución contra todas las revoluciones! (…)”.[1]

A  mediados del XIX proliferaron en Latinoamérica, en un marco de exaltación nacionalista, las biografías dedicadas a libertadores y próceres independentistas. En ese contexto fue muy influyente el escocés Thomas Carlyle. En sus conferencias de 1841, Sobre los héroes, el culto a los héroes y lo heroico en la Historia, expuso su tesis de que todo avance se debía a la acción que ejercen en las sociedades los hombres cumbre.

Estas ideas lo vincularon con el filósofo norteamericano Ralph Wald Emerson. Para ambos, la misión de dirigir los movimientos colectivos competía a los hombres que conquistaron un sólido prestigio. El trascendentalismo, corriente filosófica de la que se da la paternidad a Emerson, se considera una síntesis entre la religiosidad puritana y el idealismo romántico. Sin ser un trascendentalista, Martí tuvo gran influencia del mismo, de ahí que su concepción del héroe responda a un conjunto de elementos relacionados con los pensadores anteriores y que había reforzado el romanticismo: grandes virtudes, sacrificio sin límites, renuncia a cualquier recompensa que no fuera el cumplimiento de la misión heroica, anonimato, e incluso, soledad y aislamiento.

Los portaestandartes de las revoluciones eran muy importantes para Martí, sin embargo, una vez ganadas, opinaba que las naciones debían ser dirigidas por hombres que dejaran de verse como héroes y priorizaran un proyecto social. En ese sentido no era ingenuo respecto a las ambiciones personales de los que detentaban el poder político, “¿qué tiene el poder, que envenena las mejores voluntades?”.[2]

Su análisis de la Guerra de los Diez Años le hizo apreciar cuánto había influido el caudillismo en su fracaso. Por ello, en misiva a Gómez insistía:

¡Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento; (…) ¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él?[3]

Le alarmaba la tendencia de los militares a formar grupos basados en lazos de fidelidad forjados en la contingencia de los combates, pues ocurría que, ya en tiempo de paz, continuaban inclinándose más a las conveniencias del grupo que a las nacionales: “Todo poder amplia y prolongadamente ejercido, degenera en casta. Con la casta, vienen los intereses, las altas posiciones, los miedos de perderlas, las intrigas para sostenerlas”.[4]

Criticó a los pueblos por su tendencia a endiosar a los líderes y conferirles poderes sin límites, casi absolutos; aunque comprendía las motivaciones que conducían a esas actitudes: “Las grandes personalidades son como cimientos en que se afirman los pueblos. Pueblo hay que cierra los ojos a los mayores pecados de sus grandes hombres, y necesitado de héroes para subsistir, los viste de sol, y los levanta sobre su cabeza”.[5] Por ello alertaba: “Un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea, ni el empeño pueril de realizar en una agrupación humana el ideal candoroso de un espíritu celeste, ciego graduado de la universidad bamboleante de las nubes”.[6]

Cada época y generación traen consigo maneras particulares de interpretar a las fuentes y luego reescribir, rehacer la historia partiendo de sus intereses, cuestionamientos, capacidades o limitaciones. En los años veinte del siglo pasado fue crucial el rescate del antimperialismo martiano, era lo que necesitaba la patria.

Martí es fuente esencial para los cubanos, dejémoslo de ver como objeto de adoración, impugnemos al Martí de mármol o de bronce y asumamos su ideario político vivo. Hacer eso fue lo que le confirió un carácter revolucionario a los jóvenes del veinticinco. Develemos al Martí que necesita la patria ahora.

(Mañana publicaremos Las revoluciones y sus líderes, una réplica de Miguel Alejandro Hayes al texto de hoy. La Joven Cuba promueve el debate de ideas sobre un mismo tema desde miradas distintas) 

[1]“Alea Jacta Est”, El Federalista, México, diciembre 7 de 1876, t. 6, p. 360.

[2] Carta al Director de La Nación. N.Y, enero 3 de 1887, t. 11, p.134.

[3] Carta al General Máximo Gómez, N.Y, octubre 20 de 1884, t. 1, pp. 177-180.

[4] Carta al Director de La Nación, N.Y, enero 19 de 1883, t. 9, p. 340.

[5] Ibídem, agosto 3 de 1885, t. 13, pp. 81-82.

[6]José Martí: El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. (Citado por Ibrahim Hidalgo en: El pensamiento político de José Martí. Estructura e interrelaciones de sus componentes fundamentales (Inédito) p. 23).