Yo vengo a ofrecer mi corazón

Por: Manuel Roblejo Proenza

Todos los años me prometo lo mismo, y le prometo lo mismo a mi mujer: ahora sí no vuelvo a meterme en política.

Suena extraño, porque al final de cuentas no es obligatorio para mí. Yo no soy militante, ni un cuadro destacado, ni diputado a la asamblea. Mi realidad debería ser levantarme cada día, y conformarme con ir a trabajar mis ocho horas, rendir lo más posible, regresar a casa complacido por el sudor de mis dedos, disfrutar de mi hija…

Pero en esa apretada síntesis de mis días se insertan dolorosas realidades que, en todos estos años de promesas mías —y ajenas— no han variado mucho. La violencia, la pobreza y la apatía en el barrio. El egoísmo que nos consume, y nos convierte en bestias que se alimentan del dolor y la necesidad ajenos, al más crudo estilo del capitalismo más criticado. La fractura de nuestras más sonadas conquistas, que peligran al sostenerse casi solamente de consignas e inercia. La puerta cerrada ante la sospecha de lo nuevo.

La realidad de que, en esas ocho horas, yo gano menos que mucha gente en este país en ocho minutos.

Y es por eso que no puedo conformarme. Y hasta sonaría simple si lo fuera, si entregarse a uno de los ángulos que exige el problema fuera solo cuestión de voluntad: he visto sangrar a mis hermanos, cubiertos de veneno ajeno, cuando han intentado acompañar, participar, comprometerse, influir. Los he visto rendirse, los he visto partir. He visto como desaparecen.

¿Será que, al final, partiremos todos?

¿Será que la gente es mala, y no merece?

¿Qué será?

Por lo pronto, cuando trato de conciliar el sueño estos días de enero, ya no pienso en la sangre derramada hace centurias por nuestros padres fundadores; sino en la lejanía, en el frío y en la decepción —sí, en la decepción— de los muchachos que hicieron más que levantar la mano hasta la frente en el matutino. Que claro no son todos, pero son unos cuantos cuando no debería ser ninguno.

Hermano que te fuiste: tú no te fuiste en vano.

Volverán esos muchachos a los trompos y a las cometas; volverán los mulatos a la rumba y a la alegría; volverán los cocuyos, los gorriones y las esperanzas. Todo volverá, inevitablemente, porque no existe en el mundo fuerza mayor que la fuerza de la felicidad, y del deseo de ser feliz, y del compromiso que se hace con un pueblo para que sea feliz.

Para eso estamos aquí. Y para eso, como tú, hermano que te fuiste, yo vengo a ofrecer mi corazón.

Anuncios