Granma, la indisciplinada

Foto: Juventud Rebelde

Por: Manuel Roblejo Proenza

En Granma, aparte del Yate, solo existe algo de lo que los provincianos podamos presumir, y es nuestro equipo de béisbol. Esta provincia, cuyo nombre, según mayoría, debería ser Bayamo o Manzanillo, tiene una carga importante de historia que regalar; pero no mucho más.

Si alguien se ha detenido a observar los partidos por televisión, detrás del home plate nunca faltan las principales autoridades del gobierno y del Partido. Y es que el tema de que el equipo gane, como un acicate para que el nombre de “Granma” cale en el corazón de los bayameses, no es cosa de juego (ni de pelota), porque la historia de la provincia no comenzó en 1956.

Ahora las aspiraciones de las autoridades, que no se han cansado de estimular (para bien de los atletas del terruño, incluidos los refuerzos) a los integrantes del equipo, se han combinado con las ilusiones de la gente de a pie, la gente rica y la gente pobre de los barrios bayameses, y granmenses, por qué no, que hacen de cada victoria del equipo una fiesta innombrable; gesto completamente voluntario, donde sí se puede pronunciar la palabra “acudir” sin temor a la media mentira. La gente acude al estadio, en medio del frío, el fango y la llovizna de la noche, para celebrar las victorias de su equipo, aún sin conocer a la mayoría de ellos, incluido a su Dios en la tierra, el 54, el caballo de los caballos, Alfredo Despaigne.

Tal es así que, según sus propios compañeros de viaje, la camiseta del AD54 (solo comparable acá con la de Cristiano o Messi), desapareció mientras viajaba en el bus hacia la subserie oriental, pues él viajaba en su auto. No se ha formado ningún alboroto con el asunto, pues es comprensible que cualquiera desee conservar el uniforme del, ahora mismo, mejor pelotero de Cuba. Y en realidad es que no importa, pues con el 53 o el 55, Despaigne seguirá siendo lo más cercano a una deidad para el pueblo que lo aúpa sin reparos posibles.

Pero ahora todo eso es historia, porque hace unos días, el manso pueblo de Granma, se lanzó al estadio “Mártires de Barbados” a celebrar con su equipo, ese equipo repleto de gente como ellos, que guardan las meriendas para el niño, a celebrar el pase de los Alazanes a la final.

Me impactó ver cómo despreciaron a la policía, a la prensa nacional —siempre contraria a sus triunfos, contraria en exceso—, y a todo el mundo en general. Fue una avalancha de gente, una revelación de lo que pueden lograr, incluso las emociones más altruistas —porque la vida de la gente no cambiará nada, en concreto, por llegar a la final—, cuando un pueblo, acostumbrado a ser casi pastoreado como el granmense, decide poner ellos mismos las leyes.

Es para pensar. Y más si han notado que la tipografía en el uniforme de los caballos es la misma que la del periódico del Partido. Los periodistas se incomodaron, Aurelio protestó, los locutores instaron a más disciplina para la próxima. Me pregunto si estas cuestiones hubieran sido posibles en una situación similar, con el público habanero en el Latino.

Más que la victoria de Granma, yo celebro la espontaneidad de sus aficionados, y de toda su gente en fin; y espero, de corazón, que se comporten con un poco más de brío en el futuro, que chiflen, que brinquen, que no se dejen encuadrar; que estén a la altura de un equipo que representa el dejar atrás, para bien, la pequeña gloria que significa un pedazo de mármol chamuscado hace cientos de años ya.