Fenómeno IMO

Por: Isabel Cristina López Hamze

Es cierto que los parques en Cuba son una plaza ideal para combatir, digo, compartir el aburrimiento con amigos, novios, familiares y mascotas. Sin embargo, nunca antes había visto tanta vida en los parques como desde que se inauguraron las zonas wifi. Algunos de los parques menos visitados ahora se adornan con todo tipo de expresiones surrealistas que responden al fenómeno IMO. No importa el sol tremendo de nuestro perenne verano, ni la obscuridad de la noche, ni el ruido de los carros, allí estaremos, buscando el sitio de mejor conexión.

Durante mis visitas a varios parques, en diferentes lugares de Cuba, he sido testigo del amor de otros, de la añoranza de otros, de los disgustos de otros. En el parque de Línea y L he visto a la mamá, el papá y las dos niñas que comen pasteles sobre un mantel a cuadros y hablan con el tío, la tía y los primos también de picnic, pero en Central Park. Vi también a un bello mulato que hacía striptease detrás de un framboyán para su novia francesa y, de paso, entretenía a todo el parque.

Cerca de mí, en una de mis visitas sociológicas, había una viejita en silla de ruedas que hablaba con su hijo al que no veía desde hacía 10 años y se le llenaban los ojos de lágrimas gracias a la magia del IMO. Vi a una muchacha con su traje de quince para que su papá, que está del otro lado del mundo, viera cómo le quedó. Ella le daba las gracias llena de entusiasmo y calor y le repetía una y otra vez que le quedó perfecto, aunque tuvo que cogerle una pincitas en la cintura. Cerca de la quinceañera agradecida, está el esposo que sufre una ruptura matrimonial, con llantos e insultos, en pleno parque, a la vista de todos los vecinos.

Siempre habrá quien, con su celular en la mano, no tenga ni puta idea de cómo se anda en esa cosa rara que le dicen IMO. También es muy usual encontrar a la mujer que grita y repite sin parar: “Te veo, te veo, te veo, pero no te oigo!!!!!!!!!” y a otra que grita y repite sin parar desde la otra esquina del parque: “te oigo, te oigo, te oigo pero no te veo!!!!!!!!” Y no puede faltar un personaje negativo pero necesario: El revendedor de tarjetas de internet. Ese hombre misterioso, que lleva gorra, riñonera y gafas oscuras, te acecha, te vigila y aparece siempre en el momento climático de tu conversación para venderte una hora más con tus seres queridos.

Siempre puedes encontrar a la muchacha que abre su kit de maquillaje y se arregla bajo el sol para lucir hermosa ante su enamorado virtual, y los amigos que viven a 90 millas de distancia y se encuentran por primera vez en mucho tiempo y lo hacen en medio de un parque, como cuando eran chamaquitos y jugaban al quiquimbol. Allí está también la familia que le canta felicidades al hermano que vive “afuera” y le pican un kake y le encienden velas desde esta orilla.

No nos asombremos si en ese mismo parque vemos al romántico que ha acampado allí con tienda y lámpara recargable para esperar junto a la amada, su aniversario virtual.

Ahora le pregunto a los amantes de la vida en los parques, a los amantes del absurdo cotidiano, a los enamorados de nuestras expresiones surrealistas, a los revendedores de tarjetas y a los exhibicionistas: ¿qué nos haremos cuando tengamos, “muy pronto”, internet en nuestras casas?

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