El polímero nacional

Por: Alberto C. Toppin

Justo en 1998, a meses en que todo comenzaría a desmoronarse — muros paradigmáticos, fronteras físicas de sistemas diferentes, distancias políticas — , Juan Carlos Tabío terminaba de producir una película que hoy no ponen en fechas de conmemoración nacional. Un filme que no le llega ni a los pies a Fresa y Chocolate, cierto, pero que continúa esa línea de crítica social iniciada con Se permuta y maximizada en la única cinta cubana nominada a los Oscar.

En Plaff, Tabío, irreverente, ecuánime, sarcástico, en analógicas letras blancas sobre un analógico fondo negro, le suelta al espectador un mensaje que versiona las — a ojos de hoy — peores propagandas sobre alguna conmemoración en algún diario cubano:

ESTIMADOS ESPECTADORES: ESTA PELICULA HA SIDO TERMINADA EN TIEMPO RECORD PARA QUE PUDIERA SER ESTRENADA EN SALUDO AL DIA DEL CINEASTA.

EMPRESA ICAIC

Encima —y siguiendo el guion cofirmado junto a Daniel Chavarría—, pone en práctica todas sus habilidades para volcar en el largometraje una sarta de incoherencias, burocratismos, absurdos y malas prácticas en realización audiovisual sacados todos, absolutamente todos, de la realidad de los ochenta. De la penúltima década del siglo XX cubano.

Uno de los personajes que más sobresale es Clara (Thais Valdés), una ingeniera química que, gracias al azar, logra sintetizar un polímero purificador de agua que rebasa los estándares de sus homólogos en el mercado internacional y que, curiosamente, se elabora a partir de las excretas porcinas. Mientras su jefe le niega el reconocimiento a su ingenio, ella recibe un premio de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores para ver como, a pesar de su ánimo inicial —posteriormente transmutado en apatía—, se engaveta su propuesta hasta nuevo aviso. Que, por cierto, llega: después de fallecida su suegra, y en persona, le comunican que existe la intención de confeccionar su invento en cantidades industriales, y que la fábrica debe hacerse en un mes para cumplir con determinada efeméride. Y ella, más que negarse, protesta.

Thais Valdés en Plaff

Protesta en una escena de una película próxima a cumplir 30 años y que parece se filmó ayer.

No hay que ser experto para saberlo: hoy el mercado laboral estatal para los egresados universitarios, salvo poquísimas excepciones, desencanta. En primer lugar, porque el salario estrangula las perspectivas y los sueños. En todas sus variantes, no importa que esté por encima o no de la media. En segundo, porque dentro de esas perspectivas estranguladas entran las ideas innovadoras en el puesto laboral, al punto de que se trabaja para cumplir, no más. En tercero, porque muchas veces los planes de estudios se actualizan con más frecuencia que las plazas por nómina y las condiciones materiales de las instituciones, y acaban igualándose a la subutilización del que, no hace mucho, fuera estudiante.

En La Habana de 2017, por desgracia, se ha creído que un ingeniero en telecomunicaciones se forma para servir de jefe de seguridad informática, un puesto afín pero al que se puede acceder con un título de técnico medio. Conozco ingenieros de esta carrera que trabajan en una dependencia ministerial, fundamentalmente, resolviendo algún problema incómodamente nimio como la configuración de una impresora. Hay estomatólogos —la mayoría— cuyo salario, entre tantos gastos para comer, no lo pueden ahorrar y comprarse una lavadora automática conque obtener ropa limpia sin peligro de daños oseomusculares. Existen fiscales que, después de una espera de más de ocho horas para que empiece su juicio en el tribunal, sin almorzar, ejercen su labor, se compran algo en la calle y se enfilan a las colas del transporte público. Jóvenes que, engañados, terminaron en una empresa militar para pasar el servicio social, aunque otros, los mínimos y casi siempre mujeres, lo eligen. Científicos que después de un año de trabajo en el que le hicieron ingresar millones al país, ven apenas la cuadragésima parte de su trabajo.

Es un ciclo sin comienzo y, al parecer, sin fin: las actuales regulaciones laborales hacen que los jóvenes se desencanten, produzcan menos y, en el mejor de los casos, terminen migrando al sector privado —muchas veces a un empleo ni remotamente relacionado con su carrera— para salvar sus ansias de vivir bien a partir de su trabajo. Y entonces dejan un vacío que será ocupado por otro joven que también se desencantará y, si no migra, acabará con la misma mentalidad de sus padres: la de subsistir a toda costa. La de “luchar”, en el sentido eufemístico de los años noventa. Eso, si la plaza no queda vacante durante algún tiempo: todavía el desempleo, por no ser alto, no funciona como catalizador de la productividad y la calidad de los servicios de manera expandida.

Encima, existe discordancias entre el mercado laboral y el plan de plazas otorgadas. El hecho de que el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social tramite con el Ministerio de Educación los requerimientos de personal que se podrán obtener en cinco años es una visión a corto plazo bastante desenfocada: existen otras variables, además de la tasa de jubilación, que modifican la demanda laboral, por ejemplo, los índices de migración interna y externa —bastante altos en los años antes de eliminarse la ley de Pies Secos, Pies Mojados—, defunciones, traslado al sector privado, transformaciones de la profesión, entre otras. Hoy, por ejemplo, un periodista puede editar sus propios trabajos audiovisuales y requiere menos del editor; si cuenta con un buen teléfono o tablet puede hacer sus propias fotografías e, incluso, puede participar activamente en la gestión económica del medio, además de que existe la posibilidad de emplearse en medios reconocidos o no por el Estado cubano. Buena parte de sus habilidades están comprendidas en los últimos dos planes de estudios vigentes.

Hace cuatro años que los milenials cubanos comenzaron a ocupar plazas laborales universitarias*. Y lo han hecho en medio de cambios que van desde la reestructuración empresarial hasta los despidos eufemísticamente denominados “reducción de plantillas”. Los milenials, además de nacer en tiempos de crisis material y espiritual, son los que más contacto han tenido con el exterior políticamente diverso desde los años setenta.

Son los hijos/primos/nietos/sobrinos/ahijados del millón de cubanos que vive fuera de Cuba. Y en ellos, lógicamente, se concentrará aún más la búsqueda de la prosperidad, entendida esta por la solvencia económica. No por el cumplimiento planificado y sin sustento para una fecha esterilizada.

*En el 2013 salieron de las universidades cubanas las jóvenes nacidas en 1990. Un año después lo hicieron sus coetáneos varones, atrasados por haber cumplido el Servicio Militar Activo.

Tomado de: Saeta

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