Amanecer en Malecón

Por: Isabel Cristina Lopez Hamze

Amanecer en el Malecón Habanero es una dicha que tenemos los cubanos. Esa zona que antes era una costa de agudos arrecifes y un fiero monte, hoy es un muro de cemento desnudo, mezcla de sencillez y grandeza que distingue el litoral norte de la capital cubana. Tal vez el hombre que puso la primera piedra en 1901, no sospechó que el muro se extendería siete mil metros y, menos aún, que sería el mejor punto de encuentro entre los cubanos y el amanecer.

Junto al mar, sobre el muro de concreto, amanecen los enamorados con sus besos húmedos y sus abrazos prolongados. Amanece la vendedora de peluches y flores de cristal, símbolos naif de las citas de malecón. Amanecen también los barcos atravesando el mar: los grandes buques que llegan del “más allá” cargados de algún producto necesario y las pequeñas naves de poliespuma con sus redes y sus carnadas.

Cerca de la calle Príncipe, casi imperceptible, amanece la virgencita empotrada en un arrecife, bañada por el perenne brillo de la espuma y nos recuerda la diáspora y la fe de los cubanos. Amanecen las queratinas y las pasas revueltas, los que discuten de pelota, los que componen Jazz, los que reparan carros, los amantes de Carpentier y Lezama. Amanecen los silviopablenses con sus guitarras de cuerdas inventadas y sus utopías casi intactas.

A lo largo de todo el muro amanecen los rasta, los frikis, los repa, los emos, los miki, los cheos, los cutres, los hombres lobo, los pro y los contra, todos de frente al mar, deslumbrados con el nacimiento del sol. Amanecen los travestis con su energía desbordada y sus espectaculares pullas de último modelo, haciendo honor, sin saberlo, a un ensayo de Severo Sarduy. Como en otro delirio de malecón, amanecen los locos arquitectos que se empeñan en mediciones y cálculos para hacer, por fin, el famoso puente.

Amanecen las ofrendas a Yemayá flotando en el mar y las plegarias flotando en el viento. El borracho harapiento y sucio con la caneca mágica que lo transporta a la felicidad también está ahí frente al sol que se levanta imponente, como una verdad. Amanecen los pescadores, erguidos frente al mar, con sus largas varas artesanales y esperan, pacientes, el milagro del pez una vez más.

En esas tempranas horas también aparecen por allí los que corren cada mañana antes de ir al trabajo para eliminar la celulitis o el estrés. Libres de celulitis y estrés amanecen  las putas cansadas después del trabajo, con sus labios despintados y sus ojos de insólito brillo.

Se pasean alegres mientras surge el día, los perros de raza que llevan a sus dueños a tomar el sol. Amanece el hombre meditabundo y misterioso que susurra poemas a las olas y el músico que en su sombrero guarda los menudos de la noche, el pago injusto por su variado repertorio: Joaquín Sabina, Luis Alberto Spinetta, Tony Ávila, La Fórmula V, Ignacio Piñeiro y “Fui paloma por querer ser gavilán”.

Amanece el señor que barre la calle, testigo silencioso de la noche de ayer, coleccionista de maravillas de malecón: cucuruchos de maní, vidrios multicolores, algún anillo perdido, un coco, el tacón de una pulla de último modelo, una cuerda de guitarra, una pluma de paloma pinta, rositas de maíz, el quilito de la suerte…

Amanecemos tú y yo reconquistando la inocencia. Amanece, cada día, sobre el cemento desnudo, un pedacito de esta Isla que le cuenta sus secretos al mar.

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