Alarma imprevista

Foto: Claudia Pino

Por: Carlos Luis Sotolongo Puig

Tendría ocho años cuando estuve con mi padre en San Pedro, una suerte de aldea rural localizada a pocos kilómetros de la ciudad donde vivo. El motivo del viaje era inaugurar el primer museo de ese paraje bucólico; modesto espacio surgido como parte de la efervescencia de la cultura comunitaria en Cuba. Años más tarde el sitio recuperó su condición de centro oficial para los borrachos del pueblo. Aburrido como estaba, fui al parquecito a mataperrear. Allí había una campana grande y vieja, como la de los antiguos ingenios.

Niño + aburrimiento + campana = tocar la campana muuuchas veces.

Así estuve hasta que mi padre terminó con mi ilusión de campanero mientras me estrujaba los huesos de la mano. Después del regaño noté que los habitantes del lugar estaban alrededor del parque con caras que pasaban del susto a la expresión de “¡Qué graciosito el niñito! Quítamelo de alante porque lo voy a matar”. Lejos estaba de imaginar que la campana de San Pedro sonaba únicamente en caso de emergencias para congregar a los moradores de la comarca.

Tomado de: Isla Nuestra de Cada Día

Anuncios