Fidel y el imperio un año después

Por: Mario Valdés Navia

A un año de su desaparición física Fidel sigue derrotando a sus enemigos. El último de los mitos apocalípticos que rodeaban su figura, el de que la Revolución desaparecería cuando su líder supremo no estuviera, ya no tiene razón de ser pues la estabilidad del país no deja lugar a dudas. Visitantes de todo el mundo lo confirman a diario y la mayoría de los cubanos y cubanas aspiramos a resolver los problemas internos, por complejos que sean, sin traumatismos socio-políticos ni injerencias externas.

El liderazgo del Comandante en Jefe tuvo un profundo fundamento histórico nacionalista que muchos parecen ignorar, o menospreciar, aún hoy. La causa de la independencia cubana –quizás la más popular del último tercio del XIX a nivel mundial- fue malograda, más que por la intervención norteamericana de 1898, que pudo tener otro desenlace, por la imposición de la infame Enmienda Platt que dejó a la naciente república en condiciones cercanas a las de un protectorado. Eso la convirtió, según el calificativo feliz de Ramón de Armas, en una revolución pospuesta que clamaba por un líder que la llevara a feliz término.

Por eso la entrada victoriosa de los barbudos en La Habana, con Fidel al frente, vino a suplir en el imaginario colectivo de la Isla lo que debió ser la de los mambises de 1898, precedidos injustamente por el US Army. Después vendría a potenciarse aceleradamente la cuestión ideológica y el conflicto con el Imperio, que lo trató siempre como un rebelde que le quitara lo que fue suyo por derecho de conquista.

De ahí que los atributos de la barba y el uniforme verde olivo hayan acompañado a Fidel hasta sus últimos momentos y formen parte indisoluble del mito que acompaña a su vitalicia condición de Comandante en Jefe,  cargo que fue mucho más allá del de jefe de las fuerzas armadas, que recibiera excepcionalmente del Presidente Urrutia en los días iniciales de 1959.

Convertido ya en dirigente comunista mundial. Fidel siguió dando muestras de relativa independencia también respecto al hegemónico modelo soviético. Sus posturas a favor del internacionalismo proletario iban mucho más allá del internacionalismo socialista con que se conformaba esa comunidad y comprometieron a Cuba en conflictos armados en América Latina y África que marcaron no solo la historia de ambos continentes, sino la vida de tres generaciones de cubanos; mientras que la aspiración de crear un hombre nuevo y construir el comunismo primero como un hecho de conciencia trastocaban las regularidades de la construcción socialista supuestamente establecidas desde 1957.

Con el tiempo, la larga contradicción con el gobierno de los EEUU asumió matices extremos que incluyeron la obsesión infructuosa de la CIA por eliminarlo físicamente. No obstante, en más de medio siglo de intentos, no pudieron asesinarlo -ni siquiera tumbarle la barba con sustancias químicas-; tampoco lograron derribarlo del poder, que solo abandonó por cuestiones de salud y murió casi una década después de haberlo delegado al sucesor que escogió: su hermano Raúl.

Su muerte natural provocó una multitudinaria manifestación  de duelo en el pueblo cubano y en todo el mundo y la Revolución Cubana siguió existiendo. De hecho, la forma en que murió fue una de las victorias más sonadas de Fidel ante sus enemigos imperiales.