La vida al cash

Por: Manuel Roblejo Proenza

Nos ha tocado vivir tiempos difíciles. Y eso que los tiempos, en este país surreal, casi siempre han estado malos. Mis abuelos hablan sobre el bacalao y las latas de manteca, pero se quejan de que no podían comprar juguetes para los niños en los días de reyes. Mis padres hablan sobre juguetes, cupones y créditos, pero se quejan de que desaparecieron los días de reyes.

Nosotros no nos quejamos de nada; nos tocó inventarnos nuestros propios reyes magos, nuestro bacalao y nuestros juguetes. Lo que sí no pudimos recuperar fueron los créditos.

Mi madre y mi padre pagaron el terreno de la casa a plazos. Luego sacaron un crédito para los materiales y la construyeron, en los alegres 80. Luego pidieron un préstamo para que la familia tuviera un refrigerador y un televisor Caribe.

Luego, en los 90, todo el mundo sabe lo que pasó. Por eso digo, e insisto en que nos ha tocado vivir tiempos difíciles. Una generación, por si no se han dado cuenta, nació sin referencia de nada, sin un paradigma de lo que está bien y de lo que está mal, sin un asidero que les muestre lo que es decente o lo que es normal.

La política crediticia de nuestro sistema bancario es arcaica, y la llamo así porque no encuentro una palaba peor para definirla.

Los créditos que ofrece el BCC son, en primera instancia, para materiales de construcción “por esfuerzo propio”. Me pregunto a veces cual será la otra modalidad. ¿Por esfuerzo ajeno? Son, en general, enclenques, insuficientes, y con tasas de interés realmente para pensarlo catorce veces. Es casi imposible hacer algo realmente tangible con ellos, y siempre se usan para terminar el bañito o mejorar la cocina.

Pero el que no tiene casa, una casa decente digo, no tiene muchas más opciones.

Entonces me pregunto, si la mayor parte de la fuerza laboral en este país son empleados estatales, de alguna manera controlada y organizada por este, ¿es tan difícil establecer una política crediticia más acorde al salario medio de un trabajador común, y a los exorbitantes precios de las cadenas minoristas? ¿No es el trabajador el que decide si se endeuda la vida entera con tal de poder dejarles algún patrimonio a sus hijos?

Pero, mirando más allá, ¿no es hora de que se piense nuevamente en las mismas flexibilidades a la hora de comprarse un televisor, un refrigerador, o una cajita decodificadora? Eso para no hablar de un carro, y me acusen de ostentoso.

En la mayoría de los países las compañías y marcas representativas venden a crédito, con un pago inicial razonable,  y luego cuotas mensuales acordes a los ingresos de los clientes. De hecho, gran parte de la economía y el bienestar de los países con altos niveles de vida, se basa en una buena política crediticia para sus ciudadanos.

¿No nos merecemos los cubanos ese voto de confianza?

Sé que experiencias amargas le anteceden a estas peticiones, y que todavía existe gente endeudada con módulos de cocción y refrigeradores Haier; pero no hay que olvidar que ese momento tan peculiar comenzó por un interés marcado del Estado en atenuar el consumo energético a nivel poblacional.

Eso sin mencionar que hubo que entregar nuestros viejos refrigeradores, rusos o americanos, los de toda la vida, sin que se les diera valor alguno, como pura chatarra dañina; solo con la esperanza de tener un equipo nuevo. Pero ya no vamos a llorar sobre la leche derramada.

Yo tengo esperanza de que nuestros trabajadores, y todos los cubanos, por qué no, puedan adquirir, y no solo contemplar con nostalgia desde la vitrina de una TRD, algún equipo electrodoméstico moderno u otra cosa que cueste quinquenios pagar con los precios y salarios actuales. Que la planificación nacional cree condiciones para ello y que nadie fuera nos quiera sabotear, en ese orden.

Pero lo trabajadores deben poder comprar. Creo que se lo merecen. Creo que todos lo merecemos.

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