Diez días que estremecieron el mundo

Por: Mario Valdés Navia

Pocos acontecimientos han marcado de manera tal la historia universal como la Revolución de Octubre. El 25 de octubre de 1917, cuando el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Obreros y Soldados de Petrogrado, controlado por los bolcheviques, seguidores de Lenin y Trotski; y sus aliados, los social-revolucionarios de izquierda (eseristas), se lanzó a tomar el cielo por asalto -como dijera Marx de los comuneros de París en 1874-, se hacía realidad el viejo anhelo de los trabajadores de todas las épocas: conquistar el poder para instaurar una sociedad sin explotados ni explotadores.

Aquel día, el Gobierno Provisional burgués fue derrocado mediante la captura, casi incruenta, del Palacio de Invierno y tomó el mando el Sóviet de Comisarios del Pueblo. En un tiempo breve –que suele extenderse a diez días por el título del famoso libro de reportajes del periodista norteamericano John Reed, testigo excepcional de los hechos-, guardias rojos, soldados y marinos revolucionarios, obreros fabriles, campesinos y artesanos, borraron como una tromba a burgueses y aristócratas de sus puestos de privilegio desde el Báltico hasta los Urales.

Para los líderes bolcheviques lo que ocurría no era una simple revolución en Rusia, sino el primer capítulo de la Gran Revolución Proletaria Mundial que creían estar inaugurando y que confiaban en que estallaría, de un momento a otro, en los países occidentales, en particular en Alemania y el Imperio Austro-Húngaro. Con el tiempo, el fracaso de esta aspiración internacionalista traería nefastas consecuencias para la práctica socialista posterior al abrir las puertas al establecimiento del régimen estalinista como único Socialismo Real.

La férrea determinación de los hombres de Octubre supo vencer por la fuerza los intentos de la reacción de retomar San Petersburgo y hacerse fuertes en Moscú y otras regiones, mientras que, apoyados en los eseristas, lograron atraer a los sectores medios y bajos del campesinado mediante la expulsión de los terratenientes y la entrega masiva de las tierras nacionalizadas. A principios de 1918 ya el poder soviético imperaba a todo lo largo del antiguo Imperio de los Zares e incluía también la Siberia, Ucrania y parte del Asia Central. Más de cien millones de personas empezaban a construir un mundo nuevo.

A diferencia de lo que muchos creen, y repiten sin saber, en Cuba los acontecimientos del otoño de 1917 en Rusia fueron ampliamente conocidos y comentados con entusiasmo, y durante la década siguiente la experiencia soviética de construir una sociedad socialista en un solo país fue seguida con detenimiento y profundidad por diferentes pensadores -algunos de los cuales visitaron el país de los soviets- y se refirieron con profundidad a las ventajas y debilidades de la nueva sociedad.[1]

Aunque la repercusión más importante de la Revolución de Octubre en Cuba estuvo en el brote de organizaciones comunistas desde 1922, con la Agrupación de La Habana, hasta la fundación del PCC en 1925, quizás la acción más sentida en el plano emotivo fue la estatua que dedicara el pueblo de Regla, por iniciativa de su alcalde, a perpetuar la memoria de Lenin, el artífice de la epopeya soviética, a pocos días de su muerte, el 24 de enero de 1924.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] Alina López Hernández (2008). “Crónica de un fracaso anunciado. Los intelectuales de la República y el socialismo soviético”, Premio Temas 2007, Temas No 55, julio-septiembre;  Javiher Gutiérrez Forte y Janet Iglesias Cruz (2014). “La Muerte de Nicolai Lenine en la prensa cubana”, Revista Estudios del Desarrollo Social: Cuba y América Latina, Vol. 2, No 1, enero-abril, www.revflacso.uh.cu; Mario Valdés Navia (2017). “El socialismo en las visiones contrapuestas de dos minoristas matanceros: Medardo Vitier y Fernando Lles”, Cubaposible, 25-9. https://cubaposible.com/author/mario-juan-valdes-navia/

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