Cuba efervescente

Por: Frank García-Hernández

Una tarde de este octubre regresaba a mi oficina en el Instituto Juan Marinello. Había acabado de llover. En las esquinas nacían unos charcos de agua sucia con basura venida de algún lugar. Sobre las hojas podridas de los framboyanes flotaba una lata de Coca-Cola, vacía, magullada.

Doblé izquierda en el charco siguiente y me acordé del amigo que, cuando nadie había salido de viaje al extranjero, él ya visitaba Santo Domingo. Aquello es Cuba con Coca-Cola, me decía. Y en una lata de refresco cabía toda la semiótica del capital.

Por un tiempo la Coca-Cola se relegó a los hoteles exclusivos, las tiendas de los diplomáticos y a ciertas compras que hacían las tías de la comunidad. Esas viejas cubanas -que se fueron de la isla en los años sesenta y volvían más de veinte años después- tomaban aquello como agua.

El Che decía que el refresco nuestro que sustituyó al de los gringos sabía a cucarachas. Cambios mediante, terminó siendo el refresquito prieto que se repartía a partes iguales con el masarreal de las meriendas mañaneras en la escuela primaria. Existe incluso un dibujo animado de la historieta Matojo donde su creador Manuel Lamar –Lillo- se detiene en aquellas botellas de cristal que después dieron paso, en el mismo envase, a los sábado corto. Más tarde nos inventamos la Tropicola, y después el TuKola con toda la campaña mediática de una marca registrada.

Durante el Mundial de Fútbol de Estados Unidos en 1994, la Coca-Cola emitió una serie con las banderas de los equipos. La chiquillada se dedicó a coleccionarla y como no teníamos dinero para eso, merodeábamos -con una timidez digna- los flamantes Rápidos recién estrenados, donde unas trabajadoras con saya corta y patines llevaban a la mesa el pedido.

Recogíamos las latas como si encontrarlas en el piso fuese una casualidad, porque a ninguno de nosotros se nos hubiera ocurrido revisar en el basurero o pedirle a alguien que nos regalara el envase vacío. La ética nos aplastaba y la mendicidad era cosa del pasado. Aunque ese fue el año del Maleconazo, en el Período Especial más crudo no había tantos mendigos como ahora. Quizá nos querían más.

Ahora, abundan esas latas rojiblancas en las esquinas, como algo natural. Sin traumas aparentes. Yo no sé a quién ni cómo el sector privado compra esos refrescos, pero sí sé que la Coca-Cola ya aparece hasta en las cafeterías perdidas en medio de la autopista de alguna provincia. Primero fue el empuje del turismo y después el creciente consumo del novorriquismo que quiere vivir en Cuba como si fuera Miami, pero con las gratuidades socialistas. Hasta que, o el sistema les moleste para aumentar sus riquezas, o el sistema se adapte a sus necesidades.

O suceda la mejor y más linda de las variables: hasta que nos demos cuenta que el socialismo de mercado no es el socialismo que conduce a la sociedad comunista. Que esa versión a ellos no les debe gustar.

¿O será que en algún momento dejamos de aspirar a una sociedad sin clases, sin mercado y sin Estado? ¿Será que esta parte del guion estaba escrita en la letra menuda del contrato y no nos percatamos? Al menos en el último y recién celebrado congreso del Partido Comunista –de China- no se habla de la lucha de clases ni de la construcción del comunismo, sino de un socialismo con peculiaridades nacionales –chinas, claro está-.

El discurso del 13 de marzo de 1968 donde Fidel anuncia la supresión de toda propiedad privada sobre medio de producción se enfoca, casi siempre, como un error. Se tiende a olvidar esa parte bella donde el Comandante decía que por desgracia, en ciertos lugares de Cuba se empleaba el dinero.

Nuestra revolución fue tan hermosa y atrevida al querer construir el socialismo y el comunismo a la misma vez que los soviéticos –quienes solo nos veían como una posible rampa de lanzamiento de misiles- tildaron a Che de trotskista por hablar de la revolución mundial. Aquello les sonaba a revolución permanente y a Lev Davidovich Bronstein: el judío ucraniano que no siempre fue bolchevique, pero terminó siendo, según Lenin, el mejor de los bolcheviques.

Es verdad que un vendedor de frituras es un trabajador por cuenta propia, es decir, un trabajador auto empleado, y a los trabajadores –auto empleados o no- no los debemos demonizar porque a quien se le debe demonizar y combatir es a la burguesía. Ese fue el error de percepción del 13 de marzo de 1968. Pero a los que utilizan el título de trabajador por cuenta propia y son dueños de un restaurante de lujo que explota a sus empleados a través de contratos verbales, a los que son dueños de flotillas de taxis y sabotean el transporte con lock-outs para aumentar el precio del pasaje o no querer bajarlo -sin importarles las necesidades de los trabajadores-, a los que acumulan viviendas para su renta y disfrutan de la burbuja inmobiliaria que han creado, a ellos, sí debemos señalarlos, porque ellos son -los nuevos burgueses-, por un sencillo asunto de lucha de clases, los verdaderos enemigos de la Revolución.

La cuestión no es ahora retirar las licencias ni cerrar los bares, la cuestión es cómo se asume la lucha de clases y su resultado: la verdadera diferencia entre un sistema y el otro. Es ahí donde se puede decir qué tipo de Cuba es esta: con Coca-Cola o sin Coca-Cola.

Para contactar al autor: frankcuba1959@gmail.com