Cuba sin Estados Unidos

REUTERS/ Jorge Silva

Por: Manuel Roblejo Proenza

Tratar de obviar, desestimar o minimizar el poder que tiene Estados Unidos de encerrarnos en casi todas las aristas de las relaciones internacionales, tanto económicas, como políticas y militares, es casi necio. Es más, creo que ningún país, o al menos ninguna democracia, se plantea esta posibilidad de vivir bajo la presión constante del imperio actual.

Y, hago la salvedad, no es lo mismo resistir ese peso, bajo condiciones casi de guerra —como es el caso de Cuba, y algunos otros países, muy pocos—, pagando el precio de ver generaciones enteras renunciar a la felicidad de las pequeñas cosas, a lo refrescante de lo cotidiano, a la normalidad de dejarle un patrimonio a sus hijos; para incorporarse a la resistencia y a la “herejía” que implica esta posición.

Existe una larga tradición de relaciones, identidades, luchas, historias y saberes compartidos entre ambos países, casi desde el surgimiento de ambos como nación. Los Estados Unidos, teniendo como máxima expresión la figura de José Martí, han sido tierra de refugio, unificación, conspiración y alejamiento para sanar incluso, de no pocos de nuestras más descollantes figuras.

Es por eso que las cosas se complican tanto, porque, aunque la vida nos ha demostrado que, casi de una manera natural, como el leopardo acecha a la gacela, los Estados Unidos insisten en extender su dominio sobre Cuba, para la gente común la cosa es muy diferente.

Solo hay que darse una vuelta por cualquier zona wi-fi, para comprobar —razones aparte— el porciento elevadísimo de nacionales que hoy tienen familias en los Estados Unidos. Y, más que eso, reconocer que, de ese porciento, una gran parte se siente al margen de las penurias que las malas relaciones entre ambos países provocan, gracias a la ayuda de los que, dejando la piel en el asunto, envían todos los meses gran parte de sus salarios a su familia acá.

Un país como Cuba, pequeño, pobre, emergiendo del abismo del tercer mundo, no puede estar ajeno a lo que significa vivir “peleado” con su vecino más poderoso. Ningún cubano lo concibe. No pueden, por el simple hecho de que no quedan muchas más opciones para una tierra que necesita una inyección de capital extranjero, de generación de empleos y un levantón económico que lo haga tomar una velocidad cuya inercia sí le permita despegarse de esta dependencia tan ambigua.

Amigos, colaboradores, socios, sobran, no son pocos; pero ninguno ha suplido —salvo la antigua URSS, asunto para otro post— la función de un socio comercial que realmente garantice la estabilidad económica de la nación. Todos estos países, obviamente, también tienen intereses propios, y, más allá de eso, también cuidan sus propias economías, haciendo un “salve” cuando se trata de ir en contra de sus relaciones con los Estados Unidos.

En fin, que yo creo que ningún intelectual, científico, artista, e incluso político realmente honesto, se plantee la posibilidad de que podamos existir, y, más allá de esto, brindarle felicidad a nuestra gente, en esta eterna guerra que, se puede decir, nos han declarado ellos. Pero hay que saber sortearla y sobrevolarla; no basta con aguantar, enfurecidos, en el búnker.

Por suerte los Estados Unidos no son los demócratas, ni los republicanos; no son Donald Trump ni Marco Rubio; no son la Ley de Ajuste ni las enmiendas del bloqueo. Son un pueblo con una historia riquísima, que, aunque muy diferente a la nuestra desde su génesis, sí sabe reconocer en nosotros a ese vecino cercano y prohibido, del que no está totalmente convenido, pero que algo le dice que no puede ser tan malo.

Los “americanos” son su pueblo, como Cuba es el suyo; y a eso, en algún momento, más temprano que tarde, la historia le dará la razón. Cuba no es ni puede ser un país dependiente de Estados Unidos, pero una vez lograda esa soberanía, la solución a largo plazo es mejorar la relación con ellos, cuando regrese el sentido común a la Casa Blanca.

Ayer ganamos en la ONU cómo era de esperar, pero estamos conscientes que el error estadounidense de darle la espalda a la isla, no puede ser reciprocado. Somos mejores que eso.