El hijo del presidente

Por: Isabel Cristina Lopez Hamze

Todo comenzó cuando él decidió infiltrarse en las filas de los rebeldes. Nunca se supo si fue por un mandato superior, por esnobismo, o por convicción propia. Hasta entonces había sido hombre con una vida normal, sin grandes sobresaltos. Todos lo llamaban el hijo del presidente. Parecía un joven honesto y trabajador, pero con un carácter endeble. Era muy diferente a los hijos de los otros presidentes, hermosos niños ricos con carros y aviones y mujeres bellas. No poseía más que sus manos de muchacha curtidas sólo por el teclado de su computadora donde escribía consignas y hacia cuentos que escondía como archivos ocultos, porque en ellos había más de él que en sus discursos.

Su paso por las filas rebeldes fue fugaz, pero le movió el mundo, hizo una grieta enorme en el mosaico de su vida. Allí conoció a una mujer que se enamoró de su verdadero nombre y quiso construir un nuevo país junto a él. El hijo del presidente y la Rebelde tuvieron una historia heroica, épica, brechtiana, roquedaltiana… Él transcribía canciones de Las Migas para ella. Ella quería escribir junto a él un libro sobre la causa de los rebeldes. Querían hacer grandes cosas juntos: fundar escuelas y hacer parques infantiles para los niños pobres.

Ellos hablaban de las revoluciones, de los grandes sueños de la gente y de sus pequeños sueños de hacer un viaje en guagua por toda la Isla. Ella le parecía era una mezcla entre la Luxemburgo y Bakunin. Él a veces parecía un hijo de presidente con vocación sofista. Eran la imaginación contra la norma. Tenían grandes discusiones sobre qué era más importante: ¿un orgasmo o una ley? ¿la calma o la vida? ¿la inercia o la revolución? ¿luchar por el mismo país o luchar por un país mejor?

La Rebelde, en medio de su deslumbramiento por aquel extraño joven, no percibió nunca sus rasgos de bitonguez y su falta de valentía. No le parecieron raros sus chistes sobre Jon Snow, ni su serenidad, ni su afición por la filosofía, ni su desprecio por la acción. La Rebelde no podía ver más allá, porque su impulso era suficiente para lanzarlos al vacío, su amor era contaminante y tóxico. Nunca imaginó que fuera el hijo del presidente, siempre pensó que era un rebelde, un rebelde dormido que ella ayudaría a despertar.

El amor del hijo del presidente por la Rebelde fue tan torcido e insólito como las líneas de Nazca tatuadas en la planta de sus pies. Él disfrutaba su delgadez de gata flaca y sus miles de caras que miraban al mundo con sorpresa. Él mordía sus costillas y la amaba prontamente, como si fuera a ser descubierto.

Cuando la Rebelde veía una injusticia frente a ella, rompía su puño contra el muro mientras él observaba con expresión monalísica la injusticia, el muro intacto y la mano sangrante de la Rebelde. Luego se encerraba a escribir consignas ambiguas y cuentos secretos en los que, quizás, hablaba de la injusticia.

El hijo del presidente mentía a su padre, a su pueblo y a la mujer que lo hacía vibrar, mentía en sus consignas y mentía en su ilusión de ser rebelde. Hasta que un día no pudo seguir mintiendo más.

Quisieron sellar su amor en un pacto, como hacen los niños cuando se aman en secreto. Ambos pincharon su dedo para juntar su sangre. Cuando la aguja atravesó el pulgar de la Rebelde brotó su sangre limpia, espesa y rojísima. El hijo del presidente se hincó tres veces y tuvo que apretar su dedo con fuerza hasta que salió una pequeñísima gota, pálida y fría, de sangre azul.

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