La protección de Fernando

Por: Frank García-Hernández

De noche, parado en la esquina de mi casa, que ya todo parece calmo, oigo la voz del amigo ausente. Es una grabación, hablaba en la radio sobre nosotros: los jóvenes. Yo me creía tranquilo, la ansiedad pasó, pero oírlo saliendo de una casa en mi vecindario, tan común, y tan raro a la vez, porque ¿quién habla así en la medianoche de Marianao? Ahora estoy escuchando a Sun Ra, y todo lo que quizá iba a escribir ya no lo hago: el jazz esparce estos pensamientos. Quizá Cortázar, como un ingenuo remedio, escuchó jazz cuando supo muerto a Allende.

Pero late muy fuerte saber que no soy Cortázar, que el remedio es más que ingenuo, aunque calme algo, que a Fernando no lo mataron ni se suicidó, aunque esta última opción hubiera sido tan estoica como la vida del viejo, que no sería el único, porque ahí está Lafargue y Trotski y Che lo pensaron, pero algo se les adelantó. Late muy fuerte, mucho, Esther, la amiga, que la he visto en una foto con el pelo negro, riendo con él. La foto ha venido de lejos con un recuerdo para ella. Ahora no oigo jazz. Me visto. Caminaré.

Son las dos de la madrugada. Aún hay gente que camina por la calle. Los que deambulan, se miran, como cuidándose, porque el otro puede agredir. La noche puede ser traidora. Yo camino sin miedo. Busco una tranquilidad que no existirá hasta que ella entre a La Habana. Porque mañana no sabré verlo vuelto cenizas. Sé que ya no es él: el amigo era su conciencia. Esas cenizas valen tanto como su ropa. Que usó muy poca y gastó mucho papel. Sus palabras escritas tampoco son él. Ellas no me pueden cuestionar nada. Es casi cobarde polemizar con un muerto.

No engañen a nadie. Fernando Martínez sí está muerto. Y Fidel también está muerto. Nunca sentí tanta desprotección como aquella noche de noviembre en el barrio pobre de Romerillo. Al menos yo era habanero y tenía casa que no se mojaba. Siempre me han dolido duro los emigrados. El barrio es un lugar de ellos. Les oyes el acento. Quizá hablaban de la muerte de Fidel, quizá estaban saturados de la muerte de Fidel. Yo supe que Fidel no estaba, que se había ido, creí que nadie ya nos protegería. Fue un miedo quizá absurdo, pero era cierta su muerte.

Fernando también nos protegía. No diré de qué. Quienes tenemos que saberlo sabemos que no se debe decir en voz alta. Que solo levantaría barreras. Que no se debe alertar a lo que puede dañar, no debe saber que ya hay uno menos para cuidarnos. Todos los amigos protegen. Por eso, son amigos. Todo amigo protege de todo, aunque sea el más desvalido de todos. Todo amigo sabe que está protegido por el otro, y por eso lo llama y lo escucha. La noche está oscura y nublada. Acabo de regresar. Son las dos de la madrugada. No hay nadie.

Tomado de: Desnudos de Cuba