Céspedes Now

Por: Manuel Roblejo Proenza

No sé por qué nadie ha hecho una película sobre Céspedes. Será porque habría que mentir demasiado. Será porque la gente se daría cuenta y correría buscar su Diario Perdido. Será porque habría que hablar mal, y hasta odiar a mucha gente que hoy poseen tarjas en los parques, y nombres de calles y sitios a la derecha del padre.

No podría ser otro cuento romántico más, de los que tanto nos evalúan en las pruebas de ingreso. Por lo menos yo me lo imagino como nuestro propio Da Vinci; era un hombre increíble, con corazón de artista: hoy Céspedes fuera nuestro propio Da Vinci.

Tendría que haber, por ejemplo, una escena de un hombre alegre, caminando por alguna calle parisina, o por algún antro turco, o por algún prado suizo. Una escena donde él intentara aprender cómo se dice mulata en griego. Una escena donde él apostara en un bar, piropeara alguna muchacha, le chocara el hombro a algún debilucho.

Hoy Céspedes se hubiera hecho un selfie en el Coliseo.

En otra escena, a la luz de tres velas gastadas, lo pondría yo, si me dejaran, a sacar cuentas en un papel sudado, y a pasarse los dedos por sus cabellos encimados, y a darse cuenta de que nunca, moviendo las ruedas de La Demajagua con el sudor esclavo, iba a recuperar los 81000 dólares que invirtió en ella. Que soñaba con las máquinas de vapor, y con lo bueno y lo próspero.

Y luego, a la mañana siguiente, cuando se levantara, casi arrepentido de tanto soñar, la vista se le desparramara en los senos nacientes de la hija del mayoral, apenas una niña de 17 años, mulata prohibida y peligrosa, de boca roja y desafiante. Hoy Céspedes tuviera una cooperativa exitosa. Tal vez, con capital extranjero.

Y luego habría que presentar a los villanos del filme. A Zenea, que sí había logrado un salvoconducto español, ganándose su confianza masónica, de hermano hasta que te corten el cuello. Y luego, en otro corte violentísimo, al mismo Zenea guiando a su querida Ana por el camino equivocado. Y a Ana detenida. Y a Ana violada. Y a Ana golpeada, desterrada y embarazada… ¿será?

Pero aún así él les dio su apellido. Aunque le escribió aquella carta, donde le confesaba que sus pasiones de cincuentón solo añoraban las caricias y la piel y los pechos de Cambula, aquella mulata de la bandera.

Entonces contaría, atropellada y tarantinamente, el final de la historia. Y lo contaría con filos de cuchillos y monedas de Judas resonando en sus oídos. Y a Salvador Cisneros rojo de la ira porque él se le adelantó en el alzamiento. A sus oficiales camagüeyanos diciendo que no, que no van a salvar a Bayamo, que ojalá la quemen.

Y pondría cómo la queman, mientras Donato Mármol aguanta, lloroso, la ofensiva española en la ribera del río. Y luego, como soy un director decente, no aguantaría tanta cobardía, ni tanto cotilleo de aquellos cubanos con machete, pero sin filo. Y lo mostraría depuesto y humillado, pero temido, arrastrándose con la impedimenta y escuchando las risitas de los que le odiaban el haberse atrevido a querer quitarle sus veinte monedas negras.

Hoy Céspedes tendría que conspirar en la logia.

Y así, caminando en una columna mambisa que no lo quería, con los zapatos destrozados y casi ciego, terminaría la película, porque ya estaba muerto y porque no me imagino una muerte más ominosa que la suya. Y, tal vez, si yo mandara en los créditos, les colocaría lo que escribió sobre España y Cuba, en su manifiesto de independencia:

“La tiene privada del derecho de reunión, como no sea bajo la presidencia de un jefe militar, no puede pedir remedio a sus males sin que se la trate como rebelde y no se le concede otro recurso que callar y obedecer…”

Hoy Céspedes se levantaría en el parlamento, y le cantaría las cuatro verdades a cualquiera. Y luego; luego terminaría con un largo continuará…