Mi primer salario de periodista en Cuba

Por: Alberto C. Toppin

Después de todo, a la altura de la tercera semana, agosto empieza a aburrir. Tanto sol, tan pocas nubes, tanta falta de cosas por hacer. Tanto tiempo succionado por el ocio. Como si la tesis hubiera dejado un vacío, un hueco en el sentido común, ahora rebosante de nada.

Para acabar con todo esto, está la variante de adelantar un poco la entrada al (infra)mundo laboral, ignorando algún que otro día de la semana mal ubicado en el calendario de septiembre y dando el recorrido de reconocimiento dentro del ya actual centro de trabajo: coordenadas espacio-temporales de las ocho horas diarias sin dueño natural, ubicación del resto de las oficinas, condiciones adicionales fuera de lo común. Aunque, con suerte, esas ocho horas puede que se reduzcan a cuatro, o muten al eufórico eufemismo de “horario abierto”.

— ¿Qué posibilidad hay de que pueda cobrar con mi tarjeta? — pregunta nada extraña a la hora de hacer el contrato.

— ¿Tú tienes tarjeta? — dice la empleadora, en su angosta oficina cuya puerta muestra un pequeño cartel que, en síntesis, dice “Recursos Humanos”?

— Sí, desde la escuela. Así cobraba por allá.

— Entonces lo que debes hacer es ir a la sucursal que nos corresponde del Banco Metropolitano y buscar el número de tu cuenta y ya está, te pondríamos el dinero ahí.

Nada difícil. Todo muy fácil.

— No, tú no puedes pedir el número de la cuenta — dice una trabajadora del banco, veintiséis días después, en una de las tantas mesas que hay en el local peculiarmente espacioso — . Tienen que venir de tu empresa a buscar el número, nosotros en esos casos no atendemos a personas como tal, sino a entidades.

— Ah, ¿te dijeron eso? — dice Recursos Humanos — . Mira, ¡la de Contabilidad estaba allá, en el banco! ¿No la viste? Bueno, de todas maneras ella va todos los días para actualizar las cuentas de la empresa. Mañana seguro ella ve lo tuyo.

Tres días antes de la fecha oficialmente acordada para el pago de la mayoría de los trabajadores estatales en Cuba, el dinero. A casi todas las tarjetas magnéticas. Casi. Es sábado.

Domingo: nada. El lunes salta un error y a otras dos personas se les abonará el dinero crediticiamente a las seis de la tarde. A las siete, nada. El martes — feriado además — , nada. La directora — no de la empresa, sino de una de las revistas de la empresa — se entera. Se espera al miércoles.

— El problema debe estar en el banco — dice el subdirector económico, nuevo en el puesto pero de notable motivación — . Debes ir allá y preguntar qué pasa, y si persiste el problema, diles que te den el dinero, tú tienes tu carné.

— No, tiene que venir la responsable de tu empresa — dice otra empleada, esta vez de la recepción del banco, sobre las dos de la tarde del miércoles. Se refiere a una joven que, después de solucionar el problema de los dos trabajadores sin cobrar, pidió vacaciones — . Ella viene con la memoria, que es donde están las cuentas de los trabajadores y sus datos, y por ahí sale el dinero. Tiene que ser ella o alguien autorizado en tu empresa.

— Yo todavía no tengo autorización para con el banco — dice, al rato, el subdirector económico. — Soy nuevo y mi firma no está registrada por ellos.

— Y yo no tengo autorización para ir — arguye Recursos Humanos — , como mismo no puede ni la que lleva los inventarios, ni otra persona. Debe ser ella. Es la que lleva la nómina.

— Pero mejor explícales bien la situación — dice nuevamente el subdirector, que dentro de unas horas estará rumbo a un congreso internacional — , diles que tú eres trabajador de aquí, que pueden abonarte el dinero.

No hace falta el viaje al banco. Además de la negativa a hacerlo, surge un pequeñísimo detalle: hay un error en el número del carné de identidad. Alguien trastocó un dos en siete en la nómina.

— Eso solo lo puede arreglar ella, y está de vacaciones — explica el subdirector.

— ¿Entonces tengo que espera 15 días para cobrar?

— No, la estamos llamando, pero no coge el teléfono. Tú sabes, vacaciones.

— Entonces vengo en media hora para saber si se localizó.

La muchacha aparece. Telefónicamente. Irá a la empresa al otro día, y el caso quedará a manos de la subdirectora comercial.

Jueves. Una de la tarde. La muchacha, frente a la comercial y con cara de ira-tristeza-melancolía-impotencia, dice que el error fue subsanado, que el dinero debió ser abonado ya en la tarjeta.

Nada. Mismo saldo. La muchacha se va y se llama al banco. A media hora de cerrar, están en pleno auge de descenso de la eficiencia. Al otro lado del teléfono, una mujer se impacienta al oír nuevamente el caso de un dinero que no aparece. Diez minutos después dice que el dinero fue puesto, que se hizo otra tarjeta.

Un cuarto de hora más tarde, cuando se va a buscar la dichosa tarjeta, dicen que no, que se trabaja hasta las 3:30 de la tarde. Son las 3:36. Oyen la explicación de la llamada hecha y la dan por falsa. No se asombran cuando escuchan que han pasado cinco días desde que se debió haber tenido acceso al dinero. Acusan a la empresa, dicen que es error de ellos, que vienen con errores en los datos de sus trabajadores. No creen que, hace unas horas, alguien dijo haber subsanado el equívoco. Finalmente, ante la insistencia y la incomprensión, deciden hacer algo para salir de este caso ya insoportable.

Una de las oficinistas busca en la base de datos el número del carné del cliente. Aparece registrado en otro banco. Busca su nombre completo. Tiene otro carné de identidad en este banco. O sea, dos cuentas al mismo nombre que se diferencian en cuatro cosas: la sucursal donde fue abierta, el número de identidad del poseedor, el número de la cuenta y la tarjeta con la que se puede extraer dinero de ella. Deberían ser solamente tres.

— ¿No puede venir mañana?

— Llevo cinco días para cobrar. ¿Usted cree que voy a venir mañana?

— Es que ya nosotros cerramos.

— Si me hubieran dicho hace media hora que la tarjeta estaba aquí, que debía buscarla, hubiese venido más temprano.

Siguen con ganas de salir del caso. Una busca la nueva tarjeta, otra busca el contrato. La primera le dice a una tercera que, de paso, arregle los datos del titular. De una mesa se pasa a la otra, como es habitual, en apenas cinco minutos.

— No pongas la tarjeta junto al celular. De seguro la desmagnetizaste ya. Eso es súper sensible, lo toca y ya se desmagnetiza — dice la primera.

— No lo creo. Fue muy corto el tiempo de contacto.

— Y si se desmagnetiza la tarjeta, tienes que venir mañana — dice la segunda con un poco de mala gana.

— En ese caso, sí, porque sería por mi culpa, pero en este caso no lo es.

No responden y siguen trabajando. Al final, la primera aconseja probar la tarjeta con una dulzura que encubre, por mucho, su incipiente deseo de que esta se hubiera estropeado. Ni siquiera atiende cuando todo se soluciona.

Bienvenidos entonces los cuatrocientos quince pesos del salario. Los mismos que, además de equivaler a unos 16 dólares estadounidenses, necesitan 85 pesos adicionales para canjearse por un solo ejemplar del segundo billete de más alta denominación en Cuba.

Tomado de: Saeta

Anuncios