El futuro energético de Cuba

Foto: AP Photo/Ramon Espinosa

Por: Manuel Roblejo Proenza

Recuerdo cuando el Período Especial comenzó a amenazarnos el estómago con sus garras de desesperanza, mi padre nos levantó una madrugada, a mi hermano y a mí. Yo pensaba que era para marcar en la cola del kerosene, que la gente cargaba, de manera racionada, en las latas de manteca que habían quedado relamidas y relucientes por todas las lenguas posibles.

Pero no. Era para aventurarse en algo que un niño de diez años, que nació en la ciudad, apenas entiende: buscar leña en el monte, para cocinar.

Nuestro padre colocó un machete en la mano de cada uno de nosotros, y partimos con el frío de la madrugada hacia el monte, que se había ido alejando más y más, a medida que la gente lo iba talando, para, por lo menos, recalentar lo poco que aparecía para comer. Eso nunca se olvida; nuestros cuerpos aún cargan cicatrices de machetazos y golpes, que sanaron, en vano, entre las brasas de un carbón hambriento.

Luego, un día, casi sin darnos cuenta, como moribundos que lo han dado todo por perdido, no hubo que subir más la loma para buscar leña. Los apagones comenzaron a desaparecer, y la gente comenzó a vaciar los tanques de los carros estatales, para matar el hambre vieja con la comida cocinada con petróleo, gasolina, nafta o cualquier otro combustible fósil.

A nosotros, que vivíamos en la zona más céntrica de la ciudad, nos asignaron una balita de gas licuado, cada tres meses, que, combinada con todos los líquidos antes mencionados y fogones innovados para la ocasión, vinieron a aliviar las penurias y los ojos de mi madre, lagrimosos por el humo y el desconsuelo.

De allá para acá muchos recordarán lo que pasó: nuestras casas se llenaron de hornillas, ollas arroceras, reinas, cacharros y cacharras que mucha gente todavía debe en la bodega. La “revolución energética” había llegado.

Mi hermanita, que había salvado el pellejo en el curso de trabajadores sociales, se encaramó en un camión de repartidores de refrigeradores Haier en Bayamo, luego en una pipa de combustible con destino a Manzanillo; y luego pusieron en extinción todos los bombillos incandescentes de la ciudad, sustituyéndolos por bombillos ahorradores, nuevecitos nuevecitos.

Eso hasta el sol de hoy.

Y, al parecer, ese mismo sol, será el que venga a salvarnos ahora.

Solamente en la provincia Granma se planifica instalar unos 25 parques de paneles solares con tecnología china, que sumarán una enorme capacidad de generación a las termoeléctricas y grupos electrógenos de la región.

También ha comenzado una nueva batalla, y con balas de verdad. Ha comenzado la contratación del servicio de gas licuado, las balitas, de manera “liberada”; y por una suma cercana a los 600 pesos cubanos, cualquier jubilado que gane 200 puede hacerse de la suya. Así que la gente vende su cochinito, le pide al sobrino por el IMO, o reza porque no le tumben la estimulación del mes; pero de que la compran la compran.

Sin embargo, la gente no es boba. Paneles solares + gas licuado = ¡apagón! Muchos temen que el país se esté preparando para cuando la teta de “mamá” Venezuela ya no esté (ojalá que no), y el petróleo vuelva a escasear, dejándonos en la misma oscuridad en la que nos descubrió Colón.

Aunque puede ser que no. Puede ser solo paranoia colectiva, y que todo sea que alguien se haya dado cuenta de que todos esos cacharros rojos ya no sirven; y que todo sea que queremos ser el ratón de experimento de los chinos; y que todo sea que vamos a mejorar…

Pero, ¿quién le mete eso en la cabeza a la gente?

A estas alturas la incertidumbre vuelve a golpearnos, como el más terrible de los huracanes, y la gente sigue atenta las noticias sobre Venezuela en Telesur. Y, créanme, son para seguirlas.

Pero, mi gente, todavía las cosas no están como para “fajarnos al machete, y con luz apagada”, como Elpidio. Tengamos fe en que la dirección del país sepa lo que está haciendo (yo la tengo) en cuanto a maneras de generar energía… y que, esta vez, al menos el Sol esté de nuestro lado. Y recemos porque no se nuble el cielo, compay.

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