Los que se van

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Por: Mario Valdés Navia

No voy a hacer historias de la emigración cubana. Eso ya está a montones en el cine y la literatura. Voy a referirme a lo que más pica: la profusa y poco estudiada emigración económica. Para restarle importancia de nada vale que se digan verdades de Perogrullo, como que en todos los países hay gente que emigra en pos de mejores condiciones externas de trabajo, o que existe un complot mundial imperialista para el robo de cerebros. La emigración de trabajadores cubanos hacia cualquier lugar del mundo en pos de mejores salarios –haya, o no, Ley de Ajuste Cubano- me quita el sueño.

La cuestión no puede tomarse a la ligera, y menos darle cierto tono triunfalista que noto en algunas interpretaciones que asumen la diáspora actual de trabajadores cubanos como un tema común a cualquier país del Tercer Mundo y de menos connotación ideológica que el llamado exilio político de las primeras décadas de la Revolución.

Es que Cuba no es cualquier país, sino el símbolo vivo de que un modelo alternativo al capitalista es posible, y el hecho de que miles de trabajadores cubanos se marchen todos los años a entregarse voluntariamente a las fauces de la explotación burguesa da que pensar. No es lo mismo que se vayan los opositores políticos a que, tras medio siglo de resistencia, lo hagan hombres y mujeres de  ideología revolucionaria que solo buscan afuera un ingreso acorde a su trabajo que no encuentran adentro. Vaya, no juega la lista con el billete.

Es cierto que en todos los países hay un balance entre gente que emigra y otros que inmigran, pero en Cuba se van decenas de miles y vienen pocos. En su mayoría, estos últimos son ancianos y ancianas que vendieron lo mejor de su fuerza de trabajo juvenil en mercados externos y ahora vienen a pasar sus últimos años en Cuba para disfrutar del sistema de salud pública cuando más falta les hace, y gastar más rentablemente sus jubilaciones, que allá serían magras y aquí son pequeñas fortunas al lado de las de las de sus coetáneos que se quedaron.

Este menosprecio del estado cubano a la atracción de la inmigración extranjera siempre me ha parecido extraño, pues sus grandes aportes a la historia y la cultura cubanas son reconocidos y muchos de los grandes revolucionarios criollos han sido hijos de inmigrantes (Varela, Martí, Mella, Guiteras, Fidel, Raúl), o lo fueron ellos mismos, como Gómez, Pablo, o el Che. Vaya usted a saber. Es un tema a investigar.

Otra cuestión peculiar es la alta calidad promedio de los emigrados cubanos. Entre ellos son numerosos los jóvenes profesionales, graduados en carreras muy demandadas y es apreciable la alta cantidad de especialistas maduros, doctores, masters y profesores universitarios, cuya formación es altamente costosa en cualquier lugar del mundo. Todos hombres y mujeres saludables, educados, emprendedores, llenos de sueños e ideas creativas que bien podrían ayudar a paliar los problemas de Cuba si pudieran realizar aquí sus proyectos de vida.

Foto: Cubadebate

El tercer aspecto que me preocupa es que el estado cubano parece desentenderse de su emigración. En momentos en que muchos países de la región crean ministerios para atenderla, Cuba realiza pocos esfuerzos por mantener vínculos, atraerlos a regresar, brindarle condiciones excepcionales para invertir sus ahorros, o venir a trabajar en áreas donde sus habilidades son demandadas y, menos aún, darles participación en la vida política y social de su país de origen. Claro que, en esas condiciones, muchos emigrados económicos terminan sintiéndose como exiliados.

No obstante, creo que el mayor problema económico social de la emigración cubana no es a lo externo, sino a lo interno del país. Así, con trabajadores más preocupados por emigrar que por producir en sus correspondientes ocupaciones, difícilmente volverá Cuba al camino del crecimiento económico.