Trump y la fruta madura

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Por: Mario Valdés Navia

En la política norteamericana existen los llamados corolarios que marcan de manera indeleble sus posiciones ante determinados temas y países. Uno de los más antiguos es el de la Fruta Madura, que guía su relación con Cuba. Su autor fue el Secretario de Estado John Quincy Adams, en el lejano 1823, con el objetivo de evitar que España le entregara la codiciada Isla a los ingleses en caso de un conflicto con los EEUU.

La famosa Doctrina Monroe fue inspirada por ella, así como la Joint Resolution, la Enmienda Platt y toda la política hostil hacia la Revolución Cubana, no tanto por socialista como por coronar el ciclo independentista y arrebatarles el control de la Llave del Golfo sin cortapisas.

Por eso no hay tregua con la Isla aunque haya concluido la Guerra Fría, ni recibe el tratamiento comercial concedido a Vietnam y China, enemigos pasados y presentes del Imperio y gobernados por partidos comunistas desde mucho antes que Cuba.

Que un presidente liberal e inteligente como Obama –recuerden el smart power– haya intentado aplicar ese corolario mediante un tibio acercamiento, tras medio siglo de fracasadas políticas de fuerza, no podía ser el camino a seguir por una administración tan disparatada como la actual que, en apenas medio año, ha hecho recordar a Reagan y al pequeño Bush como  estadistas inteligentes.

En estos días asistimos al novedoso Show de los Ataques Sónicos que, aunque parece salido de un filme de ciencia ficción o la saga del Agente 007, ya ha sido pretexto para la expulsión de diplomáticos cubanos y el recorte del personal de la embajada en La Habana. La cosa se complica aceleradamente porque Trump tiene deudas políticas con el nuevo as de la actitud hacia Cuba y América Latina: Marcos Rubio, enemigo jurado de Cuba y Venezuela. Parecería que el invierno se acerca.

No obstante, el pretexto me parece muy débil aún y lo alcanzado en dos años y medio de relaciones difícilmente pueda ser tirado por la borda a pesar de los deseos del presidente histriónico y su nuevo aliado floridano. Sinceramente, no hallo que las licencias concedidas por Obama para autorizar viajes a Cuba, las otorgadas a compañías aéreas y los acuerdos de colaboración entre instituciones gubernamentales, para solo mencionar algunas aristas de las incipientes relaciones, puedan ser  borradas de una trumpada.

Por otra parte, son varios los grupos de presión en los EEUU que también desean un acercamiento con Cuba por fines económicos -agricultores, comerciantes y sus representantes políticos-; sociales; científicos y hasta militares y de seguridad, que debían pesar más en la balanza del State Department que las deudas políticas del mandatario con los halcones de La Florida.

Sin embargo, como Trump ha demostrado con creces, su política interna y externa suele ser dura y agresiva hasta los extremos y hay que estar preparados para lo peor, aunque sea por un asunto baladí como el de estos días.

Al menos esta incertidumbre -que espero sea pasajera- nos debe servir para afianzarnos en el criterio de que lo que haya que hacer para el bien de Cuba tiene que salir, en primer lugar, de transformaciones al interior de la sociedad cubana que incentiven el incremento de la producción y la productividad del trabajo y que garanticen el bienestar de la gente a partir del talento y el aporte de los individuos y los colectivos, sin soñar tanto con el supuesto maná que nos caerá del cielo el día que se termine el bloqueo y los inversionistas extranjeros nos inunden de capitales, mercados y tecnologías de punta.

Si en casi dos siglos de aplicación de La Fruta Madura ningún presidente ha podido tragársela completa -aunque estuvieron a punto-, difícilmente lo haga este nuevo Duce, con sus inciertas trumpadas, en contra de los intereses y aspiraciones mayoritarias del pueblo cubano de ambas orillas, de amplios sectores económicos y políticos de los mismos EEUU y de la casi totalidad de la comunidad internacional.