La comodidad británica

Aquel clásico que aseguraba que para que una vida tuviera sentido había que tener un niño, plantar un árbol y escribir un libro, se ha transformado en los últimos años. Cada día es más común encontrarse gente cuyo objetivo en la vida, esa meta importante que da cierto sentido a la existencia, está en correr un maratón.

Puede ser el maratón de un pueblo o una ciudad cercana, pero también para muchos es correr el de ciudades como Berlín o Nueva York. Yo lo respeto. Me parece más complicado correr un maratón que escribir un libro subido al árbol que uno plantó tiempo atrás, mientras su hijo le tira piedras desde el suelo. Esos 42,195 kilómetros son una enormidad, al menos contando en pasos.

Lo curioso es que esa distancia concreta que todos hoy conocemos no proviene de la que corrió Filípides, que corrió 240 km., el griego en el que se inspira la prueba. Su origen está en la familia real británica y en los Juegos Olímpicos de Londres del año 1908. Buscando la comodidad para la realeza británica se creó la longitud de los maratones.

Los Juegos Olímpicos modernos comenzaron en Atenas en 1896, y entonces ya existía la prueba del maratón. En ese año se corrieron aproximadamente 40 kilómetros y el ganador de la carrera, el griego Spiridon Louis, llegó a la meta en 2 horas, 58 minutos y 50 segundos. No había entonces distancia exacta determinada, y el criterio para el maratón estaba en correr aproximadamente 40 km.

En el año 1900, siguientes Juegos Olímpicos, en París, se corrieron 40,260 km. En la siguiente ocasión, Saint Louis, se ajustó la distancia a 40 km. justos. En 1908 llegó el momento de Londres y fue entonces cuando la corona británica jugó un papel determinante.

El maratón siempre ha sido una prueba muy especial dentro de los juegos, y por ello la carrera de Londres comenzaría junto a una ventana del castillo de Windsor, para que parte de la familia real británica pudiera contemplar cómodamente la salida. Otra parte de la realeza esperaría en la meta. Pero, lógicamente, no iba a esperar en mitad de cualquier sitio, subidos a un estrado. Se diseñó la carrera para que finalizara dentro del estadio de White City, justo delante del palco real, un lugar digno y pensado para alojar las posaderas reales. Aquello suponía una distancia de 42,195 km. No estaba muy lejos de los 40 km. que se tenía como referencia para la carrera, todo sea dicho.

En 1912, en los Juegos Olímpicos de Estocolmo, se corrieron 40,200 km. y en la siguiente ocasión, en 1920, en Amberes, se llegó hasta los 42,750 km. De cara a los juegos de París de 1924, se estableció por fin una distancia fija para el maratón. Fue en 1921 cuando se determinó que los 42,195 km. que se habían corrido en Londres serían la distancia oficial a partir de entonces. Desde los juegos siguientes, en 1924, se debían correr aquellos 42.195 metros entre la salida y la llegada de cualquier maratón.

Y eso porque son 42.195 metros los que separan una ventana del castillo de Windsor, del palco real en White City. Es decir, porque la corona británica tenía que seguir cómodamente la salida y llegada de la carrera en 1908.

Tomado de: Curistoria