La ayuda de la cigarra

Por: Isabel Cristina Lopez Hamze

La gente del pueblo espera “la ayuda” tras el paso del ciclón. Han salido sus fotos en los periódicos y hasta se han tejido leyendas sobre los habitantes del pequeño lugar. Les ha llegado la noticia de que “la ayuda” está cerca y todos aguardan impacientes en los portales sin techo. Algunos imaginan los camiones de postes nuevos, otros, ven llegar cientos de bloques y sacos de arena, otros, enormes bultos con ropas y zapatos y comidas exóticas traídas de algún lejano país.

Entonces llega un camión cargado de personas extrañas, con manos demasiado delgadas y suaves como para levantar paredes. No traen bultos, ni bloques, ni postes nuevos, sin embargo alguien asegura que ha llegado “la ayuda”. Comienzan a bajar del camión con guitarras y muñecos y pelos largos y pintas raras y sonrisas. La mitad del pueblo se alegra y se abalanza sobre los artistas que reconocen de la televisión. La otra mitad los mira con desprecio, se indigna y exige la “verdadera ayuda”.

La mitad del pueblo sabe que también hay que ser valiente para hablar de amor, para defender la belleza y la alegría en medio de tanto desastre. Sabe que la desdicha y la pena, ya están por defecto en nuestras vidas, y que no debemos convertirlas en bandera. La mitad del pueblo entiende que la causa justa no puede ser enarbolar la desgracia, sino reconquistar la esperanza.

No se trata de esconder los descalabros detrás de títeres y canciones, sino de comenzar recuperando la sonrisa, porque la sonrisa no lleva cemento, ni clavos, ni vigas. La sonrisa no necesita del presupuesto del estado para recuperarse, no necesita de préstamos ni subsidios.

La mitad del pueblo sonríe mientras espera por la “otra ayuda”. Desde la otra mitad, de vez en cuando, se cuela alguna sonrisa y algún canto.