Por qué no crece la economía en Cuba

AFP Photo / Yamil Lage

Por: Mario Valdés Navia

Los primeros ecónomos eran esclavos de confianza que llevaban la administración de las casas (eco-nomía) de los ciudadanos griegos; si las cosas iban bien eran premiados, si había problemas los castigaban y si la casa quebraba eran los primeros en ser rematados en el mercado para cubrir las pérdidas. ¡Suerte la de los economistas cubanos que esos tiempos han pasado!

Realmente hay en Cuba una pléyade de economistas brillantes, pero sus trabajos no son determinantes en la toma de decisiones económicas que corresponden a la alta dirección y, como regla, se basan más en factores políticos que económicos. Por tanto, dejemos a los economistas en paz que ellos, en el fondo, ni pintan ni dan color en el manejo de la economía cubana.

Lo cierto es que tras la crisis mundial del 2008, nuestra economía no ha vuelto a crecer por encima del dudoso 4% del 2015, e incluso decreció en 2016 en un 0,9%. Hoy por hoy, la mayoría de los indicadores no ha vuelto a alcanzar los niveles de 1989. Lo peor es que casi nadie habla de eso en público. Ni dirigentes, ni economistas abordan el asunto y el pueblo está tan metido en la sobrevivencia familiar cotidiana que un tema tan complejo tiende a ignorarlo. Mas, si no crecemos no podremos distribuir más y el desarrollo –y con él el socialismo- quedará para las calendas griegas.

Para que crezcan los indicadores económicos hay dos factores imprescindibles: el aumento de la inversión y el de la productividad del trabajo. El primero depende de la atracción de capital extranjero, porque las arcas del estado están exhaustas y en Cuba prima la convicción inexplicable de que el dinero de los nacionales no vale para invertir. Por ello se emiten leyes para fomentar la inversión extranjera, pero ni se piensa en hacer una semejante con aquella que provenga del ahorro interno.

De todos modos -y como yo no pienso en invertir, por razones que no vale la pena explicar ahora- creo que lo más inmediato para el país sería buscar vías para que crezca la productividad. Y ahí entramos en la vieja cuestión de la estimulación al trabajo. A pesar de todos los llamamientos, a la mayoría de los trabajadores cubanos parece que no les gusta la idea de que primero deben trabajar más y mejor y confiar en que, más adelante, en algún momento futuro, se les aumentará el salario al nivel que el estado considere oportuno.

De manera increíble se han concebido “experimentos” en los que se escogen determinadas empresas a las que se les aprueban inversiones modernizadoras y  esquemas salariales que multiplican varias veces el salario y siempre se obtiene como resultado el incremento de la producción y la productividad.

Realmente esas empresas no son experimentales, ellas volvieron a la normalidad. El experimento somos el resto. Los que luego de dos décadas de crecimiento del índice de precios al consumidor y la coexistencia de la doble moneda -con su correlato de TRD y CADECA- hemos sostenido el volumen mayor de la producción y los servicios y, al mismo tiempo, realizamos actividades suplementarias para sostener la imprescindible economía familiar. ¡Felicitémonos porque somos unos verdaderos ecónomos griegos exitosos!

En el plano de la ética, la pasamos peor los que trabajamos en ramas de servicios como educación, cultura y administración pública, a los que dirigentes y periodistas nos recuerdan periódicamente que no creamos valores y el poco dinero que nos pagan sale del fruto del trabajo de los empleados en las ramas productivas.

Realmente esto es una falacia inadmisible. En todo el mundo los servicios de este tipo –y también el pago de los militares, de los científicos y de los burócratas- sale de los impuestos que pagan las empresas, y todos los ciudadanos que tienen ingresos de cualquier tipo, para financiar actividades que se consideran imprescindibles para el bienestar social y que, a la altura del 2017, son gratuitas en muchos países del mundo.

Si no parece ser así en Cuba es porque los impuestos quedan tan solapados en la información económica pública que parece que solo los pagan los TCP, campesinos y artesanos, cuando todos los pagamos, incluso algunos tan disparatados como el viejo impuesto de circulación, de origen estalinista.

Termino sosteniendo que una reforma de salarios y precios que incremente sustancialmente el salario real de los trabajadores según sus resultados productivos, podría influir más en el crecimiento económico de Cuba que unos cuantos cientos de millones invertidos por el capital trasnacional.

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