Semillas viajeras

Por: Isabel Cristina Lopez Hamze

Hay gente que se planta con facilidad, se adhieren al suelo y echan raíces rígidas como garras. Son gente compacta, indivisible, dura, como un frijol. No les importa si es tierra árida o tierra fértil, ellos se enquistan como pólipos en la planicie. Y allí, en lo bajo, se quedan para siempre hasta ser arrancados.

Hay otros que son semillas viajeras, que van volando con las raíces al aire. Se elevan y cambian el rumbo cuando las mueve un viento fuerte. Cuando aterrizan de soslayo se posan en puertos de fe. 

Un frijol no puede amar a una semilla viajera. Un frijol necesita otro frijol para vivir, para crecer sanos y terminar sus días felices en la cazuela como parte de un congrí.

Una semilla viajera solo puede amar a aquello que mueva el viento, que se eleve y flote. Pero a veces las semillas del aire se confunden y se enamoran de frijoles saltarines, esa extraña especie que es de tierra y es de aire. Solo romances cortos puede haber entre viajeras y saltarines. 

Después de un tiempo de amar, las semillas levadizas, condenadas por el viento a la soledad, se desintegran durante el vuelo. Convertidas en cientos de minúsculos hilos siguen su viaje hasta caer en los ojos de algún caminante y rodar por su mejilla envueltas en una finísima lágrima.