El guardián de los campos de Cuba

Foto: René Pérez Massola / Trabajadores

Por: Mario Valdés Navia

Hay seres que vienen al mundo con un sino nefasto, aún cuando sus orígenes hayan sido nobles. Ejemplo de ello es el de la Dichostachys cinerea, más conocida como aroma, o marabú, una de las plantas más importantes de Cuba, al punto que muchos la consideran nuestro verdadero Árbol Nacional.

Dicen que fue traído como ornamento de jardín por una dama colonial, pero pronto escapó del ámbito doméstico, se aplatanó en las sabanas y empezó a molestar con sus espinas a cuanto labriego, o criador, lo veía aparecer en sus tierras. Por eso, durante decenios,  los retoños de marabú terminaban en los jolongos de los campesinos que se preocupaban por quemarlos y enterrarlos bien lejos de los potreros y los campos de cultivo.

Mas, a él también le llegaría su hora de fama. Fue hacia los años sesenta del siglo XX, cuando el interpretar las leyes de la historia como sucedáneas materialistas de la Divina Providencia, hizo que se concibiera a la implantación de la propiedad estatal socialista en el agro como un pase de magia que convertiría al sector nacionalizado en un dechado de virtudes económicas, capaz de superar a las trasnacionales en ramas tan disímiles de la producción como el azúcar de caña, la carne de res, los lácteos y hasta el vino y las fresas. Así, en cada terreno que quedaba arruinado e improductivo -incluyendo los inmensos espacios deforestados innecesariamente para crear nuevos latifundios socialistas- el aroma se extendía como un manto protector.

Ya en el siglo XXI, cuando ocurrió el desmantelamiento de la agroindustria azucarera y miles de hectáreas quedaron a su merced, San Marabú  impidió que los campos del archipiélago se convirtieran en una sucursal del Sahara en medio del Caribe. Desplegaba sus poderes como una de las leguminosas más ricas de la flora mundial, capaz de realizar un intercambio de nutrientes con el terreno que permite conservar y enriquecerlo durante el período en que se encuentre en barbecho bajo la protección del hado. Si no, que lo digan los miles de finqueros que han desmontado en los últimos años sus tupidas maniguas y han vuelto a explotar los terrenos que él conservara más feraces que nunca.

Por estos tiempos emprendedores, carpinteros y carboneros se han encargado  de potenciar aún más sus méritos al emplear su madera para ebanistería fina -a la par de sus aristocráticos congéneres: el cedro y la caoba- y su carbón vino a ser -¡quien lo hubiera dicho!- el primer producto de exportación de Cuba a los EEUU en 56 años.

Es increíble que este árbol milagroso siga siendo vilipendiado por ingratos que debían colmarlo de ofrendas y no dejarse llevar por la propaganda absurda que lo presenta como el causante de los males de la agricultura cubana. A él que ha sido todo resguardo para nuestros suelos y aliciente para esta maltratada economía.