Aromas de septiembre


Por: Manuel Roblejo Proenza

Nunca he considerado irme del país, pero lo he pensado. Es así la cosa, tan humana como lo es existir y respirar aquí: a veces tan feliz, a veces casi te arrepientes. Pero, en el fondo, no me quiero ir.

Y, curiosamente, extrañamente, casi neciamente, una de las cosas que más me dolería, sería no ver cómo le ponen, en una formación apretada de niños bien peinados, la pañoleta roja a mi niña.

Porque es que yo recuerdo…

“Olor a libro nuevo, a libreta y a goma de borrar. A caja de tizas. La maestra, ¿será bonita?; los otros muchachos habrá que mantenerlos a raya. También hay más hembras que varones en el grupo, así que seguramente no me irá tan mal. Y soy el penúltimo en la fila, así que soy el segundo más grande…”

Pero lo de la pañoleta, lo de la pañoleta no se me olvida.

Y es curioso, porque todos los años es lo mismo, y a todo el mundo se la ponen. No es como ganar un concurso, o una carrera. No es la ceremonia pueril que implica un aplauso en el matutino, cuando te portas bien. Sin embargo, uno siente un orgullo extraño, una complacencia centenaria, una felicidad limpísima.

Uno siente que llegó a algún lugar, y que allí pertenece. Uno se siente, jabita en mano, igual al niño de la lunchera.

Por eso espero que mis dudas, mis temores, mis arrepentimientos, se borren nuevamente con estos aromas de septiembre; y que el año que viene esté yo, envuelto en canas y en llanto, amarrando ese cordón de esperanza roja en el cuello de mi niña ilusionada.