Las entrañas del monstruo


Por: Harold Cárdenas Lema

El día que Trump ganó las elecciones decidí irme a estudiar al extranjero. No había que ser muy avispado para predecir las consecuencias internas que tendría un incremento de la retórica hostil estadounidense. En realidad Cuba ya venía cambiando. La convocatoria a la crítica y el cambio de mentalidad se apagaba mientras surgían otras prioridades, el “buscarse problemas” ya estaba pasando de moda. La normalización de relaciones fascinaba y (aún) sentíamos que promover una relación de respeto entre ambas naciones era un acto patriótico indiscutible, hasta que Obama puso un pie en la Habana. El efecto de su visita, la presión de sectores insatisfechos con el acercamiento a Estados Unidos, el contexto económico desalentador y el inminente relevo generacional al frente de la Revolución, fueron lo necesario para que arraigara la incertidumbre. Cuando hay más miedo que dinero, más desvelos que soluciones, Cuba se contrae y comienzan los excesos. No era difícil imaginar quiénes pondrían los daños colaterales y apliqué a varias universidades en el extranjero.

Quizás Europa o América Latina sean alternativas para quien busca abstracción académica y tomar distancia de Cuba, no es lo que buscaba. Pronto supe que debía ir a los Estados Unidos y deseché las demás opciones. Pese a los revolucionarios cubanos que estudiaron allá en el pasado y los que hoy lo hacen con discreción, sigue existiendo un prejuicio al respecto. Pero el costo político que implica estudiar allí es menor dejar de ser útil. Después de siete años escribiendo sobre los problemas internos, es hora de centrarse en el otro obstáculo principal de Cuba: el bloqueo. Los estudios serán el centro de mi estancia, pero denunciar el acoso a nuestro país provoca el mismo orgullo que escribir una crítica en la Habana. No se me escapa la situación particular que vive quien se aleja por un período de tiempo de su tierra, la dificultad que esto puede significar para analizar objetivamente fenómenos internos, o las dudas que esto genera sobre la legitimidad de una crítica que se hace desde la Universidad de Columbia.

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Cuando esté en Cuba criticaré lo que deba ser criticado, cuando esté en Nueva York defenderé lo que merece ser protegido. No es una receta para otros, sino una decisión personal.

A los 24 años comencé un doctorado en Santa Clara que avanzaba exitosamente hasta que comenzó la investigación para la tesis y ocurrió un accidente fatal para mi profesión académica de entonces: creamos La Joven Cuba. La militancia en este blog inundó todos los aspectos de nuestras vidas en los años siguientes, pero ya necesito regresar a la academia. Estudiar más y escribir menos, para hacerlo mejor. Le debo esta posibilidad a los estudiantes que conocí hace un año cuando impartí una conferencia aquí y me sugirieron la posibilidad, a profesores en ambos países que ayudaron en el proceso de aplicación, y a los amigos que no se dejan intimidar incluso cuando la crítica revolucionaria no está de moda. Siento decepcionar a los que desearían una beca de otro tipo, los que sueñan que algún día reniegue de las ideas que defiendo y la manera que lo hago, los que necesitan que me subordine a una fuerza superior, cualquiera que esta sea.

Después de dos décadas dentro del sistema educacional cubano, mañana no faltarán los que sugieran que solo dos años en el extranjero borran eso de un plumazo, son los que hablan de confianza en la juventud y actúan de otra forma. Los próximos dos años aquí tampoco serán un paseo, desde mañana debo trabajar para pagar mis estudios y las condiciones materiales no son ideales, pero quien quiera combatir el bloqueo y respete el marco institucional vigente en la isla, que cuente conmigo. Nunca me preocupó ser crítico de lo reprochable cuando estaba en la isla, menos me preocupa ahora decir en Nueva York que soy socialista y defiendo la Revolución.  Como no creo en simplificaciones sé que este país es un monstruo de virtudes y defectos, con personas valiosas y dañinas, como el mío. No podemos imitar acá la ceguera de los que nos critican cuando llegan allá.

Al terminar regresaré a Cuba. Ahora llegué a Nueva York con tres camisas y el libro del Che que me regalara un gran revolucionario cubano. Las próximas semanas estaré centrado en el regreso a una academia de la que salí prematuramente. Ingresé a esta universidad por el esfuerzo colectivo de muchas personas, en ella estudiaron Howard Zinn y Gonzalo de Quesada, en ella he encontrado varios amigos de Cuba. Por lo pronto, arribé a Estados Unidos como Martí en la metrópoli española o Mariátegui en Europa, a estudiar en sus entrañas. Y parafraseando a Luis Alberto García: “vengan a por mí los talibanes de todas las denominaciones, estoy listo”.

Para contactar al autor: haroldcardenaslema@gmail.com