Un poquito de verdad


Por: Arnaldo Mirabal

Escuché el chiste en el estelar programa Vivir del cuento y no me dio risa; esforcé una mueca y mis sentidos dejaron de percibir las peripecias de Pánfilo y sus vecinos cuando Facundo Correcto aseguró que ya no sería una persona confiable desde el instante en que expresara solo la verdad. Sentí entonces una sacudida potente. Esa que propinan las verdades de sopetón.

Enseguida pensé que aprendemos a mentir desde niños, que la verdad no siempre premia y que la simulación sí. Entendí que los simuladores crecen como las plantas parásitas y constriñen las esencias verdaderas de una nación que aspira a ser un conglomerado de hombres y mujeres de bien.

Si lanzamos una ojeada a nuestra historia y hurgamos un poco en las ideas y preceptos de nuestros padres fundadores, notaremos que siempre empuñaron la verdad como bandera, y la vergüenza como escudo.

Pero la simulación, ese canto disonante de la no verdad pudiera adueñarse del sistema nervioso de nuestra nación, oprimiendo cada ímpetu, cada célula. Entonces, emergen los que prefieren decir lo que otros desean escuchar, quienes edulcoran nuestra realidad, o la silencian. Vale decir, desde mi humilde opinión, que omitir un hecho, silenciarlo, es una de las formas más fragantes con que se arropa la mentira.

Pensando en Fidel, me viene a la mente aquellos años que no viví de la Zafra de los 70, cuando el estadista de talla colosal que fue dio la cara y el pecho a su pueblo para anunciarles que la hazaña de millones de cubanos no se coronaría con el éxito por innumerables factores; o cuando Cuba se ensombreció toda al conocerse los detalles del narcotráfico en el que se implicaron altos oficiales del Minint y la FAR. La verdad resultó la armadura imprescindible para conservar el alma límpida del país.

Por tal motivo me pregunto siempre en qué momento la falsedad cobró fuerza entre nosotros hasta robustecerse y querer adueñarse de nuestro futuro. Y no se trata de alarmismo, más bien de la realidad nuestra de cada día.

Muchos preferimos obviar lo obvio, callar nuestros defectos, silenciar las manchas por el qué dirán, asumir la postura de los tres monos místicos: nada oigo, nada digo, nada escucho, y afuera la sociedad bulle en contradicciones, la burocracia se traga las ansias de mucha gente, y hasta las buenas acciones, tan necesarias, dejan de ser contadas o se omiten.

“No darles armas al enemigo” se ha convertido en el pretexto de muchos para hacer mutis y no transparentar las deficiencias propias. Para que en muchas asambleas se vaya por las ramas temiéndole al tronco del problema; para que se haga habitual la perjudicial frase de: ¿para qué plantear el problema?; y es entonces cuando aprovecha el oportuno, u oportunista Plangoss, aquel personaje del Cándido de Voltaire que tanto pulula por ahí, para asegurar que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y en el cónclave todos se miran azorados, escuchándole disfrazar el entorno y sus matices mientras callamos convirtiéndonos en cómplices de la mentira.

El día que la verdad sea nuestro alfa y omega, que desterremos el disimulo, a la gente le costará mucho más mentir, y hasta nuestra maltrecha economía enrumbará con mayor eficiencia. Nadie lo dude, la corrupción prevalece donde la autenticidad se escurre y la mentira prolifera.

Y entonces uno quisiera, por un segundo, que el famoso experimento del café de Pánfilo desnudara la doblez moral de muchos, el arribismo de tantos, el disimulo de no pocos, para que nuestra Isla se sacuda de tanta breña, y navegue en pos de sí misma con la verdad como único destino.

Tomado de: Revolucion