La mano abierta

Por René Fidel González García

Acabo de leer “El debate abierto y la mano cerrada“, de Iroel Sánchez, que me parece una temprana reacción a los enfrentamientos de ideas y argumentos, también de opiniones, ocurridos la semana pasada en el blog Segunda Cita del cantautor cubano Silvio Rodríguez.

Creo que también es posible que su artículo sea, por encima de esa percepción inmediata, esencialmente, una auténtica reflexión de quien se siente y participa a su manera, y como el que más, en las urgencias y utilidad que tiene el pensamiento crítico para la sociedad cubana, y que abiertamente asume un lugar en la complejidad y amplitud del debate que en Cuba se produce dentro de la sólida parte de la esfera pública que es ya nuestra blogosfera, y donde, como sabemos, se ventila también, por lo menos discursivamente, un fragmento de la pugna entre el Socialismo y las ideologías, alternativas y paradigmas que se le oponen.

Acoto la relativa importancia de la faceta discursiva y mediática de esa pugna porque más allá de su utilidad, formas, estridencia y probable incidencia en la sociedad cubana y sus actores sociales y políticos, en mi opinión los avances y retrocesos, los logros de las ideas que se disputan – a veces en un confuso y antitético amasijo teórico, simbólico y práctico – se verifican realmente en las consecuencias de las dinámicas de cambio social y económico que experimentan los cubanos y cubanas hoy, y en las diferentes maneras de percibir, entender y orientar sus proyectos de vida dentro de ellas. Nada resultará indiferente a dichas dinámicas, actuando como lo hacen en las subjetividades, los valores y las prácticas cotidianas.

Todo esto reivindica, una vez más, la importancia entre nosotros del ejercicio de la política desde la lucidez y la ética de principios hasta convertirla en un patrimonio cultural popular, porque en última instancia, son fundamentalmente tales dinámicas, sean o no resultados intencionales, indeseados, o perversos de las decisiones que se tomen racionalmente por los políticos cubanos, las que permitirán a largo plazo la expansión y reproducción o no, o el predominio político de unas ideas sobre otras. De ellas, junto a las influencias y determinaciones de una poderosa hegemonía cultural capitalista gestada globalmente como un instrumento para la amnesia y banalización del pensamiento, proviene un tremendo y verdadero desafío para que prevalezca en nuestra larga transición socialista el socialismo.

Creo que es precisamente en esa lucidez y ética de principios en la que descansa buena parte de la crítica que hemos dirigido – en algunos casos como llamados personales – muchos de nosotros a los compañeros que en los últimos meses en diversos artículos y medios han posicionado algunas de sus preocupaciones y posturas ideológicas.

La mayoría de esos pronunciamientos no alcanzan a convertirse siquiera en una polémica entre revolucionarios, como podrían efectivamente ser, pero tampoco se enzarzan real y eficazmente con aquellos que le adversan desde posiciones ideológicas distintas, en ese caso, por lo menos por dos razones de fondo: 1) la incapacidad para examinar, sistematizar y refutar las ideas y argumentos que son desplegados por sus adversarios 2) la endeblez argumentativa y teórica de las tesis que sustentan, útiles ciertamente para la invención de un ¨otro político¨ a través de la formulación de una hipótesis ambigua, tendenciosa y de uso – se quiera o no – excluyente, pero absolutamente deficientes para convencer, unir y vertebrar políticamente el ¨nosotros¨ que en nuestro caso aún reúne el Socialismo como proyecto de emancipación humana, pensado también para evitar, como exigiera Carlos Marx, la postración supersticiosa ante la autoridad.

Si la primera cuestión que señalo puede provenir de los límites que les imponen la capacidad y los recursos que les aporta sus propias experiencias vitales, la segunda tiene la extraña y nefasta virtud de disociar la unidad a partir de la sospecha y la desconfianza, y lo que es aún peor, de otorgar reconocimiento político a algo que no existe, ni es viable, en términos de organización, mucho menos de proyecto político. No se trata entonces de que algunos puedan ser acusados de dogmatismo e intolerancia injustificadamente, tampoco de simplificar y subestimar la importancia, alcances y propósitos de los proyectos subversivos que en nuestro país se ensayan, a costa también de nuestras propias contradicciones, deformaciones e insuficiencias.

Lo que se advierte es, por el contrario, que cada vez que en un segmento de nuestra historia el dogmatismo y la intolerancia han encontrado acomodo y cobija suficiente en nuestras prácticas políticas, la arbitrariedad y el despotismo, el irrespeto al otro y el oportunismo, la soberbia y el abuso de autoridad han florecido con su zaga de atropellos y de defraudación del ideal y la concreción de justicia que alzaron y sostuvieron hasta hoy a la Revolución y la forma de gobierno republicana en Cuba como proyecto de las mayorías.

En los últimos meses he sido testigo, si no bastara con mi experiencia personal, de la forma bochornosa y ruin con que se ha apartado, difamado e intentado oscurecer a Julio Antonio Fernández Estrada, con esos mismos rótulos que ahora se aclara casi magnánimamente fueron adjudicados solo a algunos, y cuya integridad, civismo y dignidad es aun hoy, a pesar de todo ello, un referente de lo que debe ser un profesor universitario, su culpa es lo contrario de la simulación y el oportunismo y se puede resumir: la conducta revolucionaria; también del silencio y la paralización, a tenor del grotesco sambenito de la subversión, de instituciones y de funcionarios que debieron velar por la legalidad ante violaciones muy evidentes, y del increíble absurdo de leer a contrarrevolucionarios defendiendo la preeminencia de Constitución del socialismo cubano al mismo tiempo que otros le ignoraban y soslayaban en una pretendida defensa de la Revolución.

Uno de nuestros maestros, sensible y lúcido, del que mi abuela que le trató cuando él era muy joven, me dijo siendo yo un niño que era la persona de mejores sentimientos que había conocido en su larga vida, nos dejó diez rasgos que pueden ayudar a identificar y apreciar el dogmatismo y sus manifestaciones entre nosotros, también la responsabilidad que tenemos todos en su reproducción y el daño que ocasione:

1) La pretensión de poseer todas las preguntas permitidas y todas las respuestas infalibles, que tiene un fundamento extra intelectual y es funesta para la política revolucionaria.

2) Servir de fundamento a la legitimación de lo existente y la obediencia a su orden, con lo que se fomenta el inmovilismo y actitudes individuales perjudiciales.

3)Privar de capacidad para enfrentar los problemas, y mucho menos para buscar sus fundamentos y sus raíces y plantearlos bien.

4) Ser inútil, entonces, dentro del mundo del pensamiento, pero crear confusión o resignación con su soberbia y su capacidad de neutralizar o atacar lo que es útil

5) Ser ajeno y opuesto a la actitud y el contenido del pensamiento revolucionario, y, sin embargo, erigirse en su supuesto defensor y representante

6) Atribuir corrección o maldad a todo pensamiento. Fijar posiciones incuestionables respecto a lo que existe, lo que se debe comunicar, investigar, debatir o estudiar, y orientar las opiniones generales que deben sostenerse en la política, la economía, la educación, la divulgación, la historia y la apreciación de las artes.

7) Sustituir los exámenes, los debates y los juicios sobre las materias que considera sensibles por la atribución arbitraria y fija de denominaciones y valoraciones sobre ellas, o de lugares comunes que las dejan fuera del campo del conocimiento.

8) Satanizar y tratar de prohibir el conocimiento o la simple información de todo lo que considere perjudicial o maligno, que suele ser todo lo que no califique de bueno. Esto se complementa con la acusación a compañeros de estar influidos o «desviados» por aquellas posiciones perversas y erróneas, imputación que puede ser abierta o tortuosa, como cuando se les «reconoce» que quizás no se desvían intencionalmente, pero se desvían.

9) Conspirar, por consiguiente, contra la ampliación y profundización del socialismo, y favorecer la permanencia de las relaciones sociales y la moral de la sociedad que queremos abolir y superar.

10) Desarmarnos frente a las reformulaciones de la hegemonía cultural del capitalismo, a la cual ignora o desprecia, y fomentar situaciones y conductas esquizofrénicas, en las que se abomina el capitalismo y se consumen sus productos espirituales.

Es preciso cerrar la mano, es cierto, al dinero del enemigo, pero también a la soberbia, pero hay que abrirla a la coherencia y la audacia de la decencia, porque es la única forma de hacer este sueño con nuestras propias manos y sin permiso.

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