Cuba al rescate

El sitio ESPN publica un arículo que aborda el tema de los peloteros cubanos varados en República Dominicana y que según sus investigaciones suman un total de 349 peloteros desde el 2014 hasta la fecha.

Algunos de estos peloteros son prácticamente secuestrados y luego los que logren firmar con algún equipo de Grandes Ligas –una ínfima parte- deben pagar a los contrabandistas cerca del 30 % de su contrato y en algunos casos más que eso. Los que no, quedan a su suerte, esperando alguna oportunidad mientras se devalúan a medida que pasa el tiempo.

¿Cuál debe ser la respuesta de Cuba a eso? En el artículo se describen los métodos que utilizan los contrabandistas para engañar y sacar de Cuba a los peloteros cubanos, en su gran mayoría muy jóvenes.

¿Si se permite regresar a los médicos que abandonan una misión en el extranjero, por qué no permitir regresar a los peloteros cubanos que están en esa situación? Debo precisar. No hablo de permitir que regresen como efectivamente han hecho algunos sino hacer un llamado público a que lo hagan y se incorporen a sus equipos a la Serie Nacional.

No estamos hablando de malas personas, sino de jóvenes que debido a las leyes norteamericanas ven esa vía como la única forma de cumplir su sueño de jugar en Grandes Ligas.

A Cuba llegan las noticias de los grandes contratos, de los millones, pero este tipo de noticia se oculta. Nadie mejor que los propios protagonistas para contar a los demás sus malas experiencias y la de sus compañeros.

Como país denunciamos esta situación provocada por las inhumanas leyes del bloqueo. Demostremos entonces que somos mejores que ellos, rescatando a esos muchachos que solo aspiran a jugar pelota y si se lo permitimos representar a su país.

Les dejamos el artículo de ESPN.

Los Prospectos Perdidos de Cuba

Cientos de jugadores de béisbol han salido de Cuba en los pasados tres años, solo para encontrarse atrapados por un sueño.

Por: Por Scott Eden

Esta historia aparece en la edición de Béisbol Experience de ESPN The Magazine del 26 de junio.

En la tarde del 28 de abril de 2014, Lerys Aguilera salió de su casa en Holguin, capital provinciana del oriente cubano. No se había alejado mucho de su casa cuando sintió una mano en el hombro. Se volteó y vio a un hombre joven, desconocido, que aparentaba no ser mayor de 35 años. En Holguin, Lerys Aguilera era famoso. Durante 11 temporadas jugó primera base y era cuarto bate para los Sabuesos de Holguin, uno de los 16 equipos de la Serie Nacional, las grandes ligas de Cuba. Mide 6 pies, 1 pulgada (1,86m) y pesa casi 300 libras (136 kg); era un slugger, un jonronero natural, con un promedio de bateo de por vida de .270. El hombre que tocó su hombro sabía todo esto y así se lo hizo saber. Conocía también otros aspectos de la biografía de Aguilera: por ejemplo, que el pelotero se había enamorado de una dominicana que había ido a Cuba a estudiar medicina, que habían contraído matrimonio y, que no hace mucho tiempo, la visa de su esposa se había vencido, por lo cual ella debió volver a su país de origen.

El hombre fue parco en su sugerencia: Déjanos llevarte a República Dominicana gratis. Te reúnes con tu esposa, te ayudamos a buscar una carrera en el béisbol en Estados Unidos. Aguilera ya había investigado formas de llegar legalmente a República Dominicana por sus propios medios. No obstante, los gastos de una visa dominicana más el pasaje de avión estaban lejos de su presupuesto, con un costo muy superior a lo que podía costear con su dieta anual, pagada por el gobierno, como pelotero cubano. Si Aguilera deseaba tomar esta oportunidad, le dijo el hombre, debía esperar fuera de su puerta, exactamente a las 3 de la tarde, en dos días a partir de hoy. El hombre lo estaría esperando.

Aguilera no pudo dormir por dos noches seguidas. Oró durante ese par de noches. A la hora estipulada, se levantó de la mesa de su cocina y, sin decirle nada a su familia (ni a su padre, madre, hermano o abuela) salió de la casa y se metió en una van. No tenía idea del sitio a dónde lo iban a llevar; no tenía idea de quienes se trataban. Sus guías prácticamente no le dieron información. Él entendió entonces lo que pasaba y se le hizo un nudo en la garganta. Comprendió que ya no estaba en control de la situación. Se había puesto totalmente a la merced de una banda de contrabandistas.

Luego de un viaje por seis horas en carretera a una explanada remota y ventosa, luego de estar a la merced de las olas en medio de la noche en un pequeño bote pesquero de fibra de vidrio de motor doble operado por dos haitianos cuyas cabezas estaban rodeadas de algas, luego de un viaje de 18 horas en altamar al pueblo de Cap-Haitien en la costa norte de Haití, luego de un movido periplo en una camioneta en caminos de tierra en medio de cañaverales, luego de serpentear la boca del rio Massacre en un dinghy conducido por un hombre, luego de un viaje en autobús y una escala y otro viaje en auto por horas, luego de ser puesto a dormir en un hostal en el pueblito de Cotuí en el interior quisqueyano… Después de todo eso, Aguilera no pudo reunirse inmediatamente con su esposa. Era difícil poder entender qué estaba pasando; no contaba con un teléfono propio. Pasó casi una semana antes que pudiese ver a su cónyuge (vivía en un pueblo a una hora de distancia), pero la reunión fue dulce. “Fue casi un abrazo sin fin”, dice ahora Aguilera.

No podía sospecharlo en ese momento, pero Aguilera pagaría un alto precio por ese abrazo. Se había unido a la diáspora del béisbol cubano, una tribu perdida de prospectos del béisbol que cada día crece más y se muestra más desesperada.

Darys Bartolomé salió de Cuba en 2015 en búsqueda de riquezas. Pero hoy, con residencia en República Dominicana, dice que todavía no las ha encontrado. Lisette Poole para ESPN

Darys Bartolomé abandonó Cuba el 28 de enero de 2015, en un vuelo comercial con destino a Puerto Príncipe. Un primera base, titular por ocho años con los Alfareros de Camaguey, ya había visto a docenas de sus amigos peloteros dejar Cuba y firmar con equipos de Grandes Ligas. Su boleto de avión fue costeado por un hombre en la República Dominicana cuyo nombre Bartolomé teme decir. Un poco más de un año después de haber volado, Bartolomé, sin firmar y abandonado por sus inversionistas, vivía en una aldea rural, sin dinero y postrado en una cama. Padecía la fiebre síntoma del dengue.

Jorge Hernández, lanzador del Cienfuegos y ex compañero en la Serie Nacional de Yasiel Puig y José Abreu, dejó Cuba mediante un vuelo comercial en 2014 y dice que fue prácticamente secuestrado en una camioneta llena de hombres no mucho después de haber llegado a la República Dominicana. Hubo una persecución de autos por las calles de San Francisco de Macorís, con intercambio de disparos. Un grupo de contrabandistas rurales, Hernández entendió poco después, había enviado a los secuestradores a raptarlo.

Pavel Quesada, otro miembro del Cienfuegos, pasó meses en República Dominicana haciendo tryouts para equipos de las Mayores; sus agentes le dijeron que no había interesados. Desesperado por la oportunidad de poder jugar donde fuese, se hizo ser llevado por contrabando a Venezuela. Allí, entre disturbios y escasez de alimentos, iba a probar suerte en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional.

Lisban Correa, de los famosos Industriales de La Habana, fue sacado de Cuba por avión en ruta a Haiti en julio de 2015. Durante el transcurso de los años, fue contactado en varias ocasiones. Los contrabandistas le dijeron: Los Rockies de Colorado ya tienen un contrato para tí. ¡Nos enviaron acá para sacarte! Los contrabandistas le dijeron: Cuando llegues a República Dominicana, tendrás $2 millones, $4 millones, $6 millones. No obstante, cuando llegó a Puerto Príncipe, su inversionista había desistido. Estaba atascado en Haití, convertido prácticamente en alguien sin patria.

Yandy Suárez fue sacado por bote de Cuba con destino a República Dominicana en 2016. Con apenas 20 años en ese entonces, el lanzador había jugado por dos campañas en la Serie Nacional para el equipo de su ciudad, los Tigres de Ciego de Ávila. Los contrabandistas le dijeron que tenían su propia academia de béisbol privada. “Mintieron”, dice Suárez. Sólo había un grupo de cinco otros cubanos metidos en el mismo hotel. Guardias de seguridad armados escoltaban al grupo a todo momento. ¿Estos guardias estaban destinados a proteger a los peloteros o a evitar su escape? “Probablemente, a hacer ambas cosas”, comenta.

Joaquin Barruos, entrenador y auspiciador de Lerys Aguilera, dice que los jugadores — incluyendo a su hijo Ryan (al frente) — necesitan pensar en el béisbol día y noche. Lisette Poole para ESPN

Todos estos forman parte de un éxodo de atletas sin precedentes de Cuba: desde 2014, cerca de 349 peloteros han emigrado de la isla. Si no lo han escuchado, se debe a que esa es la intención: se convierten, intencionalmente, en invisibles y se hacen impotentes ante su realidad.

En abril de 2016, un joven periodista cubano y fanático del béisbol llamado Francis Romero dejó su isla natal por razones muy similares a las de los peloteros de los cuales escribe. “Quería llegar al próximo nivel”, afirma. En otras palabras, quería escribir de béisbol libre de las restricciones que el gobierno cubano impone sobre los periodistas. Ahora con 30 años, Romero ha convertido el monitorear la migración de peloteros cubanos en la misión de su vida. Ese número (349 emigrados en más de tres años) es producto de su investigación. Hubo 54 deserciones en 2014; una explosión muy comprobable se produjo en 2015, con 184 peloteros, y más de 100 desde entonces. Casi 10 peloteros por mes vuelan de la isla. Más peloteros han dejado Cuba desde 2014 que en los otros años combinados en los cuales la isla ha estado bajo los designios de Fidel y Raúl Castro, o sea, más de medio siglo.

Puede parecer lógico pensar que esta migración en masa se desató debido al mejoramiento de las relaciones diplomáticas que se produjo entre Cuba y la administración conducida por Barack Obama, anunciado en 2014. Pero no es así. El embargo comercial que Estados Unidos impone sobre Cuba, que sigue intacto y sólo puede ser abolido por un acto legislativo del Congreso norteamericano, aún hace imposible que los equipos de Grandes Ligas firmen contratos con peloteros cubanos que permanezcan en residencia en ese país.

Por el contrario, este éxodo puede explicarse mejor debido a los ciclos económicos que sufre la industria del béisbol. Entre los scouts y ejecutivos de las Mayores, es denominado “el mercado cubano”, y desde 2009 ese mercado ha sufrido un boom. Un grupo de virtuosos beisbolistas cubanos (Aroldis Chapman, Yoenis Céspedes, Puig, Abreu) han obtenido contratos multimillonarios y cada vez más jugosos. Con la excepción de Chapman, todos fueron sacados de Cuba mediante contrabando. Y todos esos contratos (muchos cubanos han firmado pactos millonarios) han enriquecido a estos contrabandistas. La laguna legal que explotan es bien conocida: al “establecer residencia” en un país distinto a Canadá o Estados Unidos y sus territorios, los peloteros no necesitan pasar por el draft de Grandes Ligas y pueden convertirse en agentes libres. Haciendo un repaso de las contrataciones en el mercado cubano desde 2009, vemos pagos a dichos peloteros que totalizan aproximadamente $800 millones. La tarifa promedio en la industria para aquellos que ayudan a la firma de estos cubanos como agentes libres es del 30 por ciento del valor total del primer contrato profesional del jugador. En teoría, entonces, estas redes de tráfico han producido más de $240 millones.

Por ende, ha florecido una industria totalmente clandestina. Comprende una confederación suelta y que se pisotea mutuamente, llena de especialistas: operadores que contactan peloteros en Cuba y los convencen de dejar la isla, los lancheros, o capitanes de botes, que sacan a los peloteros de la isla; los gestores que obtienen papeles de residencia de forma “expedita” para estos peloteros en países subdesarrollados; los intermediarios, árbitros del mercado cubano, que compran y venden pero no retienen a los peloteros; los manejadores que lidian el cuidado y alimentación diaria de estos peloteros una vez que han abandonado Cuba; los entrenadores de estos peloteros, que los preparan para mostrar sus talentos a equipos de Grandes Ligas; los agentes que negocian con gerentes de equipos; y los inversionistas que efectivamente financian todo esto, llevándose una gran tajada de la acción.

Aún así, cada boom siembra las semillas de su propia destrucción y, al igual que ocurrió con la industria de las hipotecas basura en Estados Unidos en 2009, el mercado cubano está en una especie de crisis. Se ha sacado de Cuba a demasiados peloteros con talento medio y, en República Dominica y el Sur de la Florida hoy, los cubanos sin firmar forman un grupo tan numeroso que ya son una especie de asociación discreta, similar a una comunidad de refugiados.

El modelo de negocios que produjo esta situación es muy similar al sistema de estudios de Hollywood: un pelotero “taquillero” como Yusniel Díaz, que dejó Cuba en 2015 y firmó con los Dodgers por $15.5 millones, cubre a plenitud el costo de una docena de prospectos fallidos, creando incentivos para producir la deserción de la mayor cantidad de peloteros posible, y esto incrementa la posibilidad de tener un ganador entre ellos. Por ende, los operadores van a Cuba con sus intentos agresivos de seducción. ” Te venden un sueño”, dice un pelotero cubano. Un agente veterano agrega: “No es justo para los cubanos, porque te venden el cielo y las estrellas. Al final, los peloteros son víctimas”.

Cuando se le pregunta a un experto entrenador dominicano si todas estas circunstancias podrían desalentar a los contrabandistas de seguir sacando talento fresco de la Mayor de las Antillas, se ríe. “Si pudieran”, dice, “los sacarían a todos … y dejarían los estadios de Cuba vacíos”.

“Cada día mi deseo de volver a Cuba crece más y más”, dijo Lerys Aguilera, quien lleva tres años en República Dominicana. Lisette Poole para ESPN

La foto en el perfil de Lerys Aguilera en Facebook lo muestra en su uniforme verde y blanco de los Sabuesos de Holguin, apuntando ambos índices al cielo luego de cruzar el home y soltar el jonrón número 100 de su carrera en Cuba. La red social es usada ampliamente por la diáspora de peloteros cubanos. Cuando contacté a Aguilera en diciembre por medio de Facebook, acordó reunirse conmigo. En ese momento, aún no había firmado luego de tres años en Dominicana, un indicador altamente negativo. De acuerdo a los muchos peloteros, scouts y agentes que entrevisté para esta nota, la vida de un pelotero en “exhibición”, una vez expuesto en el mercado abierto, es de ocho meses, tras lo cual su valor decae fuertemente hacia la nada.

Aún así, Aguilera no estaba dispuesto a rendirse. Cristiano evangélico, se apoyaba fuertemente en su religión. Asistía a los servicios religiosos casi a diario en una pequeña iglesia llamada Fuente de Salvación, a pocos pasos de su apartamento. Su edificio de apartamentos estaba ocupado mayormente por inmigrantes haitianos. El moho caía desde el techo a las paredes. Subsistía gracias a la caridad de un nuevo inversionista que quería ayudar al pelotero hacer un último intento, pero sus fondos eran limitados. Aguilera entrenaba a diario con un puñado de adolescentes dominicanos en un campo lleno de basura y árboles al lado de una autopista principal de cuatro carriles. No era un parque público, sólo un campo lleno de árboles. Bloquearon una porción de la calzada más cercana con pequeños conos naranja y se tomaban turnos empujando una llanta gigante de tractor por el pavimento inclinado.

Aguilera hablaba con frecuencia de su esposa, la estudiante de medicina por la cual voló a Cuba. Habían roto su relación pero no se habían divorciado aún, por lo cual, esperaba que pudieran reconciliarse pronto; decía que trabajaba a tal fin. Se habían conocido casi 10 años antes. Recordaba el momento exacto. Y también lo hacía su esposa, la doctora Mercedes Valdez, ahora médico general en su ciudad en Quisqueya. Aficionada al béisbol desde niña, ella y un grupo de sus amigos estudiantes de medicina entraron al Estadio Calixto García Iñiguez, casa de los Sabuesos de Holguín, para ver una práctica en noviembre de 2007. “El minuto que lo ví”, dice Valdez, “dije “¡No. 17, ese es mío!”. Al terminar la práctica, Aguilera se acercó al grupo. “Empecé a coquetear con él”, dice. “Le dije: eres mi pelotero favorito”. (En las palabras de Aguilera: “Fue amor a primera vista”). Se casaron en 2012. A Valdez le hubiese gustado permanecer en Cuba, dice. Cree que seguirían juntos si eso hubiese pasado. “Tuvimos problemas, como todo matrimonio, pero siempre los resolvíamos juntos”, dice ella. “Cuando llegó aquí, él cambió mucho”.

Los contrabandistas de Aguilera lo sacaron a través de la nueva ruta estándar para el tráfico de peloteros cubanos. En años previos, estas bandas habían movido sus rutas al este, lejos de México, hacia La Española, la isla que Haití y República Dominicana comparten.

Esto tiene sentido. La ruta por México implicaba tener que lidiar con los Zetas, el cartel criminal y ultra violento. Además, el oriente cubano queda a 60 millas de la costa occidental de Haití, una nación con leyes de residencia cuyo cumplimiento es muy laxo. Aparte, República Dominicana cuenta con una infraestructura de béisbol próspera, ya que las 30 franquicias de las Grandes Ligas cuentan con academias allí. Sobra decirlo: el negocio de contrabando de cubanos ha encajado de forma muy natural con la industria del béisbol en Quisqueya, con una historia propia bastante oscura. Esta industria está basada en los llamados buscones, los operadores y entrenadores de academias privadas que desarrollan prospectos en el país.

Luego de cruzar la frontera entre Haití y la República Dominicana, Aguilera fue entregado directamente a las manos de dos hombres que conoció como Brito y Ernesto. Todo indica que eran sus inversionistas y manejadores. Lo alojaron en un pequeño hotel en el pueblo de Cotuí. Le dieron dinero para sus gastos. Cada día de lunes a viernes, Aguilera y otros peloteros cubanos recién llegados entrenaban en un diamante a millas del pueblo, en una zona rural. De acuerdo a lo indicado por Aguilera, vivía de nuevo en un lugar en el cual se le daba poca información. Si bien eran amistosos y hospitalarios, Brito y Ernesto no le decían nada.

Un buen día, un hombre llamado Rudy Santín apareció en Cotuí. Con 25 años en su haber como cazatalentos con los Yankees y Devil Rays, Santín era uno de los buscones mejor conectados en República Dominicana y contaba con una larga historia en el mercado cubano. Santín, nacido en Cuba y criado en Miami, afirma ser el creador del concepto de obtener residencias en países extranjeros para los peloteros cubanos a fin de evitar el draft y lucrarse con la agencia libre.

En un terreno en Cotuí, Aguilera hizo un entrenamiento en frente de Santín, y su actuación fue lo suficientemente buena para que Santín acordase llevarlo a su academia de béisbol MVP Sports en Santo Domingo. Para los principales prospectos, los buscones y agentes en ocasiones estarán dispuestos a desembolsar cientos de miles de dólares a gente como Brito. Pero, a opinión de Santín, Aguilera no era lo suficientemente talentoso como para incentivar a Santin de pagar semejante cuota inicial. “No era un hombre que uno quisiera comprar”, dice Santin.

Por ende, pactaron por porcentajes. Cada uno recibiría el 10 por ciento del monto por el cual Aguilera firmara, de acuerdo a Santín, quien dice no tener idea si Brito, Ernesto, o ambos, fueron los que arreglaron o pagaron el transporte de Aguilera fuera de Cuba. “No podría responder eso”, afirma. No obstante, varias personas involucradas en el mercado cubano contaron a ESPN que Brito, de origen dominicano, y Ernesto, cubano, son prominentes contrabandistas de peloteros cubanos. De acuerdo a un agente que habló solo después que se garantizara su anonimato, ambos hombres tienen contactos en Cuba que se acercan a los peloteros en la isla, y tan pronto que estos peloteros desertan, Brito y Ernesto comienzan a llamar a compradores potenciales.

En Santo Domingo , Aguilera vivía en la casa de Santín, junto a otros tres peloteros, dos cubanos y un nicaragüense. Para hacer que Aguilera se pusiera en forma, Santín contrató a un entrenador de nombre Ángel Presinal, quien usa el apodo Nao. Bajo la estricta tutela de Nao, Aguilera dice que perdió cerca de 20 kilos en dos meses. Santín consiguió inversionistas para Aguilera: dos abogados de Miami, que le dieron a Aguilera una dieta entre $400 y $600 al mes, dependiendo a quién se le pregunte. Santín declinó revelar sus identidades.

Luego de varios meses, su forma física mejoró. Aguilera comenzó a participar en entrenamientos y presentaciones. El evento que Aguilera recuerda más vívidamente se escenificó en la academia de los Gigantes de San Francisco, en enero de 2015, 10 meses después que abandonara Cuba. Cerca de una docena de peloteros formaron parte del showcase, todos ellos cubanos, incluyendo a Héctor Olivera, quien firmó con los Dodgers por $62.5 millones. Scouts de los 30 equipos estuvieron presentes cerca del terreno y en las tribunas detrás del plato.

Aguilera estaba nervioso. Para el emigrante cubano, el showcase fue el momento de mayor presión. Al llegar al plato para la práctica de bateo, sabía que su momento era ahora. Al acercarse los pitcheos y hacer contacto, sintió que el estrés abandonaba su cuerpo. Sacó pelotas hacia los jardines izquierdo y derecho. Disparó cuadrangulares, pero no puede recordar cuántos fueron. Luego de su último swing, el sudor corría a borbotones por su cuerpo. Sentía que había mostrado todo lo que tenía.

Ocurre que, esa presentación fue la cúspide de la carrera de Aguilera fuera de Cuba. Después de ello, afirma, su estadía bajo la tutela de Santín se convirtió en un “desastre”. Su entrenamiento diario se hizo cada vez más esporádico hasta que se detuvo. Nunca volvió al gimnasio de Nao. La dieta de su inversionista se encogió, se hizo cada vez menos regular hasta que finalmente desapareció. Dejó de comer; dice que no había suficiente alimento en la casa. Las personas encargadas de aplicar y obtener su residencia en la República Dominicana, algo que debió haber sido relativamente fácil ya que estaba casado con una nativa de ese país, manejaron los trámites de forma muy ineficiente. Por ende, no tenía estatus de residente en ningún país, por lo cual, no podía obtener el estatus de agente libre por parte de Major League Baseball, un elemento crucial para que cualquier pelotero pueda firmar con un equipo. El propio Santín prácticamente había desaparecido, de acuerdo a Aguilera. Pronto, entendió lo que estaba pasando: su inversionista estaba rompiendo sus nexos con él. Nunca hubo una explicación, dice Aguilera; nadie le había dicho que era el fin. Finalmente, durante el verano de 2015, abandonó la casa de Santín y se fue con su esposa en La Vega.

Santín niega prácticamente todo lo dicho por Aguilera. “No sé de qué está hablando, porque, ¡yo di todo por Lerys!”, dice Santin a voz en cuello, prácticamente gritándonos, cuando se le consultó vía telefónica con República Dominicana. “¿Qué yo tengo rencor hacia los cubanos? ¡Si yo soy cubano!. Mi problema es que, ¡Se les quiere hacer ver como si fueran víctimas! Miren, yo fuí pelotero. Fui a jugar a Venezuela, jugué en Colombia. ¡Sabía en lo que me estaba metiendo! Me empezó a doler el brazo, no estaba lanzando bien. Me dijeron: ‘Mira, ven acá, ya estás listo, ¡Te dejamos ir! Y, ¿qué voy a hacer?, ¿quedarme en Venezuela? Pues, ¡me voy pa’l ca—o y de vuelta a Miami! ¡Tienes que saber cuál es tu nivel de talento! Y si no te firman, si alguien no te contrata, ¿acaso debes quedarte con él por siempre? Nadie lo va a hacer. ¡Así es el béisbol! Firmas hoy, en Estados Unidos, y si no, pues, te dejan ir. Final de la historia, ¡Eso es todo! ¡Quedas por tu cuenta! ¡Nadie te va a ayudar! ¡Así es la vida! ¡LA VIDA!

La vida, al menos para Aguilera, comenzó a tomar un giro oscuro. Él y su esposa acabaron con su relación debido a infidelidades que Aguilera no niega, y ahora le tocaba enfrentar el problema que cada pelotero emigrante de Cuba fracasado debe asumir. Hijo de químico e ingeniera, no tenía otro oficio distinto al béisbol. Criado desde los 10 años en el sistema deportivo cubano, modelado bajo las formas soviéticas, sumamente enfocado en el desempeño atlético, no conocía otra cosa qué hacer. Ganó algunos pesos al prestarse a una liga de softbol, como jonronero. Se tragó su orgullo y pidió ayuda a amigos y conocidos. Un amigo de la iglesia era dueño de una pensión en el pueblo y le permitió vivir en una de sus habitaciones. Otro amigo, ex compañero del Holguín, un pitcher de nombre Yaisel Sierra, extraido de Cuba en 2015 y que firmó con los Dodgers por $30 millones, le transfirió dinero desde Miami, según indica Aguilera.

Aguilera dice haber conocido a través de los chismes de pasillo del béisbol que un equipo de Grandes Ligas hizo una oferta por él, pero que Santín la había rechazado por considerar que la cifra era demasiado baja. Aguilera desconoce tanto qué equipo fue como el monto que se habría ofrecido. Entre las docenas de peloteros cubanos entrevistados para este artículo, casi todos tienen creencias similares: que un equipo de las Mayores habría ofrecido dinero por ellos pero que su manejador o agente dijeron no, porque no era suficiente dinero. “¡Absolutamente falso!”, dice Santin. “No se hizo una sola oferta por Lerys Aguilera”.

Las pocas ocasiones en las cuales Aguilera podía comunicarse con su familia en Holguín, éste mentía: “Todo está bien aquí, no se preocupen; me va bien con el béisbol”. Pero, se sentía cada vez más desalentado. Por un tiempo, pudo usar la motocicleta de un amigo. Una noche, a las afueras de la Vega, en una transitada autopista, sintió la tentación: Acelerar y dejar ir los manubrios. Subió su mano izquierda, apretó el acelerador con la derecha. Pero esa tentación se disipó.

Por ese tiempo, Aguilera comenzó a considerar algo similar al suicidio: regresar a Cuba. Aún seguía indocumentado en Quisqueya. Si se entregaba a las autoridades migratorias dominicanas, lo enviarían a casa en un avión. Conocía de otros peloteros que habían hecho algo similar. Y sabía de otros cuyos inversionistas habían pagado por pasajes de vuelta a casa. Hubo un momento en el cual las políticas del gobierno cubano hacían imposible considerar que un desertor siquiera pusiera un pie en el país. Pero los tiempos cambian. Ahora, se permite que estos jugadores regresen; hay tantos peloteros desertores que la federación de béisbol de Cuba está desesperada por conseguir hombres para poder llenar los rosters de los equipos de la Serie Nacional. Otro pelotero cubano en la academia de Santin que permaneció junto a Aguilera escogió un camino diferente. En la costa oriental de la República Dominicana, a mitad de la noche hay botes que salen con destino a Puerto Rico, estado libre asociado de los Estados Unidos, llenos de cubanos que buscan poner pie en suelo estadounidense y así poder conseguir los beneficios que esto les aportaba a través de la ya abolida política de “pies secos, pies mojados”. Muchos peloteros cubanos habían abordado estos botes. De una isla a la otra, eran objeto de un segundo contrabando. Por su parte, Aguilera, declinó ambas opciones. Seguiría adelante en República Dominicana.

El gimnasio propiedad de Angel “Nao” Presinal está ubicado en una especie de bunker de concreto, justo en medio del parque deportivo Centro Olímpico en Santo Domingo. El gimnasio cuenta con un área de pesas y una pequeña sala de masajes en la cual Nao trabaja los músculos de sus clientes. El lugar tiene un fuerte olor a sudor y moho, y sus muros están llenos de fotos enmarcadas de un sonriente Nao al lado de grandes peloteros latinos, incluyendo Manny Ramírez, Samuel Sosa y Alex Rodríguez.

El propio Nao no puede entrar a cualquier facilidad que tenga que ver con las Grandes Ligas. En 2001, fue atrapado en un aeropuerto con una maleta llena de sustancias prohibidas. Sin embargo, Nao ha dejado eso atrás. Ahora, contratado por buscones, manejadores e inversionistas, se ha convertido en el entrenador más cotizado para los jugadores cubanos recién llegados a la República Dominicana. Afirma haber entrenado al menos 50 cubanos durante los últimos años y se ha convertido en una especie de tutor y gurú que trabaja con sus mentes y cuerpos. Describe una especie de condición sicológica en la cual caen muchos peloteros cubanos al llegar a Quisqueya pero que no son firmados inmediatamente. “A veces, les dan demasiadas esperanzas y les crean demasiados sueños”, dice Nao. Al pasar los meses y no oir ofertas, creen que están desperdiciando su tiempo y “se les bloquea la mente”, dice.

Uno de los pupilos de Nao es Darys Bartolomé, quien sigue sin recibir ofertas luego de más de dos años fuera de Cuba, ha perdido su inversionista, ya tiene más de 32 años de edad pero no muestra síntomas de tener una mente bloqueada. Se mantiene optimista, jovial y dispuesto a intentar hablar en inglés cuando está frente a la presencia de gringos. Nao, más o menos, ha acudido al rescate de Bartolomé, pagándole un salario para entrenar a prospectos adolescentes en la pequeña academia privada de béisbol que Nao opera al lado de su facilidad de entrenamiento físico.

En Cuba, Bartolomé era un veterano de la Serie Nacional, pero nunca alcanzó la cúspide del béisbol en la isla: Nunca fue seleccionado para el roster de la selección nacional que viaja a los campeonatos internacionales, como el Clásico Mundial de Béisbol. Esa es una de las razones por las cuales decidió aceptar la oferta de los contrabandistas para sacarlo de Cuba, dice. Se sintió frustrado. La oferta comprendía sacar a Bartolomé fuera de Cuba en un vuelo comercial. No hace mucho tiempo atrás, esta idea hubiese sido impensable. Sin embargo, en 2013, el presidente Raúl Castro comenzó a implementar una serie de reformas que eventualmente resultaron en la disminución de restricciones de viaje para todos los cubanos. El gobierno ya no requería que las personas obtuviesen visas de salida para dejar el país.

Fue apenas cuestión de tiempo para que peloteros como Bartolomé recibieran instrucciones para tomar sus vuelos. En enero de 2015, cuando Bartolomé llegó al mostrador en el aeropuerto de La Habana, un asiento en clase económica se había convertido en un método de transporte más común para que los cubanos dejaran el país, en vez de usar botes y lanchas en la oscuridad de la noche. Aún así, requerían que alguien los buscara en el aeropuerto de llegada. Necesitan que alguien haga las gestiones para obtener residencia en el país de llegada al cual casi todos arribaban, o sea, Haiti. Seguían necesitando que alguien los metiera a República Dominicana de forma ilegal. Necesitaban un lugar dónde vivir; necesitaban que alguien les consiguiera un agente que los pusiera frente a cazatalentos de Grandes Ligas; y requerían alguna forma de ingresos mientras esperaban una posible firma.

En síntesis, seguían necesitando las mismas redes de personas encargadas del contrabando de peloteros vía lancha. Entonces, los benefactores foráneos de Bartolomé le compraron su pasaje aéreo, de La Habana a Ciudad de Panamá, y de ahí a Puerto Príncipe. Le enviaron una remesa de dinero con la cual pagar un pasaporte recién emitido, equivalente a $107. (De hecho, se prohibe a los peloteros de la selección cubana de béisbol poseer pasaportes; pero este no es el caso de los jugadores miembros de rosters de Serie Nacional que no cuentan con la responsabilidad de representar a su país). A la llegada de Bartolomé a Puerto Príncipe, se encontró con sus guías en el aeropuerto. Lo llevaron a un hotel en el cual pernoctó. Al día siguiente, voló a Cap-Haitien, luego se le llevó por auto por espacio de dos horas al pueblo de Ouanaminthe, situado en la ribera del río Massacre. Cruzando el río, se encuentra la villa dominicana de Dajabón. El puente que cruza el Massacre es uno de los cuatro puntos principales de la frontera entre Haití y República Dominicana, pero no hay cabinas de control migratorio o un control de pasaportes detectable. Es, intencionalmente, de baja tecnología. El comercio internacional del tipo más insospechado puede pasar sin problemas de un país al otro: mujeres que cargan cestas de fruta en sus cabezas; cubos de hielo cubiertos de moho y que se derriten rápidamente sobre carros de madera; o bien, peloteros cubanos sentados en la parte trasera de camionetas con vidrios ahumados.

Bartolomé se sentía nervioso. Tenía pasaporte cubano y aún así, antes de dejar Cuba, sus manejadores le dijeron que ya habían obtenido residencia en Haití para él. Sin embargo, Bartolomé no tenía visa de entrada a la República Dominicana. De hecho, pocos peloteros cubanos la han tenido. En el lado de Haiti, los dos hombres en la parte delantera de la camioneta podían ver su ansiedad. De acuerdo a la memoria de Bartolomé, le dijeron que no se preocupara. El hombre en el asiento de pasajero era miembro de las fuerzas armadas de Haití. Mostró su identificación, y pudieron conducir cruzando el puente. En el lado dominicano, Bartolomé fue introducido en otro vehículo. Esperándole, se encontraban un conductor y otro militar, esta vez de las Fuerzas Armadas de República Dominicana. En la via saliendo de Dajabón, llegaron a una serie de puntos de chequeo con hombres uniformados deteniendo vehículos. Sin embargo, en cada alcabala el auto de Bartolomé pasaba. No hay problema., decían los efectivos castrenses.

Bartolomé tenía buenos motivos para estar nervioso. Los primeros días y semanas de la vida de un pelotero cubano en la República Dominicana pueden estar llenos de peligros. Al igual que Bartolomé, casi todos los peloteros cubanos están viviendo allí de forma ilegal. Debido a este hecho básico, de acuerdo a múltiples personas involucradas en el mercado cubano, los miembros de la policía migratoria dominicana en ocasiones podrán descubrir la ubicación de un pelotero cubano (o grupo de peloteros cubanos) y hacer una redada en el edificio. En múltiples ocasiones, los oficiales exigirán dinero. Casi siempre, ese pedido de soborno se le hace al inversionista, no al jugador. Si el inversionista dice no, el jugador será deportado.

Un vocero de la Dirección General de Migración de la República Dominicana afirmó que el ente no estaba enterado de esa situación y que “rechaza cualquier actividad o extorsión de ese tipo”. No obstante, una mañana a principios de año, en un patio anexo a la piscina de un hotel de Santo Domingo, me encontré con un ex oficial de alto rango de los cuerpos de seguridad de ese país, quien me describió cómo los peloteros cubanos se convierten en blanco de sus actividades extorsivas. Hay miembros de los cuerpos militares de su país, afirma, que ocasionalmente son contratados para servir como guardaespaldas de peloteros cubanos. Y estos oficiales, dice, están “tan metidos en el mundo del béisbol… que saben muy bien cuáles jugadores están bien cotizados y cuáles no. Si ven a un pelotero cotizado pero, ¿no cuenta con papeles? Siempre trataran de sacarle dinero”.

El ex militar procedió a relatarme otro caso de peloteros cubanos y oficiales dominicanos corruptos: Un inversionista o buscón está deseoso de hacerse con un jugador de alto valor controlado por un inversionista o buscón rival. El inversionista A procede a contratar oficiales en la Policía Nacional a fin de secuestrar al pelotero y quitárselo al inversionista B. Tales historias no son difíciles de corroborar. Rudy Santín describió cómo un pelotero cubano bajo su tutela (Alex Guerrero, quien procedió a firmar con los Dodgers por $28 millones) fue arrebatado y retenido por varios días en un motel.

Más recientemente, en mayo de 2015, se produjo el caso de Yaisel Sierra, el amigo de Lerys Aguilera quien envió dinero en ocasiones a su ex compañero de equipo en problemas. Poco tiempo luego que Sierra fue sacado en una lancha de Cuba a principios de 2015, pero antes de su firma por $30 millones con los Dodgers, estaba entrenando en un Gold’s Gym de Santo Domingo. Se encontraba bajo el control de un buscón sumamente conocido y estaba siendo representado por la agencia deportiva Octagon, con sede en Chicago. De acuerdo a dos personas involucradas directamente en la situación, varios policías entraron al gimnasio, esposaron a Sierra y se lo llevaron del gimnasio. Hay fotografías de Sierra dentro de una celda de prisión. Días después, Sierra contaba con un nuevo representante: la agencia deportiva de Bart Hernández, quien sería sentenciado este marzo pasado en Estados Unidos bajo cargos de trata de personas.

Darys Bartolomé nunca tuvo que lidiar con cosas así. Su viaje de casi 12 horas en automóvil desde la frontera haitiana terminó en un pueblo playero llamado Juan Dolio, no muy lejos de Boca Chica, en la costa suroriental de la República Dominicana. Boca Chica es la base central de operaciones de Major League Baseball en República Dominicana: la mayoría de los equipos tienen academias en las zonas cercanas a esta población. Después de varios días de entrenamiento frente a compradores potenciales, Bartolomé dice que fue vendido por más de $100.000 a Julio Lugo, recordado por los aficionados a los Medias Rojas como infielder medio en el equipo que se alzó con el título de Serie Mundial de 2007. Bartolomé dice que Lugo tomó posesión de su pasaporte y llevó a Bartolomé a un entrenador en la población de Yamasá. (Nuestros intentos de localizar a Lugo fueron infructuosos). Esta relación no terminó bien. Bartolomé eventualmente residió en una casa sin electricidad, contrayendo dengue y fue salvado por Nao, quien pagó la cuenta del hospital, y por una mujer de Yamasá quien ayudó a cuidar a Bartolomé hasta su recuperación total. A pesar de todo esto, la mente de Bartolomé la mente no se bloquea.

A Lisban Correa no le gustaba lo que decían — o más bien, cómo se lo estaban diciendo. Junto a cinco otros peloteros recién llegados al país provenientes de Cuba, Correa estaba sentado en una pequeña oficina sin ventanas, en los rincones más escondidos del consulado dominicano en Puerto Príncipe. Corría el mes de julio de 2015. Un abogado de Santo Domingo estaba sentado frente a los peloteros, asentado detrás de un escritorio, mascullando una catarata de densa jerga jurídica. “El presente compromete a las partes involucradas a pagar dicha suma a los beneficiarios respectivos sin causar daños, perjuicios o daño alguno…” Leía el texto de un contrato que Correa apenas podía seguir, pero algo sí entendía bien: El contrato tenía la intención de atar a estos peloteros al hombre que se convertiría en su inversionista.

Los peloteros habían llegado a Haití por separado, pero estaban alojados juntos durante las últimas dos semanas en el mismo hotel de Puerto Príncipe, y eran tratados como un paquete. Como entendieron después, su inversionista original los abandonó, al declararse incapaz de costear seis trámites expeditos de residencia haitiana. Este era un servicio especial para los peloteros cubanos. De acuerdo a las autoridades norteamericanas, las tarifas de este servicio comienzan desde $6.000 por pelotero y suben de acuerdo al valor proyectado de cada pelotero cubano. (Los inversionistas de Rusney Castillo, quien firmó en 2014 con los Medias Rojas por $72.5 millones, pagaron $60.000 por una residencia en Haití, de acuerdo a documentos que corren en los expedientes judiciales).

Correa había recorrido más mundo que sus compatriotas. Fue criado en una gran ciudad, habiendo nacido y vivido en La Habana. A los 29 años, era mayor que el resto, en el comienzo del declive de su carrera. Sentía que había esperado demasiado tiempo para salir de Cuba. Un receptor capaz de batear para poder con promedio de bateo de por vida de .284, era miembro de una familia de béisbol. Su abuelo fue profesional en la liga cubana antes de la era Castro. Su padre, Iván Correa, fue miembro de la selección cubana que viajó en 1999 para enfrentarse a los Orioles de Baltimore. Antes de abordar el avión a Haití, Correa recibió los consejos de sus padres: ten cuidado, no confíes en nadie. Mira con ojos de sospecha a la gente del béisbol en el mundo exterior. Correa, en aquella oficina del consulado, recordó esos consejos, sacó su celular y comenzó a grabar la reunión sin que nadie lo sospechara.

Se le dijo al grupo de peloteros que se había conseguido un nuevo inversionista para ellos, y el abogado que leía el contrato representaba al nuevo inversor. La mayoría de los peloteros están ahora conscientes, incluso antes de salir de Cuba, que si terminan firmando con una franquicia de las Mayores, el 30 por ciento de su primer contrato será la tarifa promedio que le deberán pagar a sus inversionistas. Sin embargo, reinaba la confusión en la oficina, por los términos del contrato. Los jugadores hablaban unos con otros, haciéndose preguntas y sin poder entender lo que se estaba recitando.

Había otro hombre presente en la habitación, aparte del abogado y los peloteros, y que permaneció fuera del alcance de la cámara durante mayor parte de la duración del video. Sin embargo, su voz se puede escuchar, al interrumpir al legista. El inversionista principal se quedará con el 20 por ciento, explica, y dos otros hombres (uno apodado Duni y el otro Osbey) van a dividirse el 10 por ciento. Duni y Osbey, como ya sabían los jugadores, eran parte del lote de aventureros que viajan a Cuba a fin de persuadir a los peloteros a desertar, incluyendo a Correa y los otros cinco. “Él y yo ya hemos negociado por ti”, dice el hombre. Después, afirma: “No hay alternativas”.

“¿Qué yo tengo rencor hacia los cubanos?… ¡Se les quiere hacer ver como si fueran víctimas!… ¡Quedas por tu cuenta! ¡Nadie te va a ayudar! ¡Así es la vida! ”

– Rudy Santín, buscón cubano

Cerca de un mes después, Correa y los cinco otros peloteros finalmente llegan a suelo dominicano, cruzando por Dajabón. Se les llevó por carretera hasta San Pedro de Macorís, en la costa sur y al oriente de Boca Chica, siendo alojados en un hotel. Ahora se encuentran bajo el cuidado de su nuevo inversionista norteamericano, un hombre de negocios en una edad por el rango de los 50 años, llamado Nelson Tiburcio, dueño de un popular restaurante dominicano en Palm Beach, Florida, llamado Don Café, y quien vivía en una de las comunidades suburbanas llamadas peyorativamente como “McMansiones” por los norteamericanos, al oeste.

Primero, cuando aún se encontraba en Haití, Lisban Correa y cinco otros peloteros se negaron a firmar el contrato que el abogado de Tiburcio les había leído. Cuestionaban el hecho que tendrían que costear todos sus gastos. Esto significa que cualquier gasto en el cual Tiburcio incurriese para con ellos, llámese alquiler, alimentación, gimnasio, eventualmente le sería pechado a los propios peloteros. De acuerdo a los términos del contrato, no habría límites en los montos de esta tentativa deuda. Por ende, los peloteros, inteligentemente, se habían negado, por la sugerencia de Correa. Una vez llegaron a San Pedro, su manejador les presentó el mismo contrato, diciendo que tenían que firmarlo. Los peloteros no contaban con consultores legales a quienes acudir, y no se les dieron ejemplares del contrato a fin de poderlo leer. Cuando Correa preguntó si podía tomar fotos del contrato, su manejador se enfadó pero, finalmente, accedió. En un giro crucial, el manejador también cargaba consigo todos los pasaportes de los peloteros. Tiburcio dice que esto es una práctica común, para así evitar que un pelotero se vaya a las manos de un buscón rival. “Esta es la única garantía que tenemos”.

De acuerdo a Correa, el manejador les dijo, en efecto: “Si no quieren firmar este contrato, pues bien. Pueden irse con libertad. Pero, tendrán que dejar el hotel. Tendrán que abandonar nuestros cuidados. Estarán a su cuenta y riesgo”. Entonces, ¿qué podía hacer Correa? Su manejador tenía su pasaporte. Su inversionista pagaba por su albergue. No tenía dinero, aparte de las cantidades que su manejador le daba. Si dejaba a su manejador, pues, ¿a dónde podía ir? Estaba indocumentado. En República Dominicana. ¿Se entregaría entonces a las autoridades para que lo deportaran y regresara a Cuba? ¿A Haití? Entonces, ¿qué le quedaba? “Empezar a jugar pelota”, dijo. Quería empezar a entrenar y seguir adelante. Por ende, Correa firmó el contrato. Se sentía sin opciones.

Aunque Aguilera ha impresionado en el terreno, un fraude que involucra sus papeles de residencia ha hecho imposible que pueda llegar a MLB. Lisette Poole para ESPN

Hasta junio Lerys Aguilera sigue sin ser firmado. Él y su esposa no se han reconciliado. Se mudó del apartamento de Santo Domingo y volvió al rural Cotuí, a fin de entrenar con el entrenador con el cual contó cuando llegó de Cuba, en 2014. “Seguiré intentándolo hasta que no pueda más”, dice. Sin embargo, tiene una visión muy escéptica del sistema del béisbol fuera de Cuba. “Lo peor es que no hay amigos en esto. Sólo hay gente que quiere engañarte”.

Darys Bartolomé, aún sin firmar, sigue trabajando con Nao y no se rinde. Insiste que es cuestión de tiempo. Hay scouts de ligas fuera de Estados Unidos que han estado mostrando últimamente interés en él. “Dios mediante”, dice, “me iré a Japón”.

Lisban Correa fue transferido a otro inversionista, quien eventualmente rompió con él a finales del año pasado. No tenía dónde ir. La idea de deportarse a sí mismo, regresar a Cuba, lo llenaba de vergüenza. “No quería volver a Cuba”, dice. “No quería regresar y ser visto como un fracaso”. Durante su época con sus inversores anteriores, pudo ahorrar de a poco, haciéndose con un fondo de emergencia cercano a los $100. Con eso, compró pasajes de autobús y, por dos semanas, viajó prácticamente por toda la República Dominicana, visitando academias, entrenadores e inversionistas, mostrando sus talentos. No hubo interesados. Rompe en llanto cuando describe esas dos semanas. Muestra una cortadura en la palma de su mano, una herida causada durante la práctica de bateo. “He entrenado muchísimo”, dice, “con muy pocas esperanzas”.

Eventualmente, la esperanza volvió. Consiguió un benefactor en la academia de José Canó, padre de la estrella de los Marineros de Seattle Robinson Canó. Pronto, Correa estaba participando en ejercicios y presentaciones frente a cazatalentos de las organizaciones de los Marineros, Cerveceros y Tigres. El año pasado, Correa recibió un obsequio por parte de su inversionista en aquél entonces. Era un pesado bate de 34 pulgadas de madera de maple con el nombre de Yoenis Céspedes grabado. Le había pertenecido al jardinero de los Mets de Nueva York. Se convirtió en una de las posesiones más preciadas de Correa, un talismán para la buena suerte. Correa lo usó en todos los tryouts en los cuales participó desde que lo recibió, ya que Céspedes representa todo lo que cualquier emigrante cubano que juega a la pelota ha soñado en convertirse. Lo usó en abril durante una presentación ante los Tigres. Hizo un swing poderoso. En cuanto hizo contacto, supo que algo estaba mal. El preciado bate de la buena suerte se estrelló y quedó hecho añicos.

La productora de la Unidad de Reportajes Pia Malbran y el reportero T.J. Quinn colaboraron con esta entrevista.