Adiós a Fernando

Por: Rafael Plá León

Se ha ido Fernando. No voy a decir que todo aquel que lo conoció quedó subyugado por su verbo seguro y su toz nerviosa. Sé que algunos no lo quisieron. Aquí en la Universidad Central de Las Villas se le quiso; hubo oportunidad de recibirlo, de honrarlo con honores formales (no se le pudo otorgar el Honoris Causa porque no era doctor, a mucha honra), participó en una de las citas más concurridas en el Proyecto Aula 14, donde se complació de discurrir con los estudiantes acerca de las distintas generaciones de juventudes enroladas en revoluciones en el siglo XX cubano. De ese viaje regresamos juntos para participar de una velada en la Universidad de La Habana en conmemoración al 90 aniversario de la Revolución de Octubre. Nunca imaginé que no pudiésemos celebrar el Centenario juntos de nuevo. Le gustaba hablar de los bolcheviques.

Fernando fue un espíritu inquieto y entendió a su modo la revolución. Se burlaba jocosamente de las ocurrencias soviéticas, con cuestiones teóricas nada desdeñables del marxismo: la correspondencia de las relaciones de producción con las fuerzas productivas, la identidad de la dialéctica con la lógica y la teoría del conocimiento, la misión histórica del proletariado y otras muchas cosas que él consideraba parte de la “ortodoxia” soviética. Yo le enfrentaba, buscando argumentos que me disuadieran de todo aquello en que me habían formado en la Unión Soviética. Él mantenía el tono de broma y  decía que yo me lo tomaba todo muy en serio y seguía en alguna conversación en las que disfrutaba dialécticamente con jugar con las contradicciones propias de toda revolución y de la historia en general. En estas cuestiones teóricas siempre guardamos discrepancias, pero sabíamos que eso no decidía ninguna revolución.

Su fuerte era el “factor subjetivo”, como se le conocía en la terminología de los manuales marxistas. La subjetividad, la actividad de los “actores sociales”, la carga subjetiva de las revoluciones, sobre todo de la nuestra, que era el otro lado de la explicación marxista al que los soviéticos no atendían suficientemente, o por lo menos no con la gracia que lleva el tema para encantar auditorios. Por eso Fernando se sumergió en el tema de la cultura, de la mano de Gramsci, y por esa vía encontró su lugar en la batalla por el socialismo.

Porque a él no le interesaban simplemente los jóvenes educados, sino que sabía que la educación en general, no la formal simplemente, sino la que arma a los individuos como hombres y mujeres universales, solo se puede dar en las condiciones que prepara una sociedad de igualdad plena (por cierto, que Fernando nunca renegó del igualitarismo de los sesenta, lo cual le parecía muy justo y completamente necesario para la revolución).

Tiempo habrá de estudiar lo que dijo. Su pensamiento, como muchos de los de su época fundadora de la Revolución cubana, está lleno de ideas y allí habrá que ir a diario, para recargar energías para el futuro que será de luchas. Confío en que a los jóvenes, con quienes se comunicaba perfectamente, no les será difícil esa tarea de buscar sus escritos y discutirlos. A ver si se entiende de una vez que “lo que no se puede perder es el socialismo” en medio de tantos riesgos que representa la inserción en la economía mundial, como él no se cansaba de advertir.

Ayer mismo un buen amigo me pasó unas conferencias recientes de Fernando en el Ministerio de Cultura; me disponía a verlo con paciencia cuando hoy me encuentro con la noticia al llegar al trabajo. Fernando se fue sin despedirse. Seguramente la sorpresa fue también para él. No es de las noticias que uno quisiera oír al levantarse, pero es la vida. Su muerte dará frutos, sin dudas.

Santa Clara, 12 de junio de 2017

5:01 pm