Viejo amigo


Por: Manuel Roblejo Proenza

Viejo amigo mío: sé que yo te preocupo; sé que te agoto, y hasta, si me pongo un poco pesimista, podría decirse que te estorbo.

Viejo amigo mío; sé que te molesta mi amor, porque crees que mi amor no es tan de verdad como el tuyo, que no es digno de mostrarse, ni de pretender seguir viviendo; y que el tuyo es el más excelso y puro de los amores, el  único amor que vale. Y yo respeto tu opinión; porque es tu opinión, y tú, viejo amigo mío, la forjaste bajo el humo de la pólvora, o la picazón de la caña, o la uniformidad de la marcha. En cambio yo, amigo, aunque no lo parezca, lo aprendí de ti.

Sí, viejo amigo mío; en última instancia tú eres el culpable de mi necedad, y de mi alboroto, y de mi inconformidad. Y es lógico, que, siendo tú el padre de una criatura tan ambiciosa, quieras alinearme, entrame en cintura, halarme la oreja. Pero, viejo, ya es muy tarde, porque una vez me dijiste que no me dejara llevar por los ojos que engañan, sino por el corazón que no se cansa de aprender y aprender.

Tú me enseñaste a aprender, y a querer aprender, viejo amigo mío. Y, ahora, ¿cómo pretendes que acepte tu penitencia?

Tú me enseñaste a levantar los puños, y a enseñarle los puños a quien los levantaba contra mí. Y ahora, ¿cómo pretendes que le tema a tu cinturón?

Viejo amigo mío, padre; sé que te molesta que te llame padre, y viejo, y amigo, y mío; pero mis palabras también son hijas de las tuyas; y, en consecuencia, mis faltas de alumno entretenido en el cielo, y no en la pizarra, son el fruto de tus historias de maestro cimarrón.

Amigo, ¿cómo pretendes entonces que me conforme con tu versión de lo que es bueno, y firme y final? ¿Cómo puedes querer que me conforme con tu final?

Porque, viejo amigo, según tú mismo testimonias, muchos finales han venido, y con la misma le han dado paso a los nacimientos más alucinantes. Y muchos profetas se han erigido príncipes, y con la misma emperadores de sus compañeros de barro. Muchos hombres incluso han muerto, pensando que todo terminó; y muchos otros han venido a morir después de esos; y después de esos, otros más, otros muchos, otros sin fin.

Entonces, según tus testimonios y tu herencia misma, las cosas siempre pueden mejorarse. Y yo tengo fe en eso. Yo creo en eso. Profundamente. Incluso si tú, viejo amigo mío, mi padre, aunque no te guste, te quieres conformar con tu pecho alumbrado.

Amigo, viejo amigo; juntos caminamos por el horizonte, donde el cielo se une con el mar, y tú me hablas de cielo y yo te hablo del mar, de manera interminable. Y, yo quisiera que, en una noche de cigarros, o de café, o de ron, o de noche, simplemente, explicarte que, en ese punto, el mar y el cielo son la misma cosa.

Sin embargo, esa noche no llega. Y si seguimos aferrados a la misma canción, nunca llegará.

Pero eso, amigo, ya no importa. Porque yo solo pretendo desobedecerte, desafiarte, darte lucha, la guerra misma; para ver si, con algo de suerte, mi hijo de mañana no se siente a esperar por eso que hoy tú llamas el fin; y venga, valiente, a levantarse firme frente a mi frente arrugada y mi amor de viejo.

Y que de un golpe sabio me lo destroce. Lo destroce para que nazca, una vez más, como ahora cobra forma en este parto doloroso, el cielo y el mar que tú y yo compartimos.

Amigo, viejo amigo mío; tú y yo iremos siempre de la mano, estirando el mundo, aunque tú no lo quieras.