El Maltrato


Por: Manuel Roblejo Proenza

Solamente en una ocasión me he hospedado en un hotel cinco estrellas. Fue por cuestiones de trabajo, en Cayo Coco; y la verdad es que pensé que la experiencia sería más gratificante.

Una ducha de un metro cuadrado y una piscina en el segundo nivel me daban la bienvenida a ese paraíso tan vedado para los comunes como yo; sin embargo, algo andaba mal.

Una paranoia, un fantasma raro me seguía a todas partes: el fantasma del maltrato. Claro que no me trataron mal, todo lo contrario. Sin embargo siempre sentía que estaba fuera de lugar, entre tantas sonrisas y atenciones, y que en cualquier momento alguna compañera uniformada iba a decirme que no podía hacer tal o más cual cosa.

Incluso recuerdo que, en una ocasión, derramé la copa de agua en la mesa del buffet, y la muchacha que nos atendía corrió hacia nosotros. Poco me faltó para cubrirme el rostro, como un niño acostumbrado a que le peguen, por suerte ella notó mi incomodidad y sólo limpió el desorden con  una sonrisa morada y exquisita.

Ese viaje me hizo reflexionar, y más que eso, plantearme que una parte de mi vida social estaba siendo mansamente amputada.

La verdad es que uno se levanta y ya siente la ansiedad de que va a ser maltratado. Uno se prepara para eso; y al paso que vamos, les transmitiremos genéticamente a nuestros hijos ese miedo  a que alguien se incomode porque llegues tú, justo a la hora de su jueguito o su chat telefónico, a pedirle, egoístamente, que haga su trabajo y te sirva.

Ciertamente te hacen sentir mal, menos; y si tu autoestima no está bien alimentada, lo más probable es que le huyas a ese millón de diatribas que ya tienen bien preparadas de antemano, las ocupantes de los burós, para librarse de los inoportunos.

Sales a la calle dispuesto a plegarte y que te atiendan por exceso de lástima; o a formar lo que tienes que formar y de que todo el mundo se entere de que llegaste tú; o de utilizar todo tu arsenal diplomático y político con un administrador que nunca aparece; o, lo más común, a irte por la izquierda, por lo bajo, por detrás y por la maleza, mediante un socito, un familiar y hasta una merienda; porque quién te culparía de no querer sufrir como los demás cuando los superas en lecciones de pillería y ajetreo.

No creo que los cubanos nos hayamos acostumbrado al maltrato; sería una derrota innombrable aceptar tal cosa. Es más, pienso que hacerlo sería renunciar a nuestra misma esencia de rebeldía e inconformidad, que alguna vez nos dio el valor de cabalgar desnudos sobre un caballo, con un machete en la mano hacia una descarga española.

Sin embargo hemos aprendido a vivir sorteándolo, y esa eterna carrera con vallas tiene un costo impagable, en la salud de nuestro buen vivir y nuestra muy buscada felicidad.

La cuestión no es ser el más vivo, o el mejor negociador; o el más familiar, o el Al Capone de los trámites; la cuestión está en darnos cuenta que la burocracia nos viene acompañando como especie por tanto tiempo, que incluso la hemos llamado así.

Y, créanmelo, el poder no lo tienen ni los burós, ni sus dueños.

A mí que me traten mal, colegas, pero aun así moriré aferrado a la bandera de ese cambio que ya nos merecemos. Aunque sea por la negación de la negación.

Así, mal vestidos y todo, el poder, pacientísimos compatriotas, lo tenemos nosotros.