Paradigmas


Por: Manuel Roblejo Proenza

A veces me parece como si la Historia se hubiera detenido. Como si alguien la hubiera cortado, de un zarpazo, en un punto a partir del cual solo nació gente mala, o mediocre, o deleznable.

Sería necio no aceptar que los intereses y preocupaciones de los jóvenes de hoy, entre los que ya casi no me cuento, son otros muy diferentes a los míos, o a los de mis padres y abuelos. Que ya no es fácil convencer a nadie que ser honrado es mejor que ser pillo. Que ya no es fácil demostrarle a un hijo, a partir de nuestras historias de vida, que la felicidad se encuentra disponible allá, al final de todo lo bien hecho.

Yo seguí el camino que mis padres me trazaron. Para que mi vida fuera mejor que la de ellos. Para que no pasara por lo que ellos tuvieron que pasar. Para que fuera “alguien” en la vida. Pero, siendo pragmático en verdad, no ha sido así. Todavía vivo encima de mi madre, y recurro a ella para que me mate el hambre a fin de mes, cuando debería ser todo lo contrario.

¿Qué camino le indico entonces a mi hija de tres años?

Yo traté de hacerlo todo lo mejor posible, de la manera más correcta; pero a veces no basta para los buenos el hecho de simplemente serlo. Ni siquiera de demostrar que los son. Incluso, a veces a los buenos nos tildan de malos, cuando nos cuestionamos por qué ser bueno no es más que suficiente. Con seguir la fórmula con que la que nos formaron, con parecernos a nuestros paradigmas.

Sin embargo, cuando lo pienso bien, yo no tengo paradigmas de menos de cincuenta años. Y nadie me puede obligar a tenerlos, porque la admiración y el respeto se ganan, no se retratan porque sí en los libros de historia.

Y yo vi cómo se empujaba con bueyes el país, cuando no había ya petróleo soviético. Y leí a Martí para consolarme. Y le dediqué flores a Camilo. Y un saludo eterno al Ché.

Pero yo casi los conocí.

Sin embargo mi hija recita “Martí fue un hombre bueno, que escribía cosas lindas para los niños” de una manera que no viene casi de ninguna parte. Y eso que tiene tres años, y estamos a tiempo con ella, como quien dice. Pero, para los que tratan de apaciguar su adolescencia hoy mismo, un reguetonero o un futbolista famoso pueden ser sus paradigmas. Y tal vez no sean malas personas, pero, ¿cuál es la probabilidad de que nuestros hijos lleguen a ser Daddy Yankee o Lionel Messi?

Creo que es tiempo de conquistar a esta generación con el ejemplo de gente auténtica, libre y limpia. O los perderemos a todos en eso que los mediocres llaman “cantos de sirenas” y “robos de cerebros”. En el “sueño” americano. Pero es que esto también es América.

¿Dónde está nuestra vanguardia ahora? La que no se conforma con repetir, complacer, adular, subir como la espuma. ¿Dónde está?

La necesito urgente para mañana, en los cuadernos de historia de mi niña.