La guerra del Escambray

Por: Gisselle Morales

Cuando mi abuela decía que sus hermanos Gaita y Curbino habían participado en la limpia del Escambray le brillaban los ojos. Y yo, que me pasaba la vida tratando de meter la cuchareta en las conversaciones de los mayores, no podía entender qué de heroico había en subir y bajar lomas con una escoba en la mano. Creía yo que la limpia del Escambray era eso: un subibaja de hombres que le quitaban el polvo a las montañas.

Fue después, mucho después, cuando supe que aquellos relatos de peines y cercos y enmascaramientos que narraba mi abuela estaban emparentados con la peregrinación que emprendíamos en Sagua cada 26 de noviembre a la casa natal de Manuel Ascunce Domenech, el joven alfabetizador que se atrevió a decirle a los bandidos: “Yo soy el maestro”.

Pero una cosa es la historia contada “por arribita” en clases, dividiendo a los bandos contrincantes en buenos-buenos o malos-malos, y otra muy diferente es ubicar cada hecho en sus muy particulares circunstancias, escarbar más allá de la versión lacónica de los libros de texto y, de paso, recordar que todos fueron seres humanos, los buenos-buenos y los malos-malos.

Eso es, precisamente, lo que más le agradezco al serial LCB: la otra guerra, que la televisión cubana transmite en el incómodo horario del sábado a las 8:30 de la noche —incómodo para mí, que a esa hora estoy fregando— y retransmite, por suerte, los martes al terminar la telenovela. Le agradezco que me haya revelado los motivos ideológicos, políticos y hasta existenciales de una epopeya demasiado dura y demasiado reciente como para que la conozcamos tan mal.

En la serie, como en la vida misma, ha habido de todo: el capitán del Ejército Rebelde que no quería oír hablar del comunismo porque en la Unión Soviética se comían los niños vivos y terminó guindando de guásimas y acacias y ocujes a los hijos de campesinos; el pánico que le paralizó el gatillo a no pocos milicianos, enrolados en una contienda hostil para la cual muchos no tenían vocación; el miedo de unos y otros y, sobre todo, el terror de los guajiros del Escambray, acorralados en medio de todas las operaciones y sin más armas que el instinto de supervivencia para lidiar con semejante horror…

Cincuenta y dos años han pasado desde que, en un acto por el 26 de Julio en Santa Clara, Fidel diera por concluido el llamado bandidismo organizado; sin embargo, aún quedan por desenredar las versiones encontradas de los protagonistas, una madeja tan inextricable como el monte que se tragó el dolor sordo, agónico, de la madre del miliciano y de la madre del alzado.

Que muchos de los involucrados estén vivos todavía facilita, por una parte, la reconstrucción de los acontecimientos con la fidelidad que permiten los recuerdos difusos y las interpretaciones posteriores; pero impide, por otra, valorar el rol de cada quien en los acontecimientos. Es como suele decir un guajiro de Polo Viejo: “Por todos estos contornos no hay quien reconozca que le dio una sed de agua a los bandidos, es como si aquí no hubiera habido colaboradores”.

Todos describen, eso sí, el clima de tensión que gravitaba sobre el macizo de Guamuhaya —un nombre que, muy a pesar de sus defensores, no ha sido utilizado ni una vez en la serie—. La ansiedad quemaba como el sudor de las velas a medianoche, cuando el simple toque de una puerta podía desembocar en tragedia.

El sobresalto, el nudo en la boca del estómago, el insomnio y el olor a muerto perduraron —¿perduran todavía?— como una llaga dolorosa en las memorias de los sobrevivientes, los que no fueron levantados por los aires con una soga al cuello, los que no cayeron en un peine antes de los 20 años, incluso los alzados que no cargaban crímenes sobre sus espaldas y no terminaron fusilados contra un muro.

En las memorias de los sobrevivientes —lo saben Curbino y Gaita— hay más horror del que pudiera recrearse en pantalla.

Tomado de: Cuba Profunda

Anuncios