Cuba dice no a la tortura animal

Por: Giordan Rodríguez Milanés

“Misericordia, misericordia!” se persigna La Anciana ante el horrendo espectáculo. De un guacal, de esos que se usan para trasegar viandas, sale un pequeñito bólido que aúlla desesperado.

Un carretillero se quita su pulóver y lo lanza sobre la bolita de fuego viviente a unos treinta metros de donde los perpetradores se solazan, entre gritos jubilosos  y expresiones vulgares: “Ahoraaaaaa sí, cojones, ahoraaaa sí” profieren sus lenguas enrarecidas por el alcohol y el odio. Y muestran con su expresión corporal que se sienten dueños de la situación, señores de aquella zona conocida  como “La Calle Ancha” en la ciudad de Manzanillo.

Un chico, de apenas 11 años, camina para su escuela y chilla: “Abuelita, abuelita, no dejes salir a  Motica que están quemando los perritos”.  Y la abuelita no lo quiere creer hasta que ve al animalito retorcerse, convulsionar, morir a la vista de todos.

Es de mañana. Hay gente que hace sus compras de alimentos pues en el lugar hay una especie de “mercado de carretilleros”, vendedores supuestamente ambulantes de viandas y vegetales, que han vencido las orientaciones de las autoridades locales y, en vez de andar por las calles pregonando sus mercancías –como dice su permiso de “cuentapropistas”-  se concentran allí.

Apenas a unos cuatro kilómetros, en una avenida que lleva el nombre del Padre de la Patria Cubana, Juan le sirve el desayuno a Niño, una hiena macho lisiada que él sacó de un circo en Ciego de Ávila, la llevó para su casa en La Ciudad del Golfo, le aplicó tratamientos de fisioterapia con aceites de pescados, compartió con el animal su comida, y ha convertido al salvaje en uno más de la familia.

Mientras Juan Palomino Fuentes me dice: “”Quien siembra amor, recoge amor más tarde o más temprano hasta por parte de una fiera; quien siembra violencia, puede incluso recoger violencia hasta por parte de aquellos que normalmente dan amor”, todavía no he visto el video del desafortunado hecho ocurrido en “La Calle Ancha”,  a pesar de que ha transcurrido más de un mes.

El video circulaba  entre gente de la misma calaña de los perpetradores quienes, a su vez, como una gracia, lo pasan por “zapia” a algunos jóvenes de la Escuela Secundaria Básica “Paquito Rosales”, y éstos  a sus amigos adolescentes de otras escuelas y, así, hasta que la sobrina de un historiador del municipio lo ve, comienza a llorar y…

La vida en “La Calle Ancha” continúa con su peculiar normalidad. Los carretilleros en la mañana pregonan sus mercancías.  Algunos  fines de semana llevan un termo de cerveza, se pone música a buen –o mal- volumen.

El sábado 29 de abril sesiona la Asamblea de Gobierno de Manzanillo y Martha Labrada, presidente de ese Consejo Popular, rinde un informe que es calificado como “excelente” por el resto de los delegados: especifica las acciones de los Grupos de Acción Comunitaria, la unidad de todos los factores del barrio, los logros en el desarrollo de la cultura y que  ahora sus reuniones son  menos largas y menos tediosas. Un delegado plantea que: “a pesar de que todavía hay que trabajar más en el tema de las indisciplinas sociales, el Consejo Popular Centro del Pueblo, donde se ubica la  “Calle Ancha” es un verdadero ejemplo a seguir en Manzanillo”.

El martes 2 de mayo visito el lugar. Me topo con los perpetradores pero aún no los conozco. Varios vecinos, en voz baja, temerosos, me confirman que hace unas semanas “quemaron vivo al perrito del pobre”, que el dueño “quedó impotente y adolorido”, que “ni siquiera pudo auxiliar al infeliz animal porque su mamá se puso mal en el mismo momento en que le avisaban del cruel incidente”, que “esos tipos hacen aquí en el barrio lo que les da la gana, incluso humillan a un enfermo mental tirándole pedazos de platanitos para que hagan como un mono” que “son lo peor”

Esa noche, en casa, escribo sobre Juan Palomino Fuentes, su esposa, su nieta de dos años, y sobre su hiena “Niño”. Y pienso en cuánta bondad hay escondida en esta ciudad rodeada de mar. Donde los hombres se disfrazan de embarazadas en los carnavales, y echan un chorizo a flotar en la cerveza  dentro de un orinal, y arrollan detrás de la conga lo mismo médicos que sacerdotes de la Regla de Ocha. Le preguntas a la gente una dirección en el barrio y te llevan hasta el lugar aunque vayas al contrario, y se dice que si te comes la cabeza de una  liseta frita, quedas “ hechizado de amor para siempre por las rectilíneas calles del Manzanillo”.

Pero tampoco puedo dejar de pensar en la historia de la “Calle Ancha”  y dos días después publico la nota con la denuncia en mi perfil en Facebook. Enseguida, un amigo de la ciudad indignado,  me pasa el video  al teléfono. Lo vemos en casa. Mi hija rompe a llorar y mi padre, con la rabia del mecánico automotriz, da un martillazo sobre el tornillo de banco: “Hijos de puta, coño”

Y ya no puedo pensar más en mi propia suerte sino en la cara de horror del niño de once años, en su chillido: “Abuelita, abuelita, no dejes salir a Motica que están quemando los perritos”. Veo a la señora que se persigna y el hombre que quema su pulóver, “uno de los pocos que tenía para ir a trabajar”, cuando el animal, cuyo nombre nadie se atreve a decirme no sé por qué, pasa junto a él,  envuelto en llamas.

Desde entonces, mi hija duerme abrazada a nuestro perro, y a mi ya no me importa que pueda contagiarle con algún germen.

Nota de LJC: Hechos como este no tienen cabida en el proyecto socialista cubano. Constituyen un crimen que viola el humanismo sobre el que se fundó la Revolución. Debe aplicarse el peso de la ley sobre los autores, y si no tenemos un marco legal que penalice con justicia el hecho, debemos crearlo lo antes posible para que en el futuro acciones como esta queden bien fuera de la ley.

Las autoridades locales tienen ahora la responsabilidad de tomar cartas en el asunto y rendir cuentas a la  población de Manzanillo de que se hizo todo lo que se debía hacer en este caso. Que la precariedad de un país bloqueado y las necesidades cotidianas, no nos priven del humanismo y la sensibilidad que nos distinguen.