Nuestro Primero de Mayo


Por: Leonardo Martínez Quintana

Yo no estuve ahí esa mañana del Primero de Mayo del año 2017 en la Plaza de la Revolución. Si hubiese podido participar en alguna, lo habría hecho en una marcha mucho más modesta en mi ciudad natal. Habría tratado, infructuosamente quizás, de arrastrar algunos de mis amigos conmigo. Esas marchas hoy en día para la mayoría significan el desperdicio de un buen día libre. Difícilmente hubiera conseguido que alguno se levantara antes del mediodía, no me imagino lo que hubiera tenido que hacer para que estuvieran de pie y en la calle a las siete y media u ocho. Si además tengo en cuenta que el único incentivo será caminar algunos kilómetros entre la multitud bajo el sol de Cuba, que desde temprano arde; que para ambientar solo habrán consignas que supuestamente debes repetir a todo pulmón, se escucharán algunos discursos que nada nuevo van a aportar y con suerte sonará una conga, hasta yo me pregunto por qué hacer el sacrificio.

Para mí es sencilla la respuesta: el solo hecho de saber que en una plaza en pleno 2017 se escuchará el Himno de la Internacional, que algunos, aunque fueran pocos, todavía creen que se pueden soñar utopías, utopías conscientes y prácticas, utopías que no son tan utópicas, hace que para mí valga la pena despertarme temprano un día y expresar: “yo quiero ser una de esas personas, aunque nadie me lo pregunte, aunque a nadie se lo diga”.

Pero muy bien sé yo que eso no es lo que motiva a la gran mayoría de los cubanos que se reúnen cada año por estas fechas para recorrer bajo el sol, el calor y hasta el riesgo de lluvia algunos kilómetros en cuadro apretado. Muy lejos de esos ingenuos sueños de juventud están las cabezas del cubano promedio. Lo cual doblemente me hace cuestionarme por qué lo hacen. No tengo la respuesta. ¿Será la entredicha capacidad de convocatoria de nuestras organizaciones políticas y de masas? ¿Será la tan buscada conciencia de los trabajadores? ¿Será algún tenebroso mecanismo de represión política, simbólica, coercitiva o coactiva? ¿Podrá la costumbre tras no sé cuantas décadas de hacer lo mismo cada año jugar algún papel en esto? Probablemente cada quien tendrá su propia respuesta.

Este año pasó algo, cuanto menos, curioso. Los avances de este suceso ya se venían produciendo. Hace un año o dos se vislumbra entre el escándalo fugaz y la cobertura mal intencionada un personaje. Un señor aparece agitando en diferentes lugares y durante una que otra fecha señalada una bandera de los Estados Unidos de América en la capital de todos los cubanos. Esta vez el lugar y el momento escogido fueron nada menos que la Plaza de la Revolución durante el ya tradicional desfile por el Primero de Mayo. En una suerte de “rebelde desconocido”, como el que se popularizó durante el desfile de tanques en la Plaza de Tiananmen de China, este hombre sacó a la carrera la bandera de barras rojas en la mano y gritando sabrán los que lo oyeron qué cosas. ¿Quizá: “Viva Cuba Libre”? Irónico.

Sin meterme en la tarea de valorar el suceso o a los que tomaron parte en el mismo, sí quiero aportar mi opinión sobre lo que se debió haber hecho. Y es que nada debió hacerse. Debió haberse garantizado la integridad de este ciudadano. Los organizadores y los encargados de la seguridad de la marcha debieron actuar rápido, pero no para atajarlo, ni para ocultarlo de las cámaras. Debió ser protegido de cualquiera que pudiera intentar agredirlo que bien sabemos los ánimos son muy volátiles en la sangre caribeña. Porque esa manifestación individual hubiese sido limpiamente opacada por la masiva representación del pueblo cubano que venía detrás. Él mismo se hubiese ridiculizado ante la garantía para expresar su opinión y la no incorporación de nadie al reclamo que intentaba divulgar.

Sé muy bien la importancia de la unidad del pueblo alrededor del gobierno cubano, pero antes de tratar de mantener una falsa imagen de homogeneidad, hay que aprender a respetar cuando alguien disienta. A muchos nos puede resultar ofensivo que alguien ondee la bandera que representa cualquier cosa menos los intereses y los derechos por los que lucha la clase trabajadora, precisamente el mismo día que se festejan los logros de los trabajadores. Solo si fuera acompañando las fotos de los Mártires de Chicago entendería la presencia de esa bandera en nuestra marcha, como recordatorio de que justo bajo esa bandera fueron masacrados los que tiempo después motivaron esta celebración. Entonces, no significa que le demos la razón o que le asista el derecho al que disiente. Pero hubiesen sido diferentes los titulares la mañana del dos de mayo.

Alguien podría haber dicho: “Ocurrieron dos manifestaciones el primero de mayo en Cuba”. Ampliarían la noticia: “Una llevada a cabo por un individuo. La otra compuesta por miles de cubanos. Todos fueron libres de unirse a la que prefirieran puesto que en ambas estaba garantizada la seguridad de sus participantes”. Probablemente ningún medio extranjero diría algo así. Sin dudas se enfocarían en el único individuo que agitó la bandera norteamericana creando numerosas versiones al respecto cada una más alejada de la realidad. Sin embargo, nada tenemos que perder, puesto que, de todas formas, es lo que pasó.

La lección para mí: antes de tratar de invisibilizar un problema, lo que hacen los revolucionarios es asumirlo con valentía, seguros de que la razón está de nuestra parte. Porque “no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas.”