Supercubanos


Por: Manuel Roblejo Proenza

Detesto las clasificaciones, etiquetas y marginaciones. Detesto a los que se aprovechan de las situaciones más deleznables para establecer una escala de pertenencia, o de derechos. Esto crea precedentes peligrosos para los que sí saben qué hacer con esas cuadrículas en las que, muchas veces, nos quieren encuadernar.

Es más fácil atacar que dialogar, porque los argumentos son más difíciles de sacar de la garganta que los gritos; y está claro que para pecar de unánimes no hay que levantar la mano.

Están los mega cubanos, cubanos normales, cubanos cien por ciento, cubanitos, cubanos de a pie, casi cubanos, medio cubanos, semi cubanos, ex cubanos, anti cubanos y muchas clasificaciones más. Lo gracioso es que, una vez que te encasillan, te están asignando una familia que tal vez no sea la que mejor te pegue. Y lo peor; esos que se arrogan el derecho de “otorgar” esos grados de cubanía, de cubanidad y de patriotismo: los supercubanos.

Los supercubanos son esos seres perfectos que deciden a quién evaluar, aceptar, acoger o desterrar; como si Cuba fuera una gran fraternidad, y hubiera que atravesar una gran carrera de obstáculos para que cualquiera no se sienta en el derecho de denigrar tu nacionalidad.  Son esos que han jurado y perjurado, aquí o allá, que todo lo bueno y todo lo malo ya lo dijo o lo inventó alguien más.

Son esos que se empeñan en golpear la mesa, y en hablar en nombre de la Revolución, como si ellos la hubieran sacado de algún sombrero mágico. Claro que en ese nombre se escudan, muchas veces, las mediocridades más dañinas y los errores más caros. No hay salida más cómoda para un culpable arrinconado.

Por otro lado, también son esos que han adquirido una nueva perspectiva, y nos observan lastimosos desde Europa, o desde “allá arriba”. Los que nos sermonean por aguantones, arrastrados y muertos de hambre. Los que aseguran que todo el sufrimiento que nos toque es el que nos merecemos. Los que encuentran alguna extraña culpa en que alguien haya decidido morirse aquí. Los que no le mandan veinte pesos a la familia, para no ayudar al comunismo.

Los supercubanos, evidentemente, son una especie superior; y desde una u otra orilla, terminan por restregarse en la cara, mutuamente, esos mismos defectos que también los dividen a ellos.

¿Y, entonces, qué es ser cubano? Según yo, lo soy porque lo he decidido, y porque, sinceramente, no sabría ser otra cosa.

Habría que ver cómo me catalogan entonces esos que dominan el Olimpo de las denominaciones, algún día, cuando decida, si decido, salirme del manual sagrado de alguno de sus templos de adoración.