La culpa, ¿será nuestra?

Por: Gabriel Torres Rodríguez

¿Cuánto pierde el país a causa del bloqueo? Esa es una pregunta fácil, ¿verdad? De acuerdo con los economistas y los informes que cada año, desde 1992, presenta el Ministerio de Relaciones Exteriores en la Asamblea General de la ONU, han sido 753 688 millones de dólares en el transcurso de más de cinco décadas.

Sin dudas, esta política de los gobiernos de Estados Unidos contra nuestra Isla provoca, más allá del perjuicio financiero y la perceptible escasez, insatisfacciones cuya solución en el seno de la población se perciben, cada día, más agudas y difíciles de solventar.

Pero, ¿cuánto ha perdido Cuba a causa de la corrupción y el mal manejo de los recursos? Esa si es una pregunta difícil. En los pocos años que he trabajado en el ejercicio del periodismo nunca he tenido acceso a tal tipo de datos. Y tras indagar entre colegas más experimentados descubrí que en estos temas, nuestra redacción se mantiene a la espera, no en busca de iniciativas.

¿Qué  –o quién impide– que la prensa denuncie con el rigor que se merece a los que utilizan los recursos del pueblo en beneficio personal? ¿Existe alguna ley que nos prohíba cumplir con el deber de exponer a esos criminales? Al impedir que se conozcan estos hechos, ¿se está protegiendo a la Revolución? Y si este fuera el caso, ¿de quién?

Factores que van desde la necesidad de mantener lejos de los tradicionales enemigos algún tipo de información que pueda resultar dañina contra la Revolución, hasta las políticas editoriales y desinterés de determinados colectivos periodísticos inciden en que aún la mano suave de la prensa no denuncie con mayor rigor a los corruptos.

En ese sentido, los objetivos aprobados el 29 de enero de 2012 en la Primera Conferencia del Partido son bastante claros en este y otros aspectos de la situación nacional. En varios de ellos, se insta a la prensa a reflejar la realidad cubana en toda su diversidad en cuanto a la situación económica, laboral y social. Igualmente, llaman a que los medios de comunicación masiva informen de manera oportuna, objetiva, sistemática y transparente la política del Partido sobre el desarrollo de la obra de la Revolución, los problemas, dificultades, insuficiencias y adversidades que debemos enfrentar, además de convertirse en una plataforma eficaz de expresión para la cultura y el debate y ofrezcan caminos al conocimiento, al análisis y al ejercicio permanente de la opinión.

Con estos incentivos, creo que seríamos más creíbles ante nuestros críticos, los internos y los de más allá del mar, si fuéramos capaces de reconocer y denostar a quienes lastran nuestro proyecto social. No es productivo cerrar los ojos ante el desfalco de quienes tienen en sus manos los recursos, ante quienes olvidan ofrecer las necesarias respuestas, y ante quienes aprovechan sus autos frente al semblante cansado de embarazadas o ancianos maltratados por el sol o el tiempo, apremiados, quizás, por alguna importante e inaplazable reunión.

Es verdad que la avaricia, el egoísmo, los errores, son inherentes a la condición humana y que no seríamos quienes somos sin haber sobrepasado obstáculos y aprendido de ellos. Así sucede en las esferas de la práctica social, de la cual no escapa, por su puesto, el arte de gobernar. No obstante, hay errores inadmisibles que deben ser solucionados con la mayor premura y el máximo de efectividad, en tanto resultan un gran riesgo para el futuro del país. La prensa constituye uno de los  vehículos que posee la ciudadanía para hacer frente a estas situaciones.

Y es que la corrupción puede ser tan peligrosa como el bloqueo. Puede corroer nuestras esencias. Puede transformar el robo en “lucha” y, poco a poco, destruir las barreras de lo que es correcto y vergonzoso. A mi mente llega, como un flashazo, el magistral personaje de Ruperto, el cual es famoso, además de por su “a pululu”, por preguntarle a Pánfilo si en su nuevo trabajo “existe búsqueda”. Una clara denuncia desde el humor, el cual llega más potable que las hojas de un periódico, pero al mismo tiempo, menos serio e impersonal.

Me permito concluir con lo expresado por Fidel en su icónico discurso del 17 de diciembre del 2005, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, un decidido llamado al orden: “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra.”

Tomado de: http://www.giron.cu/es/noticia/nacional/la-culpa-%C2%BFser%C3%A1-nuestra