Consignas

Por: Manuel Roblejo Proenza

Hay dos cosas que se dicen por el mundo de la alegre Cuba: que los cubanos forman una fiesta con un palo y una lata; y que debajo de cualquier piedra te encuentras un bailarín o un pelotero. Yo añadiría que debajo de esa misma piedra, te encontrarás un personaje que no puede faltar en ese paisaje: un orador.

Sí; si de políticos y filósofos de barrio se trata, nosotros tenemos, seguramente, uno de los mejores índices a nivel global.

Está el inofensivo piquete de la esquina; la peña deportiva, que siempre termina hablando de política, y de la competencia inacabable entre los rusos y los americanos, en cuestión de poderío militar. Que si la AK, o el M16. Que si les ganamos la guerra, si se atreven, o si no. Que si los chinos son los que están “escapaos”. Obviamente también se resuelven allí todos nuestros problemas, habidos y por haber; y se le da un aire pintoresco a nuestro futuro, por amargo que se anuncie.

Luego están los pinos nuevos; la nueva generación de entusiastas pioneros y jóvenes, que han crecido rodeados de ese tono desafiante hacia el imperialismo, de esa cadencia inconfundible en el discurso político cubano, de ese aire de marcha que se le da a todo lo que huela a convocatoria. Y está la marcha misma, amenizada por esas consignas tan nuestras; algunas verdaderas joyas del ingenio criollo; otras, completamente obsoletas y tiesas; y otras que siempre se reclaman, cuando el silencio amenaza con descolorar la congregación en sí.

Pero los que verdaderamente me preocupan son los que, por una vía u otra de estas, llegan a ocupar posiciones de poder solo por repetir, con los pulmones a más no poder, lo que todo el mundo ya considera un patrimonio de nuestra política doméstica. Está bien para peñas, pioneros y marchas… pero para un dirigente, un decisor, o un verdoso y prometedor relevo económico o político en fin, me parece que a veces se les premia demasiado solo por decir.

Y la cuestión está en que aún no somos capaces de adivinar lo que esconden las mentes, y menos los corazones de los hombres. No existen medidores de ambiciones, de rencores, o de hipocresías. No se han inventado las balanzas para la lealtad. Todavía no hemos podido analizar, bajo un buen microscopio, la última gota de sangre de nadie.

Soy partidario de que hay que pertenecer, que formar parte, que hacer. Soy de los que piensa que hay que militar, que formar, que catalizar.

Pero hay que tener cuidado con adorar santos de palo.

Experiencias amarguísimas nos sobran para contar y repartir.

No creo que nadie tenga que tomar un fusil e irse a la guerra, o tenga que destrozarse las manos en el corte de caña, solo por demostrar que es consecuente con lo que dice; la cuestión está en que es en lo que se piensa y en lo que se siente donde están los verdaderos diamantes en bruto.

Y eso, lamentablemente, solo los héroes o los mártires lo llevan escrito en la frente.

De momento, prémiese menos la gritería y más el argumento; menos la alabanza ciega y más la crítica sana; menos la promesa barata y más la utilidad de la virtud.

Creo que solo así llegaremos a tener verdadera confianza en las palabras, y en las acciones de esos que tienen en sus consignas, en sus manos y en sus firmas un enorme por ciento de los esperanzados destinos de la Patria.