¿Para quién es la Universidad?


Por: Rafael Plá León

Los sucesos de la suspensión de una estudiante y una profesora de la Universidad Central de Las Villas han puesto a dicha institución en el centro de la atención mediática. Como sucede en la inmensa mayoría de los casos, se ejerce la opinión sin tomarse el tiempo para indagar acerca de las causas de una u otra decisión. Cada cual parte de sus elementos a priori respectivos y defiende los principios de que parte. Yo no puedo hacer mucho más, puesto que la información es poca, pero creo necesario intervenir ya que la avalancha adquiere apariencia de bombardeo y se requiere mirar también desde otros ángulos.

Para expresar mi opinión sobre el asunto, expongo mis elementos a priori: 1) no me agrada reprimir a nadie por sus ideas; 2) aprendí a distinguir hace tiempo cuándo se trata de ideas y cuándo de política; 3) en la lucha dispareja a nivel internacional, la idea burguesa lleva ventaja porque el liberalismo sigue siendo dominante; 4) para colmo, no le basta esa ventaja ideológica y la pretende subversivamente cuando siente que la va perdiendo; 5) para remontar esa ventaja y la acción subversiva, la idea contraria no puede caer en la ingenuidad del “derecho a la libre expresión”; 4) la lógica burocrática sigue siendo torpe para plantear sus argumentos y no resulta creíble.

Mi época de juventud coincidió con la “perestroika” (reestructuración) soviética; yo estudié en la URSS y regresé imbuido de aquellas ideas que representaban para mí y para muchos la rectificación de un rumbo en extremo impopular, de desconexión de una dirigencia burocrática respecto del pueblo, de superación de la indolencia en el trabajo, de la mentira como norma informativa; en resumen, veíamos en la “perestroika” la esperanza de que el socialismo tomara fuerza y lograra superar definitivamente al capitalismo como régimen verdaderamente humano. La “perestroika” tuvo su política ideológica en la “glásnost” (transparencia) y por la “glásnost” me formé en la idea de que el comunista debía ser transparente en sus acciones: si no quieres que te censuren, no hagas nada censurable; la transparencia debía regir la política informativa, la política cultural, la vida del partido, en fin, la vida en la sociedad. Por eso conozco la libertad de pensamiento y la defiendo con todas mis fuerzas. De regreso a Cuba encontré frenos en varias instancias que no pensaban como yo; fui apartado de la vida política por unos años, sin llegar a conocer una represión abierta, pero sé lo que es el aislamiento por tener ideas diferentes. Por eso no es de mi agrado si alguien sufre por una razón análoga. A la estudiante separada de su carrera no la llegué a conocer; a la profesora, sí, fue mi alumna hace algunos años y siempre tuve buena opinión de ella, de su educación esmerada, de su inteligencia. Sabía de sus ideas religiosas, pero hace ya rato que en este país no es un problema la profesión de fe. Como la nota fue demasiado parca en detalles, no sé si algo de eso tuvo que ver con la decisión. Por lo pronto, mi opinión no puede más que apoyarse en lo poco que he leído en los mensajes que he recibido de amigos que han tenido acceso a la red.

Con el tiempo y madurando pude convencerme de una las cuestiones básicas para comprender la política y la ideología: una cosa son las ideas y otra la acción política. Retrospectivamente comprendí que mis ideas de la época “perestroika” eran puras ideas liberales y que la Revolución se trataba de otra cosa. Las ideas liberales son las que dan vida al sistema burgués. Tienen, además, un efecto de encantamiento sobre las mentes jóvenes y no tan jóvenes, pues el punto de mira del liberalismo es el individuo. Cada individuo se siente halagado por las bondades que proclama el liberalismo: libertad para pensar, hacer, y sobre todo, poseer. Libertad de empresa, de palabra, de prensa, de asociación. ¿Quién estaría en contra de un régimen tal? La cuestión comienza a enredarse cuando se plantea a nivel social y no individual: ¿se les garantiza a todos por igual esas libertades? El liberal ni se hace esa pregunta, y si se la hace trata de autoengañarse, pues la respuesta será negativa y él prefiriera saber que el régimen que le da tanto placer, también lo causa a todos los demás. No hago más que describir la forma en que pensaba yo en aquel tiempo en que fui liberal sin saberlo. Maduré con el estudio y la investigación; todavía lo hago.

En medio de estas lides y analizando las mías propias, fue que comprendí que cada cual tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión, pero a la vez tiene una responsabilidad política, tiene obligaciones con una masa de gente o con un grupo de personas que pueden ser cautivadas por el verbo de alguien que no precisamente tenga la razón. Y aquí está también la historia de la demagogia que desde los tiempos de los sofistas era un fenómeno bien localizado y no ha dejado de existir, a pesar de la beligerancia con que la han tratado las más destacadas corrientes filosóficas. Por eso se acostumbra a distinguir entre la idea y la acción política. Nadie tiene derecho a castigar una idea, sería estúpido y no se lograría otra cosa que la doble moral tan extendida. Pero sí existe el derecho de castigar una acción política contraria al régimen establecido, que intente cambiar las bases en que se sustente dicho régimen. En el ejercicio de ese derecho es que se pueden acometer acciones que si no se argumentan adecuadamente, tienden a confundirse con la represión por motivos de conciencia. La separación de una estudiante o una profesora de una Universidad cubana es un hecho que debe estar contemplado en un reglamento y discutir su procedencia o no, se puede hacer sobre la base del derecho que le asiste a quien decide de hacer cumplir ese reglamento. Y no creo que hacer política dentro de las universidades cubanas en contra del sistema establecido en el país, sea algo que algún reglamento acepte.

Cuando digo que en el plano internacional aún prevalece la idea burguesa con mucha ventaja por sobre la comunista, no estoy diciendo nada que no se entienda. Hubo un tiempo en que no era tan clara esta ventaja. Mi generación se crió sin que nos visitara la peregrina idea de tener que estudiar para montar un negocio y con ello ganarnos la vida, no lo hacían así los soviéticos con quienes estudié, ni los checos ni los alemanes orientales. En nuestros países la propiedad privada estaba limitada y las ideas relacionadas con ella también. La vida, en cambio, estaba garantizada; los lujos, no. Hoy ha cambiado algo el panorama ideológico, y vemos con qué esfuerzo se tienen que abrir paso entre los jóvenes ideas que promuevan soluciones colectivas, trabajo voluntario, internacionalismo no remunerado y otras de aquella índole. Con facilidad se encuentran hoy ideas que antes se habían desterrado y nuestras universidades albergan estudiantes con pretensiones distintas a las de años atrás. Si la Universidad ha tenido que adaptarse a la forma que va tomando el país, con la permisividad de formas de propiedad que no son únicamente la forma socialista y mucho menos estatal, es perfectamente lógico que se toleren las ideas que defiendan la propiedad privada y lo que de ello se deriva. Pero de ahí a tolerar la acción política, la militancia en organizaciones que tengan por objetivo cambiar el régimen de propiedad y el régimen político del país es ya otra cosa.

Por otro lado, está la subversión, que, como siempre ocurre, de tanto mencionarse tiende a convertirse en el famoso cuento de “ahí viene el lobo”; llega a aburrir tanto discurso sin una experiencia real en nuestro medio.  Pero ahí están los casos de la USAID y otros que se conocen públicamente. Subversión es invertir fondos para crear situaciones políticas inmanejables por las autoridades, es aprovechar situaciones difíciles de escasez material, que de por sí fomentan descontentos en las masas, para canalizarlas políticamente. Eso es real, y eso lo hace el gobierno de una potencia que ha presentado y mantiene un aval de enemiga, habiendo alentado la agresión y manteniendo un bloqueo contra el país. Eso es así con el gobierno “malo” y con el gobierno “bueno”, pues ese gobierno “bueno” capitalizó las simpatías de un pueblo harto ya de una política de hostilidad y que está presto a celebrar como su héroe a quien levante el bloqueo y elimine las tensiones políticas en pos de una verdadera normalización de las relaciones entre dos pueblos que no tienen hasta hoy ni rastro de odio entre ellos. La subversión existe y es real; la he sentido en carne y mente propia y en la mi familia, cuando recibía la propaganda de la programación radial que entraba libremente a mi casa a través de un sinfín de emisoras transmitiendo desde Miami. En mi radio entraban La Cubanísima, Radio Fe, La Voz del CID (Cuba Independiente y Democrática) y, por último, Radio Martí. Mi familia, educada en los valores individualistas de un sistema mercantil, aún sin ser burgueses ni pequeñoburgueses, sin tener la más mínima propiedad, aceptaba de buen grado la crítica que desde allá se le hacía al régimen de propiedad social, a la democracia socialista, a la ideología marxista, se oían con beneplácito esas emisoras. El punto de divorcio de mi familia con aquellas transmisiones fue el caso Elián; la grosera manipulación política con el niño desde las emisoras de Miami hizo que se destapara el cinismo de aquella propaganda. Yo, desde mi convicción comunista, cedía por momentos a las ideas liberales y aceptaba que el socialismo había fracasado porque no contaba con las riquezas que mostraba el capitalismo, porque no se podía votar directamente por el Presidente de tu país, porque no había pluripartidismo; en fin, el socialismo había fracasado porque no había podido “construir” el capitalismo. Conozco de la experiencia de la subversión y supe superarla por mi propia cuenta. Sé que otros pueden tomar otro camino y no son más que víctimas de esas cuantiosas inversiones, y ellos lo saben. Incluso cuando se interesan más que nada por la conectividad a Internet, por encima de otras vitales necesidades más apremiantes.

Hegemonía liberal por un lado y subversión por el otro: la tiene bien difícil la idea socialista si no sabe defenderse con todas las que le permite la ley. No es costumbre por estos tiempos una noticia como la que nos sorprendió la semana pasada. Primero porque se han democratizado y diversificado las vías de acceso a la Universidad cubana. En mis tiempos habían carreras como las de Filosofía, Psicología, la misma de Periodismo y otras que tuviesen que ver con el trabajo ideológico, con muy marcadas condiciones de ingreso que impedían que pudiese entrar a estudiar alguien que estuviese al margen de la Revolución. Además, la libre circulación de ideas en la sociedad ha hecho que se tome como un hecho normal la diversidad ideológica de la Universidad, que ha llevado a excepciones las expulsiones por razones políticas. Pero la Universidad cubana no es una universidad burguesa que tiene otros mecanismos de control menos evidentes que la universidad revolucionaria. La universidad revolucionaria no tiene otro recurso que hablar claro del tema clasista, de los intereses que se traza la Revolución con el desarrollo amplísimo de la educación superior. Y esos intereses no son los de una minoría, esos intereses son los de toda la sociedad, los de desarrollar la potencialidad de un país interesado en resolver los problemas para todos y no solo para la minoría que va concentrando la propiedad y teniendo solvencia económica. Si esa Revolución no defiende el régimen socialista con todos los medios a su alcance, si esa Revolución no se ocupa de formar especialistas comprometidos con un régimen social que le dé garantías a toda la población, si le llega a ser indiferente el tipo de profesional que esté formando, esa Universidad no tiene diferencia alguna con la del capitalismo y comenzará a dictar las condiciones de ingreso y egreso el capital que puedan aportar los propietarios y no el trabajo de los proletarios.

Son cosas difíciles de entender si no se toman los principios por base para el análisis. Que yo sepa, el lema que nos enseñó Fidel en el fragor del proceso que se bautizó con el nombre de “profundización de la conciencia revolucionaria”, en el curso 1979-1980: “La Universidad es para los revolucionarios”, por encima de su apariencia discriminatoria, guarda vigencia y está orientado a impedir que se establezca la verdadera discriminación social, racial, de género. Ese lema no es excluyente para los que no son revolucionarios, nunca lo ha sido; pero sí pone en su lugar al contrarrevolucionario, que también puede ingresar a la universidad, estudiar en ella, pero respetando sus proyecciones revolucionarias. Ese lema simplemente sienta las bases de la hegemonía revolucionaria en la Universidad como una de las conquistas históricas de la Revolución. Si se quiere un país con futuro, hay que garantizar la formación de los especialistas que dirigirán los procesos sociales y técnicos al nivel que requiere la civilización.

Por eso, en la Universidad revolucionaria no puede estar ningún principio por encima de este. El derecho a la libre expresión, por el que luchan tantos en el mundo, está incluido en él pero no es su esencia, y no puede estar por encima del derecho de la Revolución a defenderse. El principio de que en la Universidad la hegemonía esté del lado de la Revolución es el amplio campo donde caben todos los demás y la forma en que estudiantes y autoridades decidan defenderlo depende ya de la forma histórica en que se presente la confrontación política con las fuerzas que no son revolucionarias o son francamente contrarrevolucionarias.

Disidentes somos muchos. Lo dije en pleno teatro hace unas semanas en México cuando me preguntaron sobre la disidencia. Disiento a diario sobre muchas medidas, sobre políticas enteras de mi país, sobre procesos que van en marcha. Probablemente las jóvenes afectadas tienen más de cuatro razones para las críticas que hacen, porque no es secreto para nadie que problemas tenemos demasiados y personas que los promueven sin resolverlos son muchos. Pero la cuestión radica en el espíritu con que se realice la crítica; unos la hacen para construir una solución, otros para destruir el sistema. Y aquí es que entra la política de lleno. Quien lo que pretende es destruir el sistema no va a entender de soluciones, ni va a llegar a acuerdo con nadie. No va a parar hasta que no vea la situación desestabilizada. No sé si sean los casos de Karla y de Dalila; no conocí a la primera y no me imagino a la segunda en esas posiciones, pero igual las personas pueden sorprender en circunstancias determinadas. Solo apunto cuestiones generales ante criterios igualmente generales que expresan otras personas.

Las medidas tomadas en un caso por la FEU y en el otro por la dirección de la Universidad, me han sorprendido lejos de la Universidad y no dispongo de todos los elementos para formarme opinión sólida. Sí tengo referencias del tipo de organización en que están involucradas y no me parece que sean de las que pueden convivir con una sociedad socialista. Otros que sepan más que yo pueden dar los detalles; yo me limito a sospechar que sus razones habrán tenido los que decidieron tomar esas medidas que nunca son agradables.

Por lo que se refiere a la forma de comunicar una decisión, si voy a ser totalmente sincero, debo decir que una vez más deja mucho que desear esa lógica propia de la burocracia, que parece decir todo con miedo y escondiendo los argumentos. Si es una razón policial lo que impide hablar abiertamente, era mejor haber esperado al momento en que completada la operación, se pudiera explicar todo de la manera adecuada. He leído reacciones en blogs que simplemente parten de aquella situación histórica que vivimos en los setenta, de franca represión a ideas divergentes. No se conocían ahora las razones, lo que no fue óbice para lanzar campañas de solidaridad con las afectadas. Y sí, estoy de acuerdo que en las actuales circunstancias el regreso a las políticas de los setenta es posible, y no es de desear de nuevo un ambiente de permanente sospecha y cuestionamiento por cosas triviales que no marcaban realmente posiciones políticas. Es necesario dejar bien claro la connotación política y no simplemente ideológica de la medida. El no decir claramente las cosas es lo que más daño hace a la posición revolucionaria. Debe quedar claro el hecho, no la idea, por la cual se tomaron las medidas en los casos correspondientes. ¿Por qué hablar en general si debe haber cosas concretas que decir? Hay que llegar hasta el final en materia de información, pues así se formará mejor la nueva generación, conociendo concretamente la forma de actuar de la subversión. Si la información no está clara, la credibilidad se afecta y la batalla política se pierde. Con la verdad, adelante, y así sabremos cuánta masa de estudiantes y profesores está realmente consciente de este momento histórico.

Es mi opinión