Todos en todas partes

Por: Manuel Roblejo Proenza

Uno de los animados de Elpidio Valdés, con el infinito sentido del humor de Juan Padrón mediante, ilustra como una columna de mambises descalzos desconfía del apoyo de una brigada compuesta por colaboradores extranjeros. Los mambises quieren solo que los cooperantes les entreguen ya las municiones que tengan; y, a pesar de las insistencias de Elpidio, y ayudados por la falta de entendimiento entre los diferentes idiomas que hablan, al final la escuadra foránea decide abandonar el centro del combate e irse a operar desde una loma cercana.

Cuando se van retirando un pintoresco mambí los convoca, de la manera más criolla que encontró Padrón para decir que había que permanecer firmes a toda costa, a quedarse en medio de un combate, que ya se pintaba condenado al fracaso, con un:

“¡Oye, la candela es aquí!”

Y, dentro de tanta frase pegajosa que nos ha dejado Elpidio, esa se ha quedado prendida para la posteridad en nuestro vocabulario, para un poco enfatizar dónde se encuentra el centro de la acción, el peligro mayor, el pollo del arroz con pollo.

Pero luego resultó que la brigada de apoyo traía un cañón secreto y moderno, con municiones que lograron, con dos o tres golpes solamente, fulminar a las huestes españolas; y que por otro lado de nada les hubieran servido a la mambisada cubana, pues eran de un calibre muy superior al que podían disparar sus vetustos fusiles.

“La candela es aquí” dice un personaje de Elpidio Valdés

El “muñe” habla por sí solo: la candela es aquí, pero también se puede ayudar desde allá. Incluso, a veces, la candela es allá, y nuestro arraigado regionalismo no nos permite divisarlo con claridad.

El fanatismo y la esquizofrenia son los peores enemigos del éxito y del triunfo, aunque a veces parece que estemos ganando solo porque gritamos más fuerte. No podemos permitir que un mal estratega nos conduzca a la debacle, por caminos de desconfianza y odio avejentado. No podemos dejar de tomar la iniciativa, cuando tenemos la certeza de que poseemos una mejor visión del panorama desde nuestras posiciones de obligada renovación y juventud. No podemos cerrarnos a la ayuda y al consejo, por muy alienígena que parezca. No tenemos el derecho de negarle a la gente la oportunidad de conocer de lo que son capaces dos o tres golpes de cañón, de alguien que sí los tenga y sepa usarlos mejor que nosotros.

Muchas veces nos quedamos solos casi porque queremos; y a veces peor: nos quedamos muy mal acompañados. Y eso no es bueno para nadie, aunque le convenga a los que necesitan reinventarse la infalibilidad de su discurso chillón y complaciente.

Hace unos días dos amigos, con intereses para Cuba aparentemente diferentes, me decían que todo está perdido; de corazón me lo decían. Que la guerra está perdida. Ambos se rindieron ya, casi al unísono. Me asombró mucho, porque si pudiera confrontarlos tal vez de allí saldría ese entendimiento y esa esperanza que todo el mundo espera… y que ya demora demasiado.

Es cierto, como dijera un colega, que Cuba no es un país normal. Que la normalidad nos abandonó en aviones y en balsas, en tratados y en invasiones, en bloqueos y en otros bloqueos.

Que la desconfianza no tiene hermanos.

Pero, a esos amigos míos, náufragos en extremos opuestos del universo, pero que sienten a Cuba como su Cuba, les digo que no todo está perdido; que solo tenemos que ser capaces de escuchar los latidos de todo los corazones que aún quieren latir, y latir por Cuba, aquí y allá; que tenemos que ser capaces de creer que el tiempo de los héroes acaba de empezar.

¿Quién dijo que todo está perdido? ¿Ofrecer mi corazón, camarada? No es tanto… no es tanto nada.

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