Los grises

Por: Manuel Roblejo Proenza

Mi madre recuerda cómo la abuela le contaba historias sobre Jesús; cómo le enseñaba a pedirle, y a rogarle, y a temerle a Dios; y usando sus borrosas memorias de niña de solo tres años, hasta puede describir el ambiente de una misa de domingo en 1956.

Pero luego, tres años después, las cosas cambiaron de repente en la familia. Aquella casta de clase media, cuyo patriarca se abría un camino exitoso en un gremio de zapateros de lujo, tomó el mismo camino de los barbudos que confiscaron su zapatería, para darle hogar a pequeños ministerios y oficinas llenas de gente, enseñando una nueva manera de vivir.

Ya no se hablaba de Dios, y sólo por pura inercia se les permitió a los niños seguir jugando con los hijos de quienes se resistían a dejar la iglesia y las peleas de gallos los domingos. Las cosas mantuvieron un ritmo relativamente normal de convivencia, hasta que una tarde, luego de disputarse la pelota del juego, uno le dijo “comunista, muerto de hambre” a otro que respondió con “batistiano, tomador de leche”.

Beber un vaso de leche en las mañanas era tan mal visto para los que no querían burguesía empoderada, como lo era pertenecer a un partido que se empeñaba, neciamente, en repartir las migajas que quedaban en la bodega entre demasiada gente hambrienta. Estaba claro que los padres murmuraban frases de hielo punzante en los oídos de sus hijos; frases que no se atrevían a decirse de frente familias que habían convivido en la misma cuadra durante siglos. Pero un niño lanza la revancha del perdedor con cualquier cosa que tenga a mano.

Luego, cuando las cosas se pusieron feas y muchos muertos encontraron sus dueños, hubo que echarle mano a la justicia peligrosa de los hombres. Los aviones comenzaron a despegar, y ya los murmullos aquellos, primeramente disimulados, se convirtieron en vergonzosos huevos explotando llorosos en sus ventanillas.

Mi abuelo se dedicó a dar conferencias para el Partido, y mi abuela impartía clases a quién no supiere empuñar un lápiz y quisiera empuñarlo. La calle se quedó vacía, y muy poca gente en realidad en aquel barrio apostó por la zozobra de un cambio que daba miedo de solo pensarlo.

Esos son los recuerdos de mi madre. De ella y de sus hermanos médicos e ingenieros. De ella y de sus hermanos blancos.

Mi padre, por otra parte, no quiere recordar.

Soy yo el que guarda un recuerdo suyo, que una vez me contó, para levantarme de la cama temprano. Me lo describió tan bien que ya no logro imaginarlo si no es como un negrito de siete años, limpiando zapatos por alguna moneda salvadora, y al lado del cajón de limpiabotas un bultico de limones amarillos, para el que quisiera llevarlos, junto con el brillo que él les sacaba de los pies con sus sudores de niño descalzo.

La bisabuela de mi padre fue esclava. Dicen que nunca logró hablar bien el español, que enredaba la lengua, en esta isla extraña y lejana de su tierra africana. Luego un blanco la preñó y tuvo otra hija negra sin apellido. Y luego esa hija negra le parió, de querida, a otro blanquito chulo, que nunca quiso trabajar. Y luego esa mulata de ojos verdes tuvo once hijos al tiro con un estibador borracho.

Once.

Mi padre ni siquiera se molesta en saber qué número ocupaba en la jerarquía, pues tuvo suerte de no ser entregado de criado en alguna casa rica del barrio; o peor, en la lejana Habana, para nunca volver, como dos de las hermanas. Al menos tuvo la opción de volver a casa, más negro por el betún, pero con veinte centavos que daban para comer bien ese día.

Ninguno sabía ni leer, ni escribir, ni hacer zapatos. ¿Cómo podrían? Y así los cogió el año 59.

En cuatro generaciones nadie había logrado, ni siquiera, ser algo más que un analfabeto limpiador de zapatos. Cuatro generaciones y decenas de gobiernos prometedores.

Esos son los recuerdos de mi padre. De él y de sus diez hermanos olvidados.

Pero luego, en una extraña fiesta de San Juan, un negro con “espendrú”, y medio reacio a asistir a la facultad en las noches, conoció a la banquita más linda del pueblo, rebelde hasta la médula, y cansada de las charlas del padre en la casa de la cultura. Y con el amor que vino se borró cada huella que el tiempo les hubiera podido dejar en la piel.

Mis padres son los verdaderos hijos del tiempo. Blanco y negro, sí; con una herencia gris que se resiste todavía a aceptar incluso lo bien pintado. Desconfiados y un poco perdidos. Y a través del tiempo llegarán los otros, los nuestros, prestados y ajenos también llegarán; condenados a sanar las heridas de un cachito de tierra empeñado, o que debiera empeñarse, o que no tiene otra opción que empeñarse, en juntar, para la maravilla que es amar a la Patria, aquellos muchachos que una vez compartieron la misma pelota, en el mismo barrio, justo a la hora de la leche.

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