Mi propia guerra


Por: Manuel Roblejo Proenza

Recuerdo que hubo una etapa en que quise irme al Servicio Militar. Atrincheraba una especie de rabia incontrolable en mi pecho, y una infantil esperanza de que la adrenalina de la milicia desinflara mis majaderías de niño equivocado, pero guapo. El enemigo estaba tan cerca de mí que llegó a colárseme dentro, sin notarlo siquiera. Y es que uno nunca se vence por completo a sí mismo.

Luego esos dos aviones se impactaron sobre las torres gemelas de Nueva York. La televisión lo mostraba, casi en vivo, y decenas de muchachos, a punto de ser reclutados, mirábamos silenciosos cómo se derrumbaba, como en la más atrevida película de Spielberg, el mayor símbolo de supremacía e impunidad mundiales.

La certeza de que no hay nadie ni nada intocable me apaciguó unos bríos que solo competían con mi ego, y mis ganas de demostrar que no tenía miedo de afrontar mi destino. Creía que estaba en la guerra o en la caída, por alguna extraña razón; sin embargo la certidumbre de la muerte y del desastre siempre espanta a los menos decididos. Volví manso a mi fila.

Me fui al Servicio, y nada especial sucedió, más allá de destacarme un poco en las clases de infantería. Obviamente, lo militar no era lo mío.

Canalicé mis energías en cada cosa que pude, hasta que hace poco vi, por pura casualidad que me propiciara nuestra escasa televisión, una vieja entrevista al Ché Guevara. Una hermosa periodista trataba de sacarle palabras de duda, sobre los desafíos que enfrentaba la naciente Revolución. Le preguntaba que cuál consideraba él los mayores problemas de la misma; lo convidaba a elegir entre la burocracia, la corrupción y el desorden, y el problema que implicaba adaptar a un pueblo tan lleno rumberos y peleadores de gallos como Cuba, a un sistema tan disciplinado como el Socialista, con aspiraciones de un Comunismo confesado.

Guevara la miró a los ojos y sonrió de medio lado; rebajó de un tirón varios centímetros de su puro y le dijo, tranquilamente, que ninguno de los mencionados. “Si usted me pregunta, los dos mayores problemas que tenemos son el imperialismo y el imperialismo”. Ni siquiera lo pensó.

En sus ojos vi un convencimiento y un desdén por el peligro y por la muerte que no he logrado encontrar en nadie más. Obviamente estaba hablando del enemigo del Comunismo, del Socialismo, de la Revolución, de Cuba… y de él.

¿Cómo un hombre asume, de esa manera, un enemigo así?

¿Cómo lo decidió Fidel?

¿Cómo lo soportó Martí?

Todos se fueron a la guerra, convencidos de que no había otra opción posible, porque todos tenían una misión en común: defender a Cuba.

Coincidentemente estos tres hombres vieron el mismo enemigo eterno, desde perspectivas diferentes. O tal vez no fue tanta coincidencia. Lo cierto es que los tres, bolsa al hombro, salieron al mundo a echárselo sobre las espaldas. A buscarse cada problema posible. A negociar su muerte con una vida de entrega y pasiones extraordinarias.

Hicieron, cada uno, la guerra que les tocó.

Nunca pudieron luchar con la calma que implica un enemigo digno: siempre la guerra tuvo que hacerse desde la irregularidad, la audacia y el silencio. Hicieron la guerra en los años que se les concedió de vida, y luego se quedaron sin ella, como si fuera tan poca cosa, que es difícil levantar la vista aún frente a las piedras que los evocan.

Hace poco, un joven colega, escribía que hubiera tomado un fusil AK si su tiempo lo hubiese requerido. Pero que hoy la guerra es otra. Y que la vamos a dar. Esa es mi guerra, compadre. Mía porque, si quieres verlo así, es la que realmente me quiero buscar.

No me importa si te molesta mi amor, porque mi amor no es amor de uno solo, sino alma de todo lo que urge sanar.

No me importa si crees que tus trincheras son las correctas; te garantizo que tengo uñas suficientes para cavar las mías.

No me importa no ser invisible, y menos intocable.

Solo me queda sumarme a su convocatoria, y agregar que no es solo el imperio el enemigo actual. El enemigo se nos ha colado tan dentro, durante tanto tiempo, que muchas veces se nos confunde con lo que necesitamos precisamente y a toda costa combatir. Lo tieso, lo dogmático y lo intolerante nunca ha sido aliado del triunfo. No podemos convertirnos en el enemigo ni en una traba para el futuro que se impone, por jóvenes o viejos que seamos.

La guerra de pensamiento que hoy se nos hace hay que ganarla a puro pensamiento, de eso no hay dudas; pero hay que ganarla, solo será posible ganarla, con esa comprensión de unidad y tolerancia que vino a ayudarnos, desde la emboscada y la carga al machete de Gómez, desde el ardid y el atrevimiento de Camilo, desde el convencimiento total y el silencio de Los Cinco.

Cuando solo contábamos con una bandera bordada a mano, y un himno escrito desde la montura de un caballo, pronto a emancipar, desde una ciudad en llamas, la verdadera vergüenza de todos los cubanos, el mundo era más simple, pero no tan diferente. Ciento cincuenta años después seguimos aparentemente divididos, y no hay tiempo para gritarle al otro que estamos del mismo lado. Estoy seguro que el calor del combate terminará por reunirnos, ojalá en el menor tiempo posible, bajo el mismo ideal limpísimo de La Demajagua.